El Ártico se está derritiendo. Desde comienzos del siglo XX, como consecuencia del calentamiento global, la capa superficial de hielo se descongela a un ritmo sin precedentes, amenazando con aumentar el nivel del mar y anegar las zonas más cercanas a la costa en todo el planeta. Paradójicamente, junto al enorme reto que el deshielo del Ártico supondrá para la población mundial, este también dará lugar a una oportunidad única en la historia: la explotación de los recursos minerales, energéticos y geopolíticos de la zona, escondidos hasta ahora bajo la insalvable capa helada.
Conscientes del potencial del Ártico, los países más próximos a la región —Dinamarca, Noruega, Rusia, Canadá y Estados Unidos— llevan años inmersos en una lucha silenciosa por hacerse con su control. De forma paralela a las rencillas por los reclamos territoriales, que cada vez son más ambiciosos, poco a poco estas potencias han ido estableciendo bases militares y estaciones de extracción de gas y petróleo en el Ártico. No en vano, se estima que bajo la capa de hielo se encuentra una reserva de petróleo equivalente a 90.000 millones barriles, lo que supondría el 5,9% de las existencias mundiales conocidas o, lo que es lo mismo, el triple de las que posee Estados Unidos.
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