Después de servir en Alemania Oriental para el KGB, los puestos que ocupó Vladímir Putin fueron temporales y casi siempre colocado a dedo. Tras la caída del Muro de Berlín volvió de 1991 a 1996 a su natal San Petersburgo, la antigua Leningrado soviética. Desde allí supo aprovechar sus relaciones y estar en el sitio adecuado hasta llegar a ser presidente de Rusia, puesto al que llegó siendo muy poco conocido.
El paso de Putin por el Ayuntamiento de San Petersburgo es una etapa oscura. La mayoría de los documentos que registraban sus actividades desaparecieron. Pero también fue la más decisiva: allí se enriqueció y forjó amistades, incluidos futuros ministros, exmiembros del KGB y el crimen organizado. Funcionarios, políticos o artistas que le conocieron en esa época repiten que no causaba ninguna impresión, y personas más cercanas le describen como inseguro, influenciable, poco fiable y hasta vago. Pero Putin en el fondo también era práctico, resolutivo y daba pocas complicaciones a su jefe, el alcalde Anatoli Sobchak, cuya caída le permitió dar el salto a Moscú.
Aquellos maravillosos noventa
Los años noventa fueron un caos en Rusia. La caída de la URSS sumió al país en una crisis económica y social. En San Petersburgo, como en otras ciudades, había escasez de alimentos y otros productos. Los precios estaban por las nubes, y la violencia y el crimen aumentaban. No había divisas extranjeras para importar productos del exterior, así que se apostó por cambiar materias primas, en especial minerales, por bienes de consumo. De esto se encargó el Comité de Relaciones Exteriores de San Petersburgo que Putin llegó a dirigir. Para ello había un presupuesto federal y se exportaron materias primas, pero los productos nunca llegaron a la ciudad. Putin culpó a los proveedores. Al cabo de un año, sin embargo, se abrió una investigación que valoró la exportación en más de cien millones de dólares.
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