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Cuando se vieron el pasado 4 de febrero, Vladímir Putin y Xi Jinping anunciaron una amistad sin límites, pero en la cumbre de septiembre de la Organización de Cooperación de Shanghái no hubo rastro de ese espíritu. Desde la invasión rusa de Ucrania, China ha hecho malabares diplomáticos para no condenar la ofensiva pero tampoco apoyarla directamente. Nueve meses después, este esfuerzo parece haber resentido la relación con Moscú.
En la reunión con Putin del 15 de septiembre, Xi no aludió a la “cooperación estratégica” con el Kremlin, ni habló de colaborar para crear un orden internacional más justo y favorable a sus intereses, como había hecho en febrero. En su lugar, se limitó a decir que “China seguirá trabajando con Rusia para aportar estabilidad al sistema internacional”, pero evitó mencionar Ucrania y no se mostró cercano a Putin. Este, en cambio, reconoció las “preguntas y preocupaciones” de Pekín sobre la guerra y accedió a resolverlas, una actitud complaciente que revela la creciente debilidad de Rusia frente a China.
Rusia, el primo pobre de China
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