¿Puede colapsar Rusia? Cuatro escenarios para el futuro del país

La guerra puede llevar al régimen ruso a consolidarse o a desmoronarse, y al Estado a un reequilibrio o a descomponerse. La clave está en el papel de las regiones más allá de Moscú
En profundidadPolítica y eleccionesRusia y espacio postsoviético
¿Puede colapsar Rusia? Cuatro escenarios para el futuro del país
Una bandera rusa ondeando junto a una de las torres del Kremlin en mayo de 2023. | KIRILL KUDRYAVTSEV - AFP

Esta funcionalidad está reservada a suscriptores.Guardar artículo

El fin de la guerra en Ucrania es inseparable del futuro político de Rusia. Estos escenarios y los desafíos que plantean para la seguridad europea, estadounidense y mundial permiten comprender el camino hacia el fin de la guerra y el establecimiento de una paz duradera. Durante mucho tiempo, tras el inicio del conflicto, el sueño de buena parte de las élites occidentales fue regresar al statu quo, a la normalidad de siempre. Pero los cambios en el equilibrio de poder mundial lo hacen imposible. ¿Qué sucederá entonces?

En un artículo anterior examinamos las tres grandes ilusiones sobre el futuro de Rusia: que la democracia está a tan solo unas elecciones de distancia, que un alto el fuego equivale a la paz y que las herramientas actuales permiten gestionar el problema. No hay motivos para creer que la Federación Rusa, tal y como la hemos conocido durante los últimos veinticinco años, vaya a permanecer así indefinidamente. Por el contrario, hay razones de sobra para pensar que experimentará cambios sustanciales. ¿Cómo se producirán?

La agresión de Rusia contra Ucrania no es una simple conquista territorial convencional. Rusia posee vastos territorios propios que están abandonados y subdesarrollados. La cuestión existencial de esta guerra no es únicamente si una nación vecina puede vivir al margen del control de Moscú, sino también si el Estado ruso puede sobrevivir como imperio sin recurrir a una expansión exterior permanente. En este sentido, la guerra es existencial para ambas partes. Considerar que la condición estatal de Rusia es eterna e inmutable impide tanto la propia regeneración de Rusia como la de toda la región.

Dos escenarios de referencia

Una vez descartadas las esperanzas de una transición democrática a corto plazo y de una paz duradera en el futuro inmediato, tal como planteábamos en el artículo anterior, la mayor parte del debate occidental sigue girando en torno a dos grandes escenarios de futuro.

El primero es la consolidación del poder en Moscú. En la práctica, esto significa una represión más estricta, una profundización de la economía de guerra, una movilización más intensa y un sistema político cada vez más coercitivo. Es una trayectoria que ya puede observarse. Se está llevando a los ciudadanos a una plataforma de mensajería controlada por el Estado e integrada con los servicios gubernamentales; se están bloqueando cientos de servicios VPN; las plataformas extranjeras están sufriendo restricciones de velocidad o siendo clausuradas, y se están sentando las bases administrativas para una nueva movilización. Cada medida se presenta como una cuestión técnica o de seguridad. En conjunto, describen un Estado que está cerrando su perímetro informativo y preparándose para recurrir de manera más intensa a su población. 

En este escenario, la escalada no es un accidente: es como funciona el régimen. Cuanto más tiempo sobreviva el sistema, será más probable que el conflicto se amplíe, tanto en sus formas como en su alcance geográfico. Es un desenlace negativo para Europa y Estados Unidos, y muy conveniente para China. Una Rusia más aislada y militarizada será más dependiente de Pekín en materia comercial, tecnológica, financiera y diplomática. Se convertiría así en un socio menor y, finalmente, incluso en un Estado satélite.

El segundo escenario es el colapso del poder en Moscú, y es el que obsesiona a las capitales occidentales: el desorden en un territorio inmenso dotado de armas nucleares, crisis humanitarias, flujos de refugiados, rivalidades entre estructuras armadas y el riesgo de pérdida de control o proliferación nuclear. Es fácil comprender por qué los responsables políticos quieren evitarlo prácticamente a cualquier precio. También es un escenario en el que China podría adquirir una influencia extraordinaria, incluido el acceso a recursos, corredores logísticos y capacidad de influencia política en medio del vacío de poder.

Ahora bien, existe una conexión entre ambos escenarios que no recibe suficiente atención. Rusia no tiene un mecanismo de sucesión legal en la cúspide del poder. Incluso en una trayectoria de consolidación, cualquier cambio repentino de liderazgo genera un peligroso periodo de transición. El control se debilita, las expectativas aumentan, las élites compiten entre sí y, con ello, crece la probabilidad de pasar de la consolidación al colapso. Los dos escenarios parecen alternativas, pero podrían ser fases sucesivas de un mismo proceso.

Por tanto, el debate habitual deja a Occidente ante dos escenarios perjudiciales tanto para Europa como para Estados Unidos y que, en términos generales, favorecen a Pekín. La pregunta fundamental es por qué.

La trampa del centrismo moscovita

Cuando todas las opciones disponibles parecen desastrosas, normalmente es porque el planteamiento de partida es erróneo. En este caso, el problema reside en un hábito arraigado en el análisis occidental: tratar a Rusia como si la única realidad política relevante fuera Moscú. El centrismo moscovita no comenzó en 2022. Ha condicionado la política occidental durante décadas, reforzada por instituciones, expertos e incentivos profesionales que concentran su atención en la capital y descuidan las regiones.

Un ejemplo revelador se produjo al final del periodo soviético. El 1 de agosto de 1991, el presidente estadounidense George H. W. Bush se dirigió al Parlamento de Ucrania y advirtió contra el “nacionalismo suicida”, al tiempo que instaba a seguir una vía de reformas que mantuviera unida a la Unión Soviética. El discurso pasó a conocerse como el chicken Kyiv (el ‘pollo de Kiev’). Menos de tres semanas después, Ucrania proclamó su independencia bajo la amenaza de represalias de los sectores más duros del régimen a raíz del intento de golpe de Estado en Moscú. En menos de cinco meses, la URSS había desaparecido.

La cuestión no es reabrir el debate sobre 1991, sino identificar un reflejo recurrente: estabilizar el centro, incluso cuando ese mismo centro es el origen de la inestabilidad.

El coste analítico de este enfoque es evidente. Moscú no es una región cualquiera. Es una capital imperial, estructuralmente distinta de todo aquello que gobierna, y el único lugar del país que, por diseño, permanece protegido de las consecuencias de las guerras que inicia. Usarla como única perspectiva distorsiona la comprensión del conjunto del sistema. Para entender la trayectoria de Rusia es necesario considerar a sus regiones como actores políticos por derecho propio, y no como simples espacios geográficos de fondo.

Qué mantiene unido al imperio

Si las regiones son importantes, la pregunta útil deja de ser especulativa y pasa a ser más concreta: ¿cuáles son los pilares fundamentales del Estado ruso y cómo se encuentra cada uno?

Redistribución de recursos. Moscú extrae ingresos de las regiones y los redistribuye. Este es el principal instrumento de control, y actualmente se encuentra bajo presión. A medida que la economía se deteriora, las regiones que aportan más recursos entregan una proporción cada vez mayor y retienen cada vez menos, mientras que las regiones receptoras reciben progresivamente menos que antes. Solo Moscú está protegida frente a las consecuencias de la guerra. La reducción de las transferencias genera un resentimiento silencioso entre las élites regionales, un factor más sólido y duradero que el descontento popular.

El miedo a los servicios de seguridad. Este temor se está debilitando a medida que los siloviki (los integrantes de los cuerpos de seguridad y de las estructuras coercitivas del Estado) acumulan fracasos visibles. Pero existe otra dinámica que avanza más rápido: la inseguridad personal de los líderes de los clanes locales. El Kremlin mantiene programas destinados a sustituirlos por figuras más leales, y, en Rusia, perder un cargo significa perder propiedades, a menudo la libertad y, en ocasiones, la salud o incluso la vida. El temor abstracto a ser desleal al poder central está siendo desplazado por un miedo mucho más concreto: el miedo a lo que el propio centro pretende hacerte a ti.

Una identidad común. Es decir, un relato compartido sobre el pasado. Pese a toda la propaganda de Moscú, no es posible unir a rusos, tártaros, chechenos, baskires, yakutos (sajá), buriatos y más de otras cien etnias en un único “pueblo de Rusia” rusificado, así como los comunistas fracasaron en su intento de unir a estonios, georgianos o uzbekos en un “pueblo soviético”. El racismo tradicional de los “grandes rusos”, alimentado por los medios de comunicación oficiales, también supone un obstáculo para la propaganda.

Un relato compartido sobre el futuro: no existe. La propaganda rusa está orientada hacia el pasado. Incluso la ciencia ficción, un género definido por su mirada hacia el futuro, se ha convertido en gran medida en una descripción de pasados alternativos en los que Rusia gana las numerosas guerras que históricamente perdió. Un Estado puede sobrevivir durante mucho tiempo sin prosperidad, pero es mucho más difícil sobrevivir sin tener ningún relato que explique hacia dónde se dirige.

La movilidad profesional de las élites. Es un factor sutil, pero con importantes precedentes históricos: contribuyó de manera significativa a la desintegración de la Gran Colombia, el gran Estado latinoamericano. La lealtad de las élites a un Estado de grandes dimensiones se mantiene mientras el poder central garantice oportunidades de promoción y recompensas profesionales. Cuando los ascensores sociales dejan de funcionar y se hace visible un techo a las posibilidades de ascenso, ocupar un cargo importante en un país pequeño empieza a parecer más atractivo que desempeñar un puesto secundario en un país grande.

Durante más de un siglo, Moscú fue un poderoso imán para las aspiraciones profesionales. Hoy no existe ningún mecanismo que garantice la representación de los principales clanes regionales y nacionales en el centro del poder. No hay nada equivalente al sistema del Politburó, mediante el cual los clanes étnicos y regionales conseguían situar a sus representantes en todos los niveles de la estructura de poder.

La inercia. Todo se mantiene unido hasta que deja de hacerlo, y, cuando eso sucede, muy pocas cosas siguen funcionando. Este factor hace que las predicciones sean poco fiables y hace necesario el análisis de los patrones históricos.

Cuando el imperio ha sido frágil

Las crisis imperiales rusas siguen una secuencia reconocible: un fracaso militar en el exterior deja al descubierto las debilidades fiscales e institucionales, y la legitimidad del poder central se erosiona lentamente hasta que, de repente, se desmorona. Lo que cambia no es el detonante, sino el desenlace, que depende de dos variables: si existe una élite alternativa capaz de hacerse con el poder o sustituir al centro, y si el poder central conserva suficientes recursos coercitivos para reconquistar lo que está escapando a su control.

En estas circunstancias pueden identificarse tres grandes tipos de desenlace.

La reconstrucción del Estado, como ocurrió en 1613 y 1917, exigió la existencia de una élite alternativa organizada, capaz de hacerse con el poder central y restablecer la unidad. Hoy no existe nada comparable. No hay ningún movimiento ideológico disciplinado y de masas, ninguna legitimación religiosa de una restauración ni ninguna facción que compita por el poder imperial, en lugar de limitarse a luchar por la sucesión en el poder. Las élites de Moscú siguen siendo ideológica, cultural y, a menudo, religiosamente ajenas a las regiones que gobiernan.

La supervivencia mediante reformas, concesiones o victorias, como ocurrió en 1856, 1905 y entre 1945 y 1953, exigía que el poder central tuviera algo que ofrecer: una reforma que impulsar, una constitución que conceder o una guerra ganada que diera sentido a las pérdidas sufridas. El sistema actual reprime sin ideología y es incapaz de alcanzar los objetivos bélicos que él mismo se ha fijado. La brecha entre las élites y la sociedad se está ampliando en lugar de reducirse. La sociedad está desmoralizada, atomizada y sumida en la apatía. El ejército está exhausto y resentido. Lo único que queda es el miedo.

La disolución, como sucedió en 1991, requería un poder central debilitado, élites regionales con verdadera capacidad administrativa y la ausencia de una fuerza capaz de reconstruir el Estado. Esas tres condiciones están presentes en la actualidad.

Además, concurren varios factores que no existían en 1991:

  • Una posible derrota militar, en lugar de un agotamiento pacífico
  • Sanciones económicas, en lugar del rescate económico occidental
  • Un declive demográfico concentrado en la población de etnia rusa
  • Acceso a la información que persiste a pesar de la censura
  • Ejemplos reales de independencias exitosas tras 1991
  • Potencias externas con intereses propios en las regiones y capacidad para actuar en función de ellos

En el otro lado de la balanza no ha aparecido nada nuevo: desde 1991 no ha surgido ningún factor adicional que refuerce la cohesión imperial.

Hay dos lecciones que conviene tener presentes. Por un lado, la legitimidad perdura más que la coerción, y la represión sin un relato que le dé sentido no estabiliza un Estado. Por otro, un sistema sin un mecanismo funcional de sucesión es estructuralmente frágil, justo en el momento en que parece más consolidado.

Un abanico más amplio de escenarios

Un modelo unidimensional produce dos posibles resultados: un poder central fuerte o uno débil. Al incorporar una segunda variable —la capacidad de actuación y el margen de autonomía de las regiones—, el mapa se amplía y pasa de contemplar dos futuros posibles a cuatro.

La fila superior es la más conocida. Tanto la consolidación como el colapso son escenarios centrados en Moscú, y ambos son los que actualmente contempla Occidente.

La fila inferior es donde apenas existe análisis. Un poder central fuerte junto con regiones fuertes da lugar a una verdadera federalización: un reequilibrio del poder, en lugar de su concentración. En una federación auténtica, el poder central no puede iniciar unilateralmente una guerra de agresión, porque no controla los recursos necesarios para hacerlo sin el consentimiento de las regiones.

En cambio, un poder central débil junto con regiones fuertes da lugar a una desintegración gestionada: un proceso controlado en el que surgen nuevos Estados a partir de la estructura imperial, con apoyo exterior, garantías de seguridad y una vía basada en normas para obtener el reconocimiento internacional.

No es un escenario imaginario. El sistema imperial ruso se desintegró dos veces durante el siglo XX: de forma caótica en 1917 y de manera gestionada en 1991. Lo que ya ha sucedido puede volver a suceder, y los precedentes históricos demuestran que puede producirse de más de una manera.

Estos dos escenarios de la fila inferior pueden describirse, en términos prácticos, como escenarios de descolonización. Desplazan la cuestión fundamental de “¿cómo podemos preservar el control de Moscú?” a “¿cómo podemos reducir los principales riesgos?”.

El futuro de Rusia: desafíos para la seguridad europea y mundial

Como ya hemos señalado, el escenario de consolidación del poder implica una escalada de la guerra y su expansión geográfica, así como un cambio significativo en el equilibrio geopolítico debido a la creciente dependencia de Rusia respecto a China. Al mismo tiempo, el escenario de un colapso caótico conlleva riesgos globales inaceptables, lo que explica que sea aún más temido.

¿Son estos riesgos también relevantes en el caso de una desintegración gestionada, siguiendo el modelo de 1991?

Armas nucleares. La infraestructura nuclear estratégica de Rusia está concentrada geográficamente y es costosa de mantener. Además, le da al Kremlin capacidad de presión sobre las regiones que albergan estas instalaciones. La lección de los años noventa no es que el riesgo nuclear haga imposible el cambio político; es que los acuerdos sobre la custodia de las armas y las garantías de seguridad deben diseñarse adecuadamente y respetarse.

Las investigaciones de Mariana Budjeryn sobre la desnuclearización postsoviética muestran hasta qué punto aquellas decisiones fueron objeto de controversia y tuvieron consecuencias trascendentales, así como cuánto dependió de las decisiones adoptadas rápidamente y bajo presión.

Un enfoque creíble consistiría en ofrecer garantías de seguridad sólidas, apoyo económico y reconocimiento internacional a cambio de una transferencia verificable de los sistemas estratégicos bajo mecanismos internacionales de supervisión, no dar por sentado que todo debe revertir a Moscú. Esa suposición es una decisión política, no una ley de la física, y ya se tomó una vez, con unos resultados cuyas consecuencias Ucrania sigue sufriendo.

Conflictos armados. La analogía histórica pertinente no es una guerra de todos contra todos; es la tendencia recurrente de los ejércitos imperiales a usar la fuerza para impedir las secesiones. La variable determinante es la capacidad de disuasión. Si el poder central conserva los recursos necesarios para reconquistar la periferia, la violencia se vuelve más probable. Si no los conserva, los acuerdos negociados pasan a ser una posibilidad realista. En cuanto a los nuevos Estados independientes, tratarán de convertirse en centros de orden y seguridad para obtener reconocimiento internacional y asistencia económica.

Radicalización. El temor habitual es el extremismo islamista en las repúblicas de mayoría musulmana. La radicalización crece allí donde se bloquean las vías legales de participación política y la represión se convierte en permanente. Esta descripción corresponde a las condiciones actuales, no necesariamente a una situación posterior al imperio.

Cuando se abre la posibilidad del autogobierno, la energía política tiende a desplazarse de la insurgencia hacia la construcción del Estado, porque esta ofrece lo que la insurgencia no puede proporcionar: presupuestos, cargos institucionales y reconocimiento internacional. Estos son precisamente los argumentos que los actuales partidarios de la independencia esgrimen frente a los sectores radicales.

China. En este punto suelen confundirse dos cuestiones. La primera es que muchos grupos y regiones que aspiran a liberarse de Moscú no tienen ningún interés en convertirse en clientes de otro imperio. Entre los pueblos túrquicos, mongoles y ugrofineses existe un temor bien fundamentado a la dominación china, alimentado por lo sucedido a los uigures y a los tibetanos.

La segunda cuestión resulta más incómoda. La trayectoria que convierte con mayor seguridad a Rusia en un Estado satélite de China es precisamente la que algunos responsables políticos occidentales describen como estabilidad. Una Moscú aislada y militarizada, que sobrevive gracias a los mercados, la tecnología y la financiación chinos, no constituye un contrapeso a Pekín. Es una línea de suministro para sus intereses.

El Ártico. Esta cuestión merece un análisis independiente, porque es donde el desafío chino adquiere una dimensión concreta y de corto plazo. El próximo escenario de disputa geopolítica será, con toda probabilidad, el Ártico, y Pekín se está preparando para ello de manera metódica. La respuesta instintiva de Occidente —una mayor presencia militar estadounidense en Groenlandia— acerca el enfrentamiento entre grandes potencias en lugar de alejarlo.

Existe una alternativa menos proclive a la escalada. El acceso de China al Ártico pasa por territorios que no son étnicamente rusos y que no se identifican con Moscú. La República de Sajá, más conocida en Occidente como Yakutia, se encuentra en una posición estratégica respecto a esa vía de acceso y es potencialmente uno de los territorios más ricos en recursos naturales del planeta. Apoyar el derecho de autodeterminación de Sajá impediría que Pekín dispusiera de un corredor de acceso al Ártico sin necesidad de desplegar un solo soldado occidental adicional en ningún lugar. Este es el tipo de alternativa que solo se hace visible cuando el marco de análisis deja de considerar a Rusia como un actor único con sede en Moscú.

¿Qué condiciones deben cumplirse para que estos escenarios más amplios se hagan realidad? ¿Quiénes son los actores necesarios, qué riesgos exigen planificación en lugar de evitación y quién saldría beneficiado de cada desenlace? Abordaremos estas cuestiones en nuestro próximo artículo.


Este artículo fue publicado originalmente en inglés el pasado 5 de octubre en la página web de la revista ‘New Eastern Europe’. Lo traducimos y republicamos en el marco del proyecto europeo Media Organisations for Stronger Transnational Journalism (MOST).

Sviat Hnizdovskyi

Fundador y director ejecutivo de OpenMinds, una empresa de tecnología de inteligencia estratégica.

Valerii Pekar

Presidente del consejo de administración de la ONG Decolonization y autor de cuatro libros. Profesor adjunto en la Kyiv-Mohyla Business School y de la UCU Business School, y exmiembro del Consejo Nacional de Reformas de Ucrania.

Comentarios