Unas 10.400 muertes: ese fue el impacto de la violencia yihadista en el Sahel en 2024. Detrás estuvo una de las filiales más poderosas de Al Qaeda: el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM, por sus siglas en árabe). Fundado en 2017 y con más de 6.000 miembros, este grupo está presente en Malí y llega a Níger y Burkina Faso, tres de los diez países de la región. Pero no es el único: desde 2020 está enfrentado con una filial de Dáesh. Ese auge del yihadismo en el Sahel se debe a varios factores: la debilidad institucional, la división regional e internacional o la propaganda para aglutinar a diferentes grupos étnicos y culturales.
Mientras tanto, la presencia de Al Qaeda y Dáesh en otras regiones ha disminuido o se ha controlado más. En Oriente Próximo, la relativa estabilidad de Irak y la ruptura de las nuevas autoridades en Siria con Al Qaeda han limitado a la organización. Los talibanes en Afganistán tampoco parecen estar dándole refugio, mientras que hacen frente a la expansión de Dáesh en Asia del Sur. Con el líder de Al Qaeda refugiado en Irán y su escaso control sobre la organización, hoy el JNIM es el principal motor de la red del difunto Osama bin Laden, lo que por extensión ha convertido al Sahel en el centro del yihadismo global.
Una región rota frente a un yihadismo cohesionado
El Sahel es una de las regiones más pobres del mundo. Pese a sus importantes reservas de minerales, sigue rezagada por las consecuencias del colonialismo francés, como la fragmentación étnica o una incontrolable frontera entre Malí, Níger y Burkina Faso, así como por la desertificación y el cambio climático. Junto con la debilidad institucional, todo ello se traduce en altos índices de mortalidad infantil, inseguridad alimentaria o desempleo. Esa inestabilidad ha sido caldo de cultivo para las organizaciones yihadistas.
El antecedente remoto del terrorismo en el Sahel viene del norte de África, en concreto de la guerra civil argelina (1992-2002), cuando Al Qaeda desembarcó en el país y desde allí llegó al Sahel bajo las siglas de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI). Sin embargo, la caída de Muamar el Gadafi en Libia en 2011 durante las revueltas árabes provocó el primer gran flujo de armas protagonizado por grupos tuareg hasta Malí. Desde su creación, este país ha estado dividido entre el norte y el sur, con un marcado componente sectario y una primera rebelión tuareg en los años sesenta. Décadas después, la llegada masiva de material militar favoreció otra insurrección en 2012 y sirvió para justificar un tercer golpe de Estado en el país.
El caos en Malí también fue instrumentalizado por los grupos yihadistas. El Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental, fundado en 2011 como escisión de AQIM, se unió en 2013 a otro grupo y crearon la organización Los Morabitos, que es uno de los tres grandes bloques del JNIM. Los otros dos son Ansar al Din, los tuareg que han optado por el islamismo radical por encima del nacionalismo, y el Frente de Liberación de Macina, que representan a la minoría étnica de los fulani. Estas franquicias y el lenguaje religioso como elemento aglutinador han hecho del JNIM un auténtico contrapeso al Gobierno maliense. Esa inestabilidad ha irradiado a toda la región, en especial Burkina Faso con el grupo Ansar al Islam.

Mientras que el JNIM y Ansar al Islam cooperan como parte de Al Qaeda, ni Malí, los países de la región o la comunidad internacional han podido unirse en su contra. A nivel interno, la debilidad ante la insurgencia islamista propició otro golpe de Estado en Mali en 2021; pero la regresión autoritaria y la violencia del ejército, paradójicamente, han legitimado la alternativa islamista. A su vez, el golpe en Malí impulsó otros en Burkina Faso (2022) y Níger (2023). Los tres Gobiernos se unieron en la Confederación de Estados del Sahel, enfrentada con la tradicional Comunidad Económica de Estados de África Occidental (Cedeao).
Ni siquiera hay consenso internacional contra el terrorismo en el Sahel. Francia, tradicionalmente preocupada por los atentados en su territorio y buscando mantener vivo su legado, se ha resignado a no ser un actor relevante en la región debido al rechazo popular. Por su parte, Rusia ha sabido manipular esos sentimientos contra el pasado colonial, posicionándose a favor de la coalición de militares golpistas e impulsando al Grupo Wagner en la región. Sumado al desinterés de Estados Unidos en África, el resultado es que los yihadistas campan a sus anchas en el Sahel y amenazan con seguir expandiéndose.
El yihadismo, un negocio lucrativo
Los grupos islamistas en el Sahel también se han hecho fuertes gracias a sus fuentes de financiación. Una de ellas es el control de las principales carreteras de la región, donde saquean mercancías y extorsionan a narcotraficantes y otras redes criminales. También les interesa el oro: sólo en Burkina Faso hay más de 2.000 explotaciones clandestinas, y los ataques se intensifican en las zonas donde estas se ubican. El JNIM también ha sido vinculado a secuestros de alto nivel, como el de una cooperante francesa en 2016.
Al mismo tiempo, estos grupos han buscado el apoyo ciudadano. Respecto al oro, hay indicios de que están entablando relaciones con los mineros artesanales. El JNIM, en particular, impone “tasas” a los ciudadanos a cambio de servicios como tribunales o escuelas, que además sirven para propagar su mensaje. En general, la población civil no es blanco de ataques, aunque a los cristianos sí se les ha prohibido celebrar bodas y bautismos. Algunos expertos hablan de una estrategia populista como la del grupo HTS en Siria, que en 2024 también derrocó a un régimen autoritario y corrupto al presentarse como una alternativa eficiente y capaz de proveer servicios esenciales. El triunfo de los talibanes en Afganistán, sin oposición de la comunidad internacional, es otro motivo de optimismo para los integristas malienses.
Pese a todo, ni el JNIM ni Ansar al Islam parecen estar preparadas para un yihadismo “nacionalista”. De hecho, ambas organizaciones luchan por expandir sus actividades desde Malí y Burkina Faso a Togo, Ghana y Benín, donde han aumentado los ataques. De nuevo, a lo religioso se une lo pragmático: tener presencia en estos países da acceso al Atlántico y, por ende, al contrabando a escala global. Por ejemplo, de acuerdo con la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), la cocaína incautada en el Sahel se disparó de los trece kilos de cocaína en 2015 a casi 1.500 en 2022.
Islamistas contra islamistas
Con todo, el único rival del JNIM en su expansión territorial es otro grupo terrorista: el Estado Islámico en el Gran Sahel (ISGS), que opera en Níger y una pequeña fracción de Malí y Burkina Faso. Las filiales de Al Qaeda y Dáesh llevan años enfrentadas en Yemen, Siria, o Somalia por diferencias ideológicas, estratégicas y, sobre todo, económicas. En África, la “excepción saheliana” se rompió en 2020 por el maltrato de Dáesh a los civiles, el miedo de defecciones hacia este grupo o las divisiones étnicas. La noticia de que el Gobierno maliense había iniciado negociaciones con el JNIM provocó la ruptura definitiva.
La lucha entre las filiales de Al Qaeda y Dáesh en el Sahel recuerda a la situación en Nigeria, el otro gran foco de terrorismo yihadista en África. Las consecuencias están siendo fatales para la población, con Dáesh declarando “apóstatas” a los civiles en territorio del JNIM y el consiguiente repunte de la violencia. Con todo, la guerra civil yihadista parece haber debilitado a ambas organizaciones: Francia mató en 2021 al líder del ISGS, y el ejército maliense consiguió retomar en 2023 la capital de la insurrección tuareg, Kidal, con el apoyo de los mercenarios rusos. Respecto a estos últimos, una nueva incógnita será cómo impactará la sustitución del Grupo Wagner por las todavía desconocidas Africa Corps, más controladas por Rusia.
A nivel internacional, parece que Estados Unidos y Europa están dispuestos a convivir con el yihadismo siempre y cuando no traspase fronteras, como en Siria y Afganistán. El rechazo de la junta maliense y de la población forzó la salida de Francia en 2022, y otros países europeos han visto su presencia reducida. Como en otros casos, la Unión Europea ha sido incapaz de responder a los problemas del Sahel, y Estados Unidos ha iniciado su salida de la región. Desde Irak y Afganistán, pasando por el propio Sahel, el aprendizaje es que el “antiterrorismo” es un regalo envenenado que de momento se ha delegado a Rusia. Mientras tanto, resta por ver si el JNIM y el ISGS se conforman con el triángulo Mali-Níger-Burkina Faso o llevan la lucha al “enemigo lejano”, como ya hiciera Bin Laden en 2001 o los talibanes al dar refugio a los partidarios de la yihad global. Dependerá del equilibrio de fuerzas y de la comunidad internacional.