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Tras más de un mes de guerra, la obstinación iraní ha cogido desprevenido a Donald Trump. Aunque los bombardeos de Israel y Estados Unidos están cobrándose la vida de altos cargos y degradando las capacidades militares del país, la República Islámica sigue siendo capaz de contraatacar a diario con drones y misiles balísticos. La respuesta es muy inferior a la de los primeros días de la guerra, pero le ha bastado a Irán para desestabilizar el tránsito de petróleo y gas por el estrecho de Ormuz y sembrar el caos en los mercados internacionales. Esas pequeñas cantidades diarias de drones y misiles también sirven para dejar patente que la República Islámica no ha colapsado y para demostrar su voluntad de resistencia.
Si Trump esperaba que eliminar al líder supremo junto con la primera oleada de bombardeos iban a facilitar la implosión del régimen o forzarlo a negociar una capitulación, nada de esto se ha producido. Al contrario. A falta de conocer el contenido real de las posibles negociaciones, Irán sigue enrocado públicamente en una posición de máximos: exige reparaciones, garantías de que Israel y Estados Unidos no atacarán de nuevo, el cierre de las bases militares estadounidenses en el golfo Pérsico o el cese de los ataques israelíes en Gaza y Líbano. Teherán también ha exigido el reconocimiento internacional de su soberanía sobre el estrecho de Ormuz, algo que convertiría el estrecho en el canal de Suez iraní.
En el pasado, Irán ha protagonizado otros episodios de resistencia a ultranza, aunque también ha resuelto otros con notable flexibilidad. Para entender cómo y por qué opta por una u otra estrategia en tiempos de guerra, conviene fijarse tanto en el precedente de la guerra Irán-Irak (1980-1988) como en cuatro arquetipos de conducta: los síndromes de Fao y Herat y los paradigmas de Husáin y Hasán.
El antecedente de la guerra Irán-Irak
No es la primera vez que una potencia extranjera ataca Irán confiando en una victoria rápida y contundente. Al poco de pr...
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