Cuando Vladímir Putin llegó al poder en la Nochevieja de 1999, ya llevaba cerca de una década tejiendo una densa red de relaciones e influencias políticas en la convulsa Rusia postsoviética de los años noventa.
En esos años de ebullición y saqueo institucional, pocas cosas resultaban más útiles para abrirse camino que haber hecho carrera en el KGB, el omnipresente servicio de inteligencia de seguridad de la URSS. Junto con Putin, otros miembros del servicio, como Sergéi Ivanov y Nikolái Pátrushev, comenzaron un rápido ascenso en el nuevo régimen que surgía en el país.
Ambos habían coincidido y entablado cierto grado de amistad con Putin en los años setenta y ochenta, y hacia finales de siglo ya habían escalado a los principales puestos de responsabilidad del Estado, apoyando al actual presidente en su llegada al poder.
Hoy, casi un cuarto de siglo después, ambos continúan en el círculo más cercano de Putin. Son ejemplos paradigmáticos de cómo el presidente ruso ha construido su régimen con puño de hierro: promoción del clientelismo y las puertas giratorias, laminación de la disidencia y, por encima de todo, obsesión por premiar la lealtad y castigar la traición.
El centro de ese poder político en Rusia es el Consejo de Seguridad. Este organismo reúne a la mayoría de altos cargos y es donde confluyen el poder gubernamental y el apartado de seguridad, liderado por los llamados siloviki: políticos que provienen de los servicios secretos. Dos de estos siloviki son Víktor Zólotov, director de la Guardia Nacional desde 2016 y antiguo jefe de seguridad de Putin, y Aleksandr Bórtnikov, director del FSB desde 2008.
El Consejo también incluye a miembros y exmiembros del Gobierno ruso con una dilatada trayectoria a la sombra del presidente. El más importante es Serguéi Lavrov, ministro de Exteriores desde 2004. Serguéi Shoigú es el nuevo secretario del Consejo, en reemplazo de Pátrushev, después de haber sido destituido el pasado 12 de mayo como ministro de Defensa tras doce años en el cargo. El nuevo ministro de Defensa es el economista y ex vice primer ministro Andréi Beloúsov. Mientras tanto, Dmitri Medvédev, expresidente (2008-2012) y exprimer ministro (2012-2020) del país, ejerce la vicepresidencia del Consejo, que encabeza Putin.
Junto a ellos, el dirigente también ha establecido un férreo control sobre los círculos de poder económico, mediático y religioso. Aquí aparecen personalidades como Margarita Simonián, directora desde 2005 de RT, cadena de televisión estatal y principal órgano de propaganda exterior del Kremlin. También la Iglesia ortodoxa rusa, liderada por el patriarca Cirilo y fiel aliada del régimen. Otros apoyos importantes vienen del ámbito empresarial, representado por grandes oligarcas como los hermanos Rottenberg, amigos de la infancia del presidente.
Dos figuras más jóvenes han ganado peso en los últimos años. El primero y más conocido es Ramzán Kadírov, presidente de la República de Chechenia, que heredó el cargo de su padre y gobierna la región como un señor feudal siempre leal a Putin. El segundo es Alexéi Diumin, gobernador de la región de Tula. Aunque Diumin está más alejado de los focos, se especula que podría ser el siguiente ministro de Defensa o incluso sucesor de Putin.
La radiografía del poder en la Rusia de Putin se completa con los que, por un motivo u otro, han caído en desgracia. Aquí destacan dos nombres recientes: Yevgueni Prigozhin, jefe del grupo de mercenarios Wagner que en julio lideró una rebelión contra el Kremlin y que murió en agosto del año pasado después de que su avión se estrellase en extrañas circunstancias cerca de Moscú. Y Serguéi Surovikin, uno de los generales más destacados del Ejército ruso, que comandó durante meses la campaña en Ucrania y fue defenestrado por su cercanía con Prigozhin.