La Iglesia ortodoxa rusa lleva años aumentando su influencia, su riqueza y la polémica que las rodea. A la financiación por parte del Estado, que en 2016 le otorgó al Patriarcado de Moscú un presupuesto de 2.600 millones de rublos (casi treinta millones de euros al cambio actual), le acompañan donaciones y actividades comerciales. En 2018, además, se viralizaron los selfis de un sacerdote que se fotografiaba con prendas de Louis Vuitton y Gucci. Incluso al propio patriarca Cirilo I, cabeza de la Iglesia ortodoxa rusa, se le han adjudicado yates de lujo e inmuebles de valor millonario.
Para el Kremlin, la religión es una herramienta de poder blando tanto a nivel nacional como internacional. El presidente ruso, Vladímir Putin, sobre quien circularon rumores de tener un confesor religioso, ha dado manga ancha para la expansión de la Iglesia ortodoxa en todo el país. Los valores que pregona la ortodoxia casan con la perspectiva cultural y nacional que el Gobierno ruso ha adoptado frente a los “valores occidentales”. Esa alianza ha beneficiado a ambas partes: Putin ha ganado el respaldo de la Iglesia y con ello un poderoso aliado, y el Patriarcado ha visto crecer su influencia dentro y fuera del país.
Una iglesia protegida pero que pierde fieles
Desde la caída de la Unión Soviética el número de cristianos ortodoxos se ha disparado en toda Europa del Este. Solo en Rusia pasaron del 37% en 1991 al 75% en 2017, con 18.000 nuevas iglesias construidas desde 1988 y hasta 32.000 contando las que el Patriarcado de Moscú también ha levantado en Ucrania, Bielorrusia y Moldavia. Incluso se han erigido templos en ciudades de Europa occidental, como París y Estrasburgo. Durante el período soviético, la religión estaba limitada y la presencia de iglesias era mínima: Moscú contaba con solo cincuenta capillas en 1988, mientras que para 2017 ya eran 1.154. Esto fue posible, entre otras, por el Programa-200 que promovió Cirilo I tras su elección en 2009. El nuevo patriarca pretendía que los ciudadanos tuviesen un lugar de culto a una distancia que pudiese ser recorrida a pie.
Sin embargo, en los últimos años también han aumentado los ateos a costa de los cristianos: los rusos declarados no creyentes pasaron de un 7% en 2017 a un 14% en 2021; mientras tanto, la cantidad de ortodoxos ha decrecido del 75 al 66%. Eso puede indicar que la cifra de fieles ya ha tocado techo pese a los esfuerzos de la Iglesia. La población atea, además, también es la más joven —entre dieciocho y veintinueve años— y es la que menos apoya al Gobierno actual. En ciertas partes de Rusia también han cobrado importancia otras confesiones, pero tienen poca representación nacional. El islam lo profesaba un 10% de la población en 2016, mientras que otras creencias se limitan a porcentajes marginales.
El rechazo a la creencia ortodoxa, aparte de estar ligado a ideologías más progresistas, puede haber crecido como reacción al blindaje legal que la Iglesia ha gozado en la última década. En 2013, por ejemplo, entraron en vigor varias enmiendas que protegían los sentimientos religiosos. Las ofensas o faltas de respeto a la conciencia religiosa se castigan con multas de hasta 400.000 rublos (más de 4.500 euros), trabajo obligatorio o privación de libertad de hasta un año, penas que pueden aumentar si la ofensa ocurre en lugares públicos, sagrados o interrumpiendo ritos religiosos. Con este código las autoridades han castigado a activistas o blogueros, como Ruslan Sokolovski, un videoblogger de veintidós años sentenciado en 2016 a dos años de prisión por jugar a Pokémon GO en una iglesia y por declaraciones antirreligiosas en sus vídeos. Este año entrará en vigor otra reforma del código, que obliga a los sacerdotes y empleados religiosos instruidos en el extranjero a volver a certificarse en Rusia.
Rusia, bastión conservador
El Gobierno ruso ha utilizado a la Iglesia ortodoxa como una herramienta contra la influencia occidental, pero ese conservadurismo de los patriarcas viene de mucho atrás. Ya entre los siglos XVII y XVIII los creyentes consideraban al zar reformista Pedro I el anticristo. En tiempos de la Unión Soviética, el Estado se presentaba como alternativa al capitalismo occidental, pero las creencias ortodoxas tampoco encajaban con el comunismo. Ahora, en cambio, el conservadurismo ortodoxo entronca con la postura del Gobierno. Los comentarios del patriarca Cirilo I sobre la homosexualidad como “síntoma del apocalipsis”, o comparar su normalización en Europa “con leyes nazis” son una versión propia del discurso del Kremlin.
La Iglesia ortodoxa aporta estabilidad y unidad gracias a los valores tradicionales que defiende, pero también, como elemento distintivo, ayuda a construir esa idea de que Rusia es única y no pertenece ni a Oriente ni a Occidente. El vínculo entre la Rusia imperial y el cristianismo, por el que el zar concentraba todos los poderes sin aceptar ninguna autoridad superior a él, también se ha adaptado al gobierno de Putin, quien se ha erigido como defensor de la tradición rusa y ortodoxa. Así, Cirilo I también interviene en cuestiones Estado y ha incentivado desde el discurso religioso a aumentar la natalidad, pasando por prohibir el aborto, y poblar las regiones deshabitadas de Rusia. Del mismo modo, la cuestión religiosa también le sirvió a Putin para justificar la anexión de Crimea en 2014.

El Patriarcado de Moscú también se ha beneficiado de su alianza con el Gobierno, que le ha ayudado a proyectarse a nivel internacional como líder frente al resto de Iglesias ortodoxas. Como las ideas políticas y religiosas confluyen, dan pie a la simpatía de los creyentes extranjeros con Rusia mientras el país se erige como bastión de valores tradicionales. La posición de superioridad moral y espiritual de la ortodoxia rusa, que considera al resto de creencias cristianas como desviadas de la verdadera forma de fe, se corresponde a su vez con la tesis del Kremlin de que Occidente está en decadencia, y busca seducir a agrupaciones políticas conservadoras de otros países, más aún si también son ortodoxas. De ahí el duro golpe que supuso la escisión en 2018 de la Iglesia de Ucrania del Patriarcado de Moscú, pues le quitó influencia en un país donde el cristianismo ortodoxo está muy presente.
De momento, la influencia del Gobierno de Putin sobre la Iglesia ortodoxa rusa es más evidente que a la inversa, pues la institución no influye directamente más allá de sus fieles. Según un estudio de 2021, el 58% de los rusos consideran que la religión juega un papel pequeño o nulo en sus vidas. Pero el Ejecutivo conoce bien la utilidad de la fe, y manteniendo su alianza evita de paso que el Patriarcado de Moscú estreche lazos con líderes opositores. El Kremlin ha apostado a largo plazo por el conservadurismo, como confirman las últimas enmiendas constitucionales y las leyes que blindan la fe ortodoxa, pero ambas tienen el reto de persuadir a las futuras generaciones, que cada vez apoyan menos la tradición rusa y al Gobierno.







