“Netanyahu quiere desesperadamente provocar una intifada en Cisjordania”: Omer Bartov

El historiador israelí analiza el concepto de genocidio y desentraña la degradación moral y la deriva radical en Israel
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“Netanyahu quiere desesperadamente provocar una intifada en Cisjordania”: Omer Bartov
Foto cedida por el entrevistado. | David Degner

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Tres años después del inicio de la guerra en Gaza, Israel se prepara para celebrar elecciones. Y ante esa recta final, el gobierno de Netanyahu ha pisado el acelerador. Además de los frentes en Irán y Líbano, ministros como el de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, han salido a las calles junto con grupos de colonos a reclamar el restablecimiento de asentamientos civiles en la Franja de Gaza, se han aprobado leyes de pena de muerte, una iniciativa de ley para la segregación de género en educación o nuevos asentamientos en Cisjordania.

Esta radicalización del gobierno no es una excepción, sino fruto y reflejo de una deriva extremista más amplia en la sociedad. ¿Por qué y cómo hemos llegado a este punto? Esta es la pregunta que se hace el historiador israelí Omer Bartov (Ein HaHoresh, 1954). En su libro Israel: What Went Wrong (Farrar, Straus and Giroux), el autor retrocede hasta la fundación del Estado en 1948 para desenterrar los problemas y contradicciones que se gestaron entonces y se han ido enquistando: desde esa primera pugna entre el etnonacionalismo judío y el pluralismo democrático hasta la actual indiferencia ante el genocidio y los crímenes en Cisjordania. Nacido en un kibbutz, oficial en las Fuerzas de Defensa de Israel durante la guerra del Yom Kippur y actualmente experto y profesor de estudios sobre el Holocausto y el genocidio en la Universidad de Brown, Estados Unidos, Omer Bartov charló con EOM por videollamada tras presentar su libro en Lisboa el pasado mes de junio.  

PREGUNTA – ¿Por qué decidió escribir este libro ahora?

RESPUESTA – Empecé a escribir justo después del 7 de octubre. Redacté varios ensayos y, al final, pensé que debía recopilarlos y adaptarlos para convertirlos en un libro. Sentía que había mucha ignorancia, mucha retórica, mucha propaganda y mucha confusión y falta de claridad. La gente o bien mentía, o bien estaba mal informada, o simplemente era ignorante. Y pensé que, en la medida de lo posible, podría ofrecer, en primer lugar, un análisis de lo que estaba sucediendo y, en segundo lugar, aportar algunos antecedentes históricos. Para mí también era importante, como proyecto personal, comprender qué fue lo que salió mal (guiño al nombre del libro, Israel: What Went Wrong), retrocediendo en el tiempo hasta los acontecimientos de 1948.

La historiografía es una disciplina que ha atravesado grandes cambios en Israel: desde una visión más apegada al sionismo clásico a esa nueva historia de los ochenta y los noventa, cuando empieza a cuestionarse el dogma oficial. ¿Por qué se producen estos cambios? ¿En qué punto está la disciplina ahora a nivel interno?

El principal motor que impulsó a los llamados nuevos historiadores cuando comenzaron a escribir en la década de los ochenta fue la apertura de los archivos de 1948. Esto permitió acceder al menos a la documentación oficial israelí sobre lo que ocurrió durante ese periodo. Así, investigadores como Avi Shlaim, Ilan Pappé y Benny Morris se sumergieron en esos archivos a medida que se iban haciendo públicos. Fue un momento de cambio generacional. Se trataba, en su mayoría, de personas de mi generación, y estudiamos juntos en St Anthony’s (Oxford). Éramos bastante jóvenes y nos mostrábamos más críticos y menos propensos a creer en la historia oficial que nos habían contado. Además de que a nivel político en esos momentos se estaban produciendo muchos cambios, como los que hubo con los Acuerdos de Oslo. 

Pero hay que decir que los nuevos historiadores y la nueva historia ya han quedado obsoletos. Así que, independientemente de lo que escribiéramos, la siguiente generación empezó a escribir una historia mucho menos crítica. La corriente histórica dominante hoy en día Israel se inscribe en gran medida en la vieja corriente o acepta la parte menos crítica de lo que la nueva historia dijo. Aunque hay algunos historiadores críticos, en términos generales tanto el discurso político y académico como las opiniones populares son mucho más conservadores y, en muchos aspectos, mucho más agresivos de lo que eran cuando comenzó todo este proceso de renovación.

Tras el 7 de octubre hemos visto cómo se han ido silenciando o señalando a muchas voces críticas con Israel o que buscan dar perspectivas más amplias (como la persecución a Jewish Voice for Peace en Estados Unidos). ¿Se produce también un señalamiento de este estilo en su disciplina?

Por supuesto. Mucha gente que solía dar clases sobre el conflicto entre Israel y Palestina, sobre el genocidio o sobre cualquier tema que tuviera que ver de alguna manera con Israel se ha vuelto muy reticente a impartir sus lecciones. Y eso tiene que ver con el ambiente general y con unas normas concretas que adoptaron las universidades bajo la presión de las administraciones, que a su vez se vieron presionadas tanto por los donantes como por el Gobierno estadounidense, con todo tipo de grupos de presión de derechas proisraelíes, a menudo judíos. 

A esto se une que, en general, se ha producido un silenciamiento de la libertad de expresión. A algunas personas se les han impuesto medidas disciplinarias, por así decirlo, pero en su mayoría es voluntario. Hay quienes lo hemos ignorado, como es mi caso. Pero yo enseño lo que enseño y puedo ignorar la presión porque estoy a punto de jubilarme, así que me da completamente igual. Pero los colegas más jóvenes, que siguen preocupados —con razón— por sus carreras, por la titularidad, por los ascensos o simplemente por caer mal, tienen miedo de lo que pueda ocurrir. Esto por no hablar de las personas que son palestinas, árabes o musulmanas. 

He tenido casos en los que los estudiantes de posgrado estaban preocupados por ser mis ayudantes por miedo a que se les señalara y luego se les denegaran los visados. Todo esto está ocurriendo ahora mismo y, por supuesto, no solo en Estados Unidos. 

La violencia contra los civiles no es nueva. Por ejemplo, la doctrina Dahiya fue acuñada tras la ofensiva en Líbano en 2006. Y tampoco lo es el desplazamiento masivo, como fue la Nakba de 1948. ¿Por qué decimos que Gaza tras el 7 de octubre es distinto de las ofensivas anteriores? ¿Por qué es un punto de inflexión?

En primer lugar, la magnitud es totalmente diferente. Estamos hablando de que la cantidad de munición utilizada, el número de bombas, el tonelaje que se lanzó sobre Gaza y el número de personas asesinadas y heridas no tiene precedentes. Recordemos que se ha destruido el 70% de todas las estructuras de Gaza. La magnitud es desmesurada y no se había visto nada igual desde 1948. Obviamente, ha habido mucha violencia en otras ocasiones, pero no a esta escala. 

En segundo lugar, está el objetivo. La intención con la ofensiva en Gaza era llevar a cabo una limpieza étnica. Era expulsar a la población de Gaza. A estas alturas está bastante claro que esto es lo que el Gobierno pretendía hacer una vez que se recuperó del impacto del 7 de octubre, porque su política anterior de gestionar la ocupación había fracasado. Ahora bien, también fracasó en la propia estrategia de limpieza étnica porque la población se quedó allí. No por gusto, sino porque no podía marcharse. Estoy bastante seguro de que un gran número de personas se habría marchado, como lo hicieron en 1948, porque la situación era muy grave. Pero en 1948 las fronteras estaban abiertas. En la actualidad las fronteras están cerradas. Así que la gente se queda. Y ante la imposibilidad de escapar, la situación se convierte en genocidio. 

«Una parte de la población está convencida de que hay que destruir a los palestinos. Apoyan sin reservas la violencia. Y la otra parte no quiere saber nada al respecto»

En tercer lugar, está el extraordinario cambio en las actitudes israelíes. Aunque los judíos israelíes solían mostrarse bastante indiferentes ante el destino de los palestinos, tras el 7 de octubre se ha producido un cambio drástico en la mentalidad derivado tanto del propio shock de los ataques de Hamás como del propio proceso de ocupación y deshumanización. Una parte de la población está convencida de que hay que destruir a los palestinos. Apoyan sin reservas la violencia. Y la otra parte no quiere saber nada al respecto. Se encuentra en un estado de negación total, que también tiene que ver con el hecho de que las personas que están cometiendo esta violencia —soldados israelíes, reclutas y reservistas— son padres, maridos, esposas, hermanos… así que la gente no quiere creer que sus propios familiares estén participando en un genocidio. Por lo tanto, hay una negación generalizada. Todos estos elementos hacen que sea algo muy distinto de todo lo que ha ocurrido antes.

Ha mencionado que la intención en Gaza era hacer una limpieza étnica, pero terminó convirtiéndose en un genocidio. Pese a esto, puede que la definición de ambos conceptos no esté lo suficientemente clara. ¿Cuál es la diferencia entre limpieza étnica y genocidio? 

El genocidio está bien definido en el derecho internacional, ya que existe una Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948, donde se define el concepto. Es el intento de destruir a un grupo, total o parcialmente. No importa dónde se encuentre; lo importante es destruir al grupo como tal. Tampoco es necesario matar a todos sus miembros, sino tomar medidas que garanticen, en la medida de lo posible, que el grupo, como tal, no perdure en su identidad, su lengua, sus generaciones futuras, etcétera. 

Ahora bien, no existe una definición clara de limpieza étnica en el derecho internacional. Se plantea como un desplazamiento forzoso. Pero el desplazamiento forzoso no identifica a un grupo concreto al que se dirija. Podría tratarse simplemente de cualquier grupo de civiles. Teniendo esto en cuenta, se suele considerar limpieza étnica como el intento de expulsar a un grupo étnico concreto de un territorio que otro grupo étnico quiere para sí mismo.

¿Y por qué utilizamos genocidio para hablar de Gaza y limpieza étnica para hablar de la Nakba?

En 1948, el objetivo de las autoridades israelíes era expulsar a los palestinos de la zona que se convertiría en el Estado de Israel. ¿Por qué? Primero, porque el objetivo del sionismo era crear un Estado con mayoría judía. Era imposible lograr esto solo a través de la inmigración judía desde Europa, y a la altura de 1948 dos tercios de la población seguía siendo palestina. Así pues, los judíos eran minoría y la conclusión fue que la forma de crear una mayoría era expulsando a los palestinos. Como he dicho, las fronteras estaban abiertas, por lo que, ante la violencia, la mayoría de los palestinos se marcharon. 

En Gaza, el objetivo era el mismo. Lo que hay que entender es que la idea del Gobierno israelí antes del 7 de octubre era que la ocupación no tenía por qué resolverse de ninguna manera, sino que podía gestionarse. Se podía mantener a los palestinos en Gaza tras esa valla de miles de millones de dólares. Pero como eso les estalló en la cara con el ataque de Hamás, quedó claro que ya no se podía gestionar la ocupación. Así que, si no se puede gestionar, hay dos opciones: o bien encontrar una solución política (algo que este Gobierno no quería hacer) o bien expulsar a la población de Gaza. Una vez más, esta idea no es nueva: surgió en 1948, en 1956, en 1967, en 1973… Surge cada vez que Israel interviene, pero no se había llevado a cabo hasta ahora. Pero tras el fracaso y ante la imposibilidad de expulsar a la población, se convirtió en un genocidio. 

«Esta mutación de limpieza étnica a genocidio ya ha ocurrido en otros conflictos»

Esta mutación de limpieza étnica a genocidio ya ha ocurrido en otros conflictos. La limpieza étnica era el objetivo del genocidio alemán en Namibia en 1904. Era el objetivo de las autoridades otomanas en 1915 contra los armenios. Y era el objetivo de los alemanes nazis contra los judíos. Estos casos se convirtieron en genocidio porque la población, o bien no quería, o bien no podía marcharse. Y la única alternativa era matarlos o crear las condiciones que provocaran su desaparición.

Si bien usted empezó a hablar de genocidio en Gaza a partir de 2024, hay autores como Ahmed Abofoul, de Al Haq, que llevan apuntando a que la destrucción de Gaza no es el genocidio en sí sino una última fase de un proceso de genocidio que lleva décadas en marcha. ¿Cuál es su perspectiva sobre esto?

Participé en un debate con Abofoul en Berlín y ya hablé de esto en aquel momento. Creo que hay que dar una definición más estricta de lo que es genocidio. No utilizarlo como un alegato, ni como una acusación, ni con fines retóricos, sino para intentar determinar si un hecho concreto se ajusta a la definición que aparece en la Convención sobre el genocidio. 

Por supuesto, existía una dinámica de expulsión incluso antes de 1948 por parte de los sionistas que querían hacerse con la tierra. Esa es una dinámica propia de cualquier movimiento de colonización, y el sionismo es, entre otras cosas, colonialismo de asentamientos. Pero eso no es necesariamente un genocidio. Para los sionistas, lo deseable era la expulsión, no el asesinato: que los palestinos se marchasen, desapareciesen de la tierra, o simplemente ignorarlos. En 1948, al amparo de la guerra, esa idea general se llevó a cabo por la fuerza, con numerosas masacres y una gran cantidad de violencia.

Pero entre 1948 y 2023, aunque haya ocupación, violencia y mucha opresión, también ha habido otras opciones. Los Acuerdos de Oslo, por ejemplo, ese intento a principios de los años noventa de resolver la cuestión de la ocupación —aunque distaba mucho de ser ideal, mucha gente se opuso a él y finalmente fracasó—, fue un intento de encontrar realmente una forma de que los palestinos vivieran en Palestina y los judíos en Israel. Así que no se trata necesariamente de una lógica de genocidio. 

Sí que vemos, sin duda, una lógica etnonacionalista que quiere crear un Estado judío con mayoría judía y recurre a todo tipo de medios para lograrlo. Una de esas vías es la idea de separación: nosotros estaremos aquí, ellos estarán allí. Este tipo de concepto conlleva mucha violencia, ya que implica expulsar a la gente por la fuerza, pero no es necesariamente un genocidio. Llevado al extremo, puede llegar a serlo. Y en 2023 se materializó esa posibilidad más extrema. 

Todo esto está ocurriendo en Gaza, pero ¿cómo definiría la política que aplica en Cisjordania? Desde el propio hecho de denominarla Judea y Samaria, a la expansión de asentamientos ilegales o a la reciente aprobación de la pena de muerte. ¿Podríamos calificar esto también de genocidio?

La ley de la pena de muerte es un ejemplo de ley racista que forma parte de un sistema establecido en Cisjordania y que solo puede definirse como un régimen de apartheid. Se trata de un sistema en el que conviven dos poblaciones y dos sistemas jurídicos totalmente diferentes. Uno de ellos es más o menos democrático, en la medida en que lo es en Israel, para los ciudadanos judíos, que son ciudadanos extraterritoriales y viven en una zona en la que, según el derecho internacional, no deberían residir. Y luego están los palestinos, que constituyen la gran mayoría, y que viven sometidos a una ley militar arbitraria y, básicamente, carecen por completo de derechos. El ejército puede hacer lo que le plazca. Puede detenerlos sin juicio, sin abogado, y mantenerlos en prisión todo el tiempo que quiera, incluidos los niños. ¿Esto implica que es también un genocidio? No, no es un genocidio, es un sistema de apartheid.

Ahora bien, dentro de ese sistema de apartheid se están acelerando dos procesos a la vez. Uno es la limpieza étnica y el segundo es la anexión. No está siendo una anexión oficial, sino a través de asentamientos ilegales. La justificación es que en la ley de 2018 se define a Israel como el Estado-nación de los judíos, con derecho a establecerse en toda la tierra de Israel. Y esta, al no tener sus límites definidos, implícitamente incluye Cisjordania.

«Si los países europeos y Estados Unidos no han hecho nada para parar el genocidio en Gaza, tampoco lo harán en Cisjordania»

Esta aceleración tiene un motivo de fondo: el Gobierno está intentando desesperadamente provocar una intifada. Quieren provocar un levantamiento, porque si esto ocurre su plan es actuar exactamente igual que en Gaza. Y la sensación es que pueden salirse con la suya: si los países europeos y Estados Unidos no han hecho nada para parar el genocidio en Gaza, tampoco lo harán en Cisjordania. Menos aún si la violencia se presenta como represión de una intifada. Dicho lo cual, aunque ahora sería erróneo definir la política en Cisjordania como genocidio, esto obviamente puede recrudecerse y acabar convirtiéndose en uno. Es muy posible que así sea, porque si Israel sigue presionando por la limpieza étnica está claro que la mayoría de los palestinos no se irán. 

En sus obras anteriores habla de cómo los nazis interiorizaron una concepción de su adversario como seres inferiores, animales infrahumanos, y eso les llevaba a eximirse de toda culpa y poder atribuir la responsabilidad de las masacres a sus enemigos. ¿Cómo se construye esa deshumanización? ¿Cómo opera en Israel?

Es evidente que existe una dinámica similar. Esto no quiere decir que Israel sea un Estado nazi ni nada por el estilo, lo cual sería erróneo, pero se ha producido un proceso prolongado de deshumanización de los palestinos como consecuencia de la ocupación, similar al que se produjo con los nazis. Si ocupas a un pueblo durante mucho tiempo y lo colonizas, tienes que tratarlo como a seres humanos de segunda categoría. De lo contrario, ¿cómo justificar el derecho a imponer tu mando? ¿Por qué no deberían tener los mismos derechos que tú? Lo que ocurre es que, al permitirte tratarlos así, al considerarlos animales, acabas convirtiéndote tú mismo en uno. Los deshumanizas y te deshumanizas a ti mismo. 

A este proceso de deshumanización se une otro factor compartido: la autovictimización. Es un elemento muy presente en la mentalidad de los soldados alemanes, quienes se veían a sí mismos como víctimas y no como agresores. Me explico: eran víctimas de la derrota de Alemania en 1918, víctimas del caos, de la depresión económica, y, bajo su perspectiva, serían víctimas del judeobolchevismo si no lo erradicaban antes. Los soldados israelíes y la opinión pública israelí en general tienen una visión similar de sí mismos: no como perpetradores, sino como víctimas. Son víctimas de lo que los palestinos podrían hacerles. Son víctimas de las críticas de todo el mundo y del antisemitismo. Y cuando te ves a ti mismo como víctima, sobre todo si tienes el Holocausto como telón de fondo, eso te da carta blanca tanto para la violencia como para echar balones fuera. Hasta el punto de que, si pones sobre la mesa los 20.000 niños asesinados por las bombas israelíes, en vez de asumir la responsabilidad, se señala a Hamás como culpable. 

Supongo que ahí es donde encaja la convicción de que hay que matar antes de que te maten, un mantra que se ha repetido a lo largo de la historia israelí, desde la propuesta de militarización de Jabotinsky hasta Moshe Dayan. Y más recientemente, también con Isaac Herzog. En la otra cara de la moneda está la cuestión de la moralidad: las IDF como el ejército más moral del mundo, Israel como Estado inocente en calidad de víctima del Holocausto… ¿Esto es más recurso retórico ante la sociedad internacional o hay una convicción real a nivel interno? ¿En qué se apoya esta idea de moralidad? 

Hay un término en Israel llamado Tohar HaNeshek, que significa la pureza de las armas y se remonta a la década de 1930. Es una especie de principio según el cual los combatientes israelíes, incluso antes de que existiera el Estado, debían comportarse de forma moral y ética como parte de su misión. Cuando yo era soldado, e incluso antes, cuando era estudiante de instituto, es lo que nos enseñaban: que debíamos comportarnos de forma moral. Esto no significa que la gente se comportara realmente así. Los soldados, los jóvenes armados, hacen todo tipo de cosas. Y es evidente que las IDF cometieron masacres en 1948, 1956, 1967, 1973, así como en Líbano. Pero el concepto existía, lo estudiábamos y tenía cierto efecto moderador. 

«Decir que las IDF sean el ejército más moral del mundo no es más que pura propaganda vacía»

Esto no quiere decir que las IDF sean el ejército más moral del mundo. Por supuesto que no, no es más que pura propaganda vacía. Pero ese componente ético que sí había antes, ahora se ha perdido. Ha desaparecido. Sin embargo, muchos israelíes, aunque sea de una forma extraña, sí creen que sus soldados (es decir, sus hijos e hijas) son morales. Y sí creen que no tienen más remedio que hacer lo que están haciendo, aunque en el fondo sepan que esa violencia no puede ser moral. Ese tipo de contradicción entre ambas cosas es lo que conduce a todavía más violencia y a la negación que a día de hoy caracteriza a la sociedad israelí. 

Anteriormente ha señalado que tras el 7 de octubre se instalaron socialmente dos sentimientos a la vez. Por un lado, la rabia, el miedo y el deseo de restaurar la sensación de seguridad. Por otro lado, la incapacidad de sentir empatía por la población de Gaza.

Sobre el primero, han pasado tres años desde el 7 de octubre e Israel ha iniciado dos guerras nuevas en Irán y Líbano, sin necesidad de un ataque previo por la parte contraria. ¿Vemos rabia o miedo también en estos casos? ¿Qué las motiva?

Por un lado, en el norte de Israel la población, que sí ha sido blanco de ataques, ha ido presionando gradualmente al Gobierno para que intervenga en el Líbano. Bajo su punto de vista, mientras el resto de Israel volvía en cierto modo a la normalidad, ellos seguían viviendo un infierno. O sea que sí. Ahora bien, a nivel general, no creo que la población israelí se sienta tampoco menos vulnerable. Creo que hay una enorme sensación de inseguridad, una vulnerabilidad combinada con una falta de confianza en el Gobierno, en las Fuerzas de Defensa de Israel y en el Estado. A ello se suma una sensación de estar atrapados, reforzada por los medios de comunicación israelíes, que han sumido a la población en un bucle constante de imágenes del 7 de octubre. 

Israel está gobernado por un primer ministro cuyo objetivo existencial es mantener la violencia. Por eso ha entrado en guerra con Irán. Por eso invadió Líbano. Nada de esto tiene sentido más allá de la destrucción masiva. Se trata simplemente de mantener la violencia, al menos a corto plazo, hasta las elecciones. Netanyahu está creando deliberadamente inseguridad entre la población, incitando a unos contra otros y a todos los judíos contra los palestinos.

¿Y cómo se espera restaurar esa sensación de seguridad?

«Israel está gobernado por un primer ministro cuyo objetivo existencial es mantener la violencia»

Desde el punto de vista de Netanyahu, no es necesario restablecerla. Si Netanyahu es derrotado en las próximas elecciones (y esperemos que así sea, aunque es muy difícil saberlo), podría producirse un moderado proceso para restaurar la sensación de seguridad en el país. Pero eso requerirá varias cosas. Entre ellas, abordar el hecho de que los dos millones de ciudadanos palestinos de Israel se encuentran en una situación de inseguridad aún mayor al ser blanco de las guerras entre bandas, sin que la policía israelí (que se ha convertido en una milicia política a cargo de Ben Gvir) haga nada al respecto. Eso ayudaría. 

Pero Israel, en muchos sentidos, siempre ha sido un país en el que la inseguridad y la sensación de amenaza lo han mantenido unido y, al mismo tiempo, le han impedido buscar realmente algún tipo de compromiso con sus vecinos y, especialmente, con los palestinos. Así que, en última instancia, la única forma de que la ciudadanía israelí recupere esa sensación de seguridad es ejerciendo una presión masiva sobre el país, obligándole a reconocer los límites de su propio poder.

Eso solo puede conseguirse mediante un régimen de sanciones contra Israel, para que los israelíes sufran más, no menos. Para que se vean obligados a comprender que tienen que transigir en lo que respecta a esa tierra, que tienen que compartirla con otros siete millones de personas a las que están oprimiendo. Ese es el único proceso que traerá consigo una verdadera sensación de paz y seguridad; tiene que pasar por la igualdad, por el reconocimiento de la dignidad de todos los habitantes de esa tierra. Eso sí, se trata de un proceso a largo plazo. 

Pero, ¿nos dirigimos hacia ese tipo de futuro, aunque sea un proceso a largo plazo? Las alternativas a Netanyahu no son precisamente favorables para los palestinos: ni Yair Lapid, ni Naftali Bennett, ni Gadi Eisenkot han ofrecido ninguna garantía respecto al proceso de paz. 

Ninguno de ellos es diferente a Netanyahu en lo que a Palestina respecta. No tienen planes para los palestinos. Algunos son de extrema derecha más radical, otros menos… La única ventaja que tienen es que no son Netanyahu, que no se enfrentan a juicios por corrupción, que no cargan con el fiasco del 7 de octubre. No hay órdenes de detención internacionales contra ellos. Así que, en ese sentido, no están tan desesperados como él. Y no formarían coalición con los dos políticos más fanáticos de Israel: Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir. Pero, más allá de eso, no están ofreciendo nada a los palestinos.

«Israel se ha quedado sin crédito a la hora de presentarse como una democracia»

Por lo tanto, el cambio más importante no vendrá de la mano de un cambio de gobierno en Israel. Vendrá desde fuera. Es muy posible que Israel haya ido demasiado lejos, y las actitudes en todo el mundo están cambiando de forma tan drástica en la opinión pública que, con el tiempo, también se reflejarán en la élite política y en el Gobierno. También es posible que el próximo presidente o presidenta estadounidense no sea tan proisraelí como todos sus predecesores y que, de hecho, vuelva a poner a Israel en su sitio. Esto no va a suceder este año ni el próximo, y puede que entre tanto se produzca tanta violencia que ni siquiera podamos imaginarlo. Pero creo que Israel se ha quedado sin crédito a la hora de presentarse como una democracia.

Ha escrito sobre la necesidad de poner fin al sionismo sin que ello signifique necesariamente el fin de Israel, pero ¿puede existir Israel sin el sionismo, si este está tan integrado en la estructura del Estado? ¿Pueden separarse? ¿Qué es Israel sin el sionismo?

Israel solo puede existir como miembro pleno de la comunidad internacional si renuncia al sionismo. Hay que descartar el sionismo porque se ha convertido en una ideología de supremacía judía, violencia y genocidio. Y eso no se puede remediar. 

¿Qué podría ser si no fuera eso? Podría ser un Estado que tuviera una Constitución, que definiera cuáles son sus fronteras y que afirmara que es un Estado justo para todos sus ciudadanos. Que está dispuesto a compartir el territorio comprendido entre el río Jordán y el mar Mediterráneo con los palestinos. Y sea cual sea el acuerdo al que lleguen, sería un territorio fiel a su propia constitución, a sus propias leyes, pero no un territorio o un Estado controlado y gobernado por una ideología que se ha vuelto insostenible. Israel como Estado seguirá existiendo. Está reconocido internacionalmente. No va a desaparecer. Pero su ideología actual tiene que acabar en el basurero de la historia.

Jara Monter

Monzón, 2000. Graduada en Periodismo y Humanidades y Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos, ambos por la UC3M. Interesada en la geopolítica, la seguridad, Oriente Próximo y la vinculación entre política, cultura y dinámicas sociales.

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