Tras el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos quedó como la potencia hegemónica global. Durante una década, la de los noventa, se dedicó a establecer el orden en el mundo como única superpotencia, pero el 11 de septiembre de 2001 esto cambió de forma irremediable, acelerando la historia. Tras los atentados en Nueva York y Washington se iniciaría la conocida como ‘guerra contra el terror’, cuya cronología marcaría las dos décadas siguientes de la política estadounidense y mundial, moviendo el foco de atención al gran Oriente Próximo anglosajón.
El 11 de septiembre de 2001, la organización terrorista Al Qaeda secuestró cuatro aviones que salían de Boston y Nueva York con destino a California para cometer varios atentados en Nueva York y Washington. Los ataques resultaron en la muerte de casi 3.000 personas, la destrucción de un símbolo del poder estadounidense como eran las Torres Gemelas y en una catástrofe emitida en directo en todo el mundo.
Los atentados fueron considerados como un ataque directo contra Estados Unidos, que invocó por vez primera el artículo 5 del tratado de Washington, llamando a sus aliados de la OTAN a la guerra. Con el beneplácito del Consejo de Seguridad de la ONU, y ante la negativa del gobierno talibán de Afganistán de entregar a los líderes de Al Qaeda a los que cobijaba, Estados Unidos y sus aliados invadieron el país, dando inicio a la guerra contra el terror. Paradójicamente, tras dos décadas de lucha, hasta la propia OTAN ha salido erosionada de un conflicto que no parecía tener fin.
La rápida victoria inicial en el país asiático mantuvo el optimismo de los años noventa, pero no se contaba con que aquella invasión terminaría por convertirse en la guerra más larga librada por Estados Unidos, trasformándose con el paso de los años en un conflicto asimétrico que se extendería también a Jaiber Pastunjuá, en el vecino Pakistán. Apenas 18 meses después de haber invadido Afganistán, EE. UU. entró en otro conflicto al invadir Irak.
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La guerra de Irak no contó esta vez con el beneplácito de la ONU. Los intentos de justificarla mediante la supuesta presencia de armas de destrucción masiva, o con vínculos del gobierno de Sadam Huseín con Al Qaeda, no triunfaron, y, a la postre, fueron demostrados como falsos. Esta vez, además, los aliados de Estados Unidos no respondieron al unísono al llamamiento de Washington.
Al igual que sucedió en Afganistán, la invasión de 2003 acabó por convertirse en una guerra larga, asimétrica y de desgaste pese a los triunfos iniciales. El conflicto marcaría la geopolítica interna iraquí, cambiaría el equilibrio de poder en Oriente Próximo y desestabilizaría toda la región, favoreciendo la insurgencia islamista suní, el rearme de las milicias kurdas y el inicio de una Guerra Fría entre Arabia Saudí e Irán por su influencia sobre Irak y toda la región.
El desgaste sufrido por Estados Unidos en la guerra de guerrillas en que la que se convirtieron Irak y Afganistán favoreció la victoria de Barcak Obama, que se había presentando las elecciones como un candidato antimilitarista y que prometió la retirada de tropas de ambos países. Si bien el expresidente demócrata consiguió dar forma a la retirada de Irak en 2011, los acontecimientos se precipitaron sobre la agenda política en Afganistán, donde el número de tropas norteamericanas no paró de crecer hasta finales de 2011, momento en el comenzó un repliegue paulatino.
En 2011, además, estallaron y se extendieron las revueltas de la conocida como ‘primavera árabe’, que llevaron a guerras civiles en Libia, Siria y Yemen. Ante el desinterés de Estados Unidos, Francia forzó la intervención de la OTAN en el conflicto libio. Aquel mismo año, los servicios de inteligencia estadounidense localizaron, en Pakistán, a Osama bin Laden, líder de Al Qaeda, al que ejecutaron sin autorización pakistaní.
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La victoria moral que supuso acabar con Osama bin Laden, diez años después de los atentados, fue un hito en la cronología de la guerra contra el terror que además coincidió con la retirada de Irak y los preparativos para la salida de Afganistán. Esta situación se enturbió rápidamente cuando Edward Snowden desvelo los abusos de la administración estadounidense realizados bajo la Ley Patriótica, al tiempo que Dáesh, un grupo paramilitar fundamentalista escindido de Al Qaeda, aprovechaba la inestabilidad generada por la invasión de Irak y la falta de una intervención decidida en Siria para extenderse por varios países iniciando una era del terror.
Así, en 2014, menos de tres años después de la retirada de Irak, y ante el riesgo de derrumbe del Estado iraquí y la expansión del yihadismo terrorista de Dáesh, Estados Unidos entró en la guerra contra Dáesh con la Operación Resolución Inherente, con frentes en Libia, Siria e Irak. Esto obligó a la administración Obama a aplazar, una vez más, los planes para Afganistán.
Donald Trump, candidato del Partido Republicano de George W. Bush, ganó las elecciones a la Casa Blanca en 2016 con la misma promesa que Obama, la retirada de Afganistán. Ante el fracaso, Trump repitió la fórmula y aseguró que Estados Unidos saldría definitivamente del país durante el mandato de su sucesor. Para ello, la administración norteamericana inició varias conversaciones de paz con los insurgentes talibanes en Doha, Catar, durante 2018. Joe Biden, deseoso de acabar con el conflicto, no desdijo a Trump y continuó con los planes de retirada tras su victoria en las elecciones de noviembre de 2020.
En 2021, y tras varios meses de rápidos y caóticos anuncios, el rápido colapso del Estado afgano y de su ejército tras la marcha estadounidense llevaron a los talibanes a capturar Kabul sin resistencia y con las tropas internacionales, en retirada, aún en la ciudad. Este ha sido el último episodio de los 20 años de la intervención estadounidense en Afganistán, un acontecimiento que quedado marcado como una derrota militar con muchos paralelismos con la guerra de Vietnam y la retirada norteamericana de Saigón.
Tras 20 años de conflicto, el enorme desgaste sufrido por Estados Unidos ha terminado provocando una vuelta al aislacionismo y a su política interna, mientras que el descrédito internacional ha sido aprovechado por China o Rusia para ganar espacio e influencia al tiempo Washington se retira de medio mundo. Las victorias parciales contra el terrorismo se han transformado, a la larga, en derrotas en otros ámbitos de la geopolítica, convirtiendo la guerra contra el terror en el gran talón de Aquiles de Estados Unidos durante el siglo XXI.
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