Cómo el 11S aceleró la historia: veinte años del ataque que acabó con la supremacía de Estados Unidos - El Orden Mundial - EOM
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Cómo el 11S aceleró la historia: veinte años del ataque que acabó con la supremacía de Estados Unidos

Cómo el 11S aceleró la historia: veinte años del ataque que acabó con la supremacía de Estados Unidos
Fuente: elaboración propia.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 cumplen veinte años en un mundo que hasta la reciente reconquista de Afganistán por parte de los talibanes parecía haber pasado página. Sin embargo, fenómenos actuales como el retroceso de la democracia o de la hegemonía de Estados Unidos son consecuencia indirecta de las decisiones tomadas a raíz de los ataques. Dos décadas después, la era 11S ha dado paso a otra donde sus efectos siguen vigentes.

Abrumado por el brexit y Donald Trump, el auge de China o la pandemia, el mundo parece haber dejado el 11S atrás. Visto en perspectiva, puede sorprender que aquellos atentados pudieran cambiar el rumbo del país más poderoso del mundo, por muy espectaculares que fueran. Y, sin embargo, el sentimiento de legitimidad de una nación agraviada aceleró el fin de su supremacía; el impacto de las decisiones que se tomaron entonces siguen todavía presentes.

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El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, lanzó entonces la “guerra contra el terror” para perseguir por medio mundo al grupo terrorista Al Qaeda, responsable de los ataques. La campaña se guió por la Doctrina Bush, una política exterior neoconservadora que buscaba expandir la democracia por el mundo mientras reafirmaba el derecho de Washington a imponer su fuerza y librar guerras preventivas para proteger sus intereses. Estas guerras eran un aviso a sus adversarios: Corea del Norte, Irak e Irán, a los que Bush describió como el “eje del mal”, y a países que apoyaran a grupos terroristas. Estados Unidos había vuelto a llamar a las armas a toda una generación, pero esta vez el enemigo no tenía fronteras.

La nueva guerra llegaba después de una década de hegemonía. Estados Unidos se había sentido tan poderoso tras ganar la Guerra Fría que incluso declaró el final de la historia, pero el 11S destruyó esa ilusión. Al Qaeda no resultó un grupo que parecía venido del pasado, sino un augurio de futuras tendencias antiliberales. En su esfuerzo por acabar con el terrorismo, Estados Unidos invadió dos países, reorganizó todo su apartado de seguridad nacional y se inició en la tortura de detenidos o los ataques con drones. Esa agitación pronto se contagió al extranjero. Muchos países se adueñaron del discurso antiterrorista para volverse más autoritarios, mientras que Rusia o China se descubrirían como potencias capaces de hacerle competencia a Washington. La respuesta de Estados Unidos al 11S aceleraría la pérdida de su hegemonía y dio paso a un mundo multipolar donde ya no podría proyectar su poder de manera tan decisiva.

Atentados 11 de septiembre
George W. Bush se dirige a la nación en una sesión del Congreso el 20 de septiembre de 2001, día que declaró la “guerra contra el terror”. Fuente: Archivos de la Casa Blanca

Tras el 11S también se plantó la semilla de las políticas de identidad que florecieron a finales de la década de 2010. Los medios de comunicación no dudaron en amplificar la narrativa como nuevos partícipes de una espiral de miedo, indignación y ganas de venganza que envenenaría el discurso político y social estadounidense. El acoso a un árabe estadounidense en el metro y la paliza a un sij en un callejón acabaron dando paso al veto migratorio a ciudadanos de países musulmanes, la separación de familias hispanas en la frontera con México y la violencia contra ciudadanos de origen asiático acusados de propagar el coronavirus. Bush dividió al mundo entre buenos y malos, pero los estadounidenses terminaron divididos entre ellos y enfrentados a sus paradojas.

Amenazas exageradas y guerras interminables

Estados Unidos atacó Afganistán por aire tan solo tres semanas después del 11S. En noviembre inició la invasión del país y tardó pocos meses en capturar, matar o desplazar a la mayoría de miembros de Al Qaeda responsables de los ataques. También derrocó al régimen talibán, que les acogía, y puso un Gobierno prooccidental en su lugar. Sin embargo, con su líder, Osama bin Laden, huido en Pakistán, Al Qaeda aún estaba lejos de haber dicho su última palabra.

La percepción de que el éxito inicial era definitivo llevó a Bush a trasladar la misma estrategia a Irak en 2003. Aunque la conexión entre el 11S y esa segunda invasión no está clara, Irak era un asunto pendiente para muchos miembros de la Administración Bush que habían participado en la guerra del Golfo contra Sadam Huseín en los años noventa, pues el dictador iraquí seguía en el poder. Así, los atentados también fueron una oportunidad para enviar un mensaje a otros regímenes no favorables de hasta dónde estaba dispuesto a llegar Estados Unidos para exportar sus valores.

Ni las protestas populares por todo el mundo ni la condena de países como Francia o Rusia pudieron impedir la guerra de Irak. Incluso algunos aliados de Estados Unidos, como Alemania, consideraron que la invasión era ilegítima porque no se había confirmado que Huséin poseyera armas de destrucción masiva, el pretexto que Bush esgrimía para atacar. Pero el miedo caló entre quienes creían en las evidencias que el entonces secretario de Estado, Colin Powell, presentaba ante el Consejo de Seguridad de la ONU sobre las supuestas armas de destrucción masiva, que nunca se encontraron. La relativa facilidad con la que Washington persuadió entonces a su opinión pública contrasta con las dificultades que tiene hoy para convencer de la evidencia científica sobre el coronavirus y la necesidad de vacunarse a una población más desconfiada del poder. 

Aunque la invasión de Irak y el derrocamiento de Huseín se desarrollaron sin problemas, controlar el país resultó más difícil. La violencia sectaria y el resurgimiento del terrorismo yihadista llevaron a Bush a enviar 30.000 tropas adicionales en 2007, que se sumaron a las 130.000 originales. Este descenso al caos dejó al país dividido, abrió la puerta a que Irán mejorara su posición en Oriente Próximo y le daría alas a Dáesh, un grupo aún más radical que Al Qaeda, para expandirse por Irak y Siria desde 2013. Mientras Estados Unidos trataba de controlar un frente, en Afganistán los talibanes emprendieron un contraataque a partir de 2006 que le obligó a incrementar el número de tropas de 20.000 a más de 30.000. Washington ahora se veía desbordado por dos guerras que había visto ganadas y con una opinión pública cada vez más en contra ante las revelaciones de torturas y las bajas estadounidenses. Aún tardaría años en aprender que derrocar regímenes es muy distinto a promover instituciones capaces de administrar un territorio y asegurar la paz y la democracia.

Cuando Estados Unidos demostró que estaba dispuesto a invadir países para propagar la democracia, sus adversarios se vieron amenazados y algunos acabarían respondiendo. Con la misma omisión por las leyes internacionales con la que Washington había actuado en Irak, en 2014 Rusia se anexionó la península de Crimea en respuesta a la revolución del Maidán en Ucrania, que Moscú entendió como un golpe de Estado apoyado por Estados Unidos. La proliferación de grupos terroristas y la presencia de tropas estadounidenses en Asia Central también alertaron a China, que impulsó la Organización de Cooperación de Shanghái y se acercó a Rusia, la otra gran potencia regional. De ahí viene la alianza vigente entre Pekín y Moscú que se ha convertido en un quebradero de cabeza para Occidente. 

El mundo se blinda ante la amenaza terrorista 

A raíz del temor a nuevos ataques, Estados Unidos se apresuró a crear medidas para protegerse dentro y fuera de su territorio. Poco después del 11S, el Congreso aprobó casi sin debate la Ley Patriota, bajo la cual el Gobierno otorgó más poder para combatir el terrorismo a organismos como la Agencia de Seguridad Nacional (NSA por las siglas en inglés). Aunque esta ley podía llegar a vulnerar los derechos a la privacidad y confidencialidad, la población lo aceptó como mal necesario.

Algunos regímenes autoritarios o poco respetuosos con los derechos humanos tomaron nota y apelaron a la lucha contra el terrorismo para perseguir a la oposición y consolidar su poder. El Gobierno ruso, que ya mantenía una campaña antiterrorista en Chechenia antes del 11S, creó leyes de ese corte que utiliza para expulsar ONG occidentales o ilegalizar partidos como el del opositor Alexéi Navalni. China también se inspiró en la respuesta estadounidense a los atentados para construir un sistema de vigilancia masiva con el que ha reprimido a la minoría musulmana de los uigures en la región de Xinjiang. De la misma forma, aliados de Washington en Oriente Próximo como Arabia Saudí, Turquía o Egipto justificaron con esos argumentos su mayor opresión en los años previos a las revueltas árabes de 2011.

También en Europa algunos países impusieron medidas que coartaron libertades civiles, en especial a raíz de los ataques terroristas de 2004 en Madrid y de 2005 en Londres. Empezaron a proliferar leyes antiterroristas, que en algunos casos pusieron en cuestión la protección de los derechos humanos, y políticas migratorias más duras. Años más tarde estas medidas harían que inmigrantes musulmanes frustrados por la difícil integración social y económica fueran radicalizados para llevar a cabo atentados terroristas en el continente.

De la promesa de internet y las redes sociales a la vigilancia masiva

Poco se sabía sobre cómo Washington actuaba bajo la Ley Patriota hasta que un empleado de la NSA, Edward Snowden, reveló en 2013 que el Gobierno recopilaba los registros telefónicos de millones de ciudadanos. Esa vigilancia masiva no solo afectaba a los estadounidenses, sino a ciudadanos de países aliados, incluida la canciller alemana Angela Merkel, e involucraba a empresas de Silicon Valley. Snowden, un joven abrumado por el 11S que había decidido alistarse en el Ejército, se rebelaba contra el país al que había prometido servir. Y encontró asilo precisamente en Rusia, que había convertido internet en la principal herramienta para desestabilizar a Estados Unidos.

Quizá nada representa mejor el triunfo y decadencia del sistema liberal liderado por Washington desde los años noventa que la transformación de internet. Bajo la promesa de conectar el mundo, esta tecnología no solo reflejaba valores como la libertad de opinión: también fue resultado del capitalismo desregulado y del espíritu emprendedor promovido por Estados Unidos. Las redes sociales, propiedad de grandes compañías, ahora permiten compartir información al instante. Si aquella mañana de 2001 los neoyorquinos buscaban a sus familiares usando líneas telefónicas colapsadas y pegados a la televisión, los usuarios de Facebook o Twitter pueden hoy desde compartir imágenes y vídeos en directo hasta confirmar que están a salvo de un ataque terrorista.

Sin embargo, Gobiernos autoritarios como los de Rusia también han aprendido a utilizar estas herramientas para debilitar a Occidente con campañas de desinformación. Y si antes solo cadenas como Al Jazeera transmitían la propaganda de Al Qaeda, ahora grupos como Dáesh crean vídeos en varias lenguas y alta calidad que cuelgan en redes sociales. Diseñadas para ganar dinero a través de anuncios, estas plataformas monetizan la desinformación y la polarización, que se retroalimentan con esa narrativa sensacionalista creada en 2001.

La lucha contra el terrorismo ha creado más terroristas

La nueva guerra también llevó a que Estados Unidos reformara su aparato antiterrorista adoptando métodos cuestionables. En enero de 2002, después de las primeras capturas en Afganistán a implicados con los ataques, la Administración Bush levantó una cárcel en la base naval de la bahía de Guantánamo, en Cuba, a cuyos internos considera “combatientes enemigos ilegales”. Al no ser prisioneros de guerra, Estados Unidos puede retenerlos sin juicio ni derecho a representación legal, ya que los Convenios de Ginebra no se aplican. Desde que se inauguró, unos 775 prisioneros han estado en Guantánamo. En 2014, el Comité de Inteligencia del Senado reveló que el lugar era parte de un “programa de detención secreta indefinida” donde se interrogaba con técnicas como la privación del sueño o el ahogamiento simulado, que la ONU considera tortura

Bush también promovió las entregas de prisioneros de alto valor a países como Egipto o Siria para ser torturados e interrogados allí. Más controversia aún provocaron las vejaciones en “sitios negros” de la CIA en Europa y las bases aéreas de Bagram en Afganistán y Abu Ghraib en Irak. La publicación en 2004 de fotografías de prisioneros torturados en esta última causó indignación internacional. La guerra contra el terror incluso llevó a Estados Unidos a cooperar con China en la persecución de los uigures, que ahora critica: a petición del Gobierno chino, fuerzas estadounidenses capturaron a muchos en Afganistán y Pakistán y los llevaron a Guantánamo.

El sucesor de Bush, Barack Obama, trató de cerrar la prisión, pero la oposición del Congreso ha permitido que siga abierta. Sin poder procesar o liberar a los detenidos ni arriesgarse a más revelaciones sobre torturas, el nuevo presidente mantuvo la guerra contra el terror lanzando asesinatos selectivos con drones y fuerzas especiales para rebajar el coste humano y económico de las guerras. Incluso llegó a negarse a utilizar la fuerza o autorizó el mínimo necesario en Siria, Ucrania o Irán, pero la amenaza del terrorismo no desapareció. Al contrario, estos ataques han aumentado el resentimiento hacia Estados Unidos en el mundo musulmán y en Occidente, dando alas a la propaganda y al reclutamiento de yihadistas. Por ejemplo, el paquistaní-estadounidense Faisal Shahzad, quien intentó detonar una bomba en Times Square en 2010, afirmó que quería vengar los ataques con drones en Somalia, Yemen y Pakistán.

Las invasiones de Afganistán e Irak, junto con los conflictos de Libia o Siria, donde Estados Unidos participa, han facilitado el auge de nuevos grupos terroristas cada vez más peligrosos. Dáesh, por ejemplo, combina elementos de proto-Estado, red de crimen organizado y ejército. Si en 2001 había 32.200 miembros de trece organizaciones terroristas, en 2015 ya eran más de 100.000 en 44 grupos. Las víctimas del terrorismo también han aumentado: ese año murieron 38.422 personas, cinco veces más que en 2001, y la tendencia es al alza. Al final, una política exterior militarizada y concentrada hacia Oriente Próximo ha tenido el efecto opuesto al deseado.

El surgimiento de Dáesh también amenazó la seguridad de Europa. Mientras que Estados Unidos no ha vuelto a vivir ningún ataque terrorista extranjero desde el 11S, la Unión Europea sufrió 124 atentados yihadistas entre 2014 y 2020. El terrorismo en el continente, a diferencia de los ataques del 11S, se ha caracterizado por ataques poco sofisticados y con menos víctimas, pero más difíciles de evitar. Una gran preocupación para el bloque son los miles de europeos que han viajado a la guerra de Siria para unirse a grupos radicales. Varios terroristas de los ataques de 2015 en París y de 2016 en Bruselas eran ciudadanos de Estados miembros que Dáesh había entrenado en Siria e Irak, pero Europa también ha sufrido ataques de inmigrantes y refugiados radicalizados a partir de problemas de integración. Por tanto, la amenaza del terrorismo en el continente se ha convertido menos en luchar contra grupos terroristas en Oriente Próximo y más en un desafío interno por fomentar la integración de inmigrantes y refugiados musulmanes.

Aunque el riesgo de atentados continúa, el terrorismo yihadista resultó menos peligroso para los intereses de Estados Unidos de lo que suponía. Ahora se expande otra amenaza: el terrorismo de extrema derecha, responsable de la mayoría de atentados tras el 11S, hasta el 90% en 2020. Estos grupos, además, han empezado a reclutar a personal militar, reservistas y agentes de la ley. En la insurrección del Capitolio el pasado 6 de enero participaron veteranos del Ejército, reservistas y un miembro de la Guardia Nacional junto con milicias y organizaciones extremistas como los Proud Boys.

Osama bin Laden desapareció, pero los problemas no

Los esfuerzos contra Al Qaeda consiguieron su objetivo principal casi diez años después del 11S, cuando un grupo de fuerzas especiales de Estados Unidos encontró y asesinó a Osama bin Laden en un complejo de la ciudad de Abotabad, en Pakistán. Aunque la muerte del autor intelectual de los atentados permitió que la sociedad estadounidense empezara a pasar página, el terrorismo y las guerras en Afganistán e Irak distraían a Washington del auge interno de movimientos antidemocráticos, la crisis migratoria en la frontera con México y la desigualdad creciente a partir de la crisis económica de 2008.

Atentado 11 de septiembre
Barack Obama y miembros de su Administración siguen la misión que acabaría con el asesinato de Bin Laden, anunciado el 2 de mayo de 2011. Fuente: Wikimedia

Que Obama ganara las elecciones ese año prometiendo terminar con las guerras de Afganistán e Irak ya mostraba la insatisfacción del público estadounidense con ambas. Sin embargo, un mes después de tomar posesión anunció que enviaría otros 17.000 soldados a Afganistán. Obama logró que las últimas tropas estadounidenses abandonaran Irak a finales de 2011, pero la guerra civil posterior y la expansión de Dáesh en Irak y Siria llevaron a Estados Unidos a lanzar una nueva intervención militar que todavía continúa. Aquella retirada y sus consecuencias ahora resuenan con la rápida reconquista de Afganistán por parte de los talibanes meses después de que el presidente actual, Joe Biden, decidiera poner fin a la presencia militar estadounidense. ¿Volverá Estados Unidos a Afganistán si el país se convierte de nuevo en un caldo de cultivo para el terrorismo yihadista, como sucedió en Irak?  

Con los conflictos de Afganistán e Irak aún abiertos, Washington amplió sus compromisos internacionales. En 2011, durante las revueltas árabes y bajo el pretexto de que el dictador libio, Muamar el Gadafi, cometía crímenes contra la humanidad en su país, Estados Unidos y sus aliados europeos lanzaron una campaña aérea para proteger a la población tras convencer a China y Rusia, reticentes a violar la soberanía libia. La coalición occidental, sin embargo, excedió su mandato, facilitando el derrocamiento y asesinato de Gadafi. Desde entonces el país está en guerra civil. Que Estados Unidos incumpliera su promesa de no forzar un cambio de régimen en Libia dio a entender a la comunidad internacional, y en particular a Rusia y China, que no se podía confiar en su palabra. Los países sin armas nucleares, como Irán, aprendieron además que eran vulnerables a un ataque estadounidense

Mientras tanto, las revueltas de 2011 en Siria dieron paso a otra guerra civil. Obama primero le pidió al presidente sirio, Bashar al Asad, que dejara el poder, pero, cuando este se negó, Estados Unidos se unió a Catar, Arabia Saudí y Turquía para dar apoyo a los rebeldes sirios. Sin embargo, el avance rebelde se estancó por la intervención de Rusia, decidida a mantener a Asad en el poder y evitar un resultado como el de Libia. Por primera vez desde el 11S Estados Unidos no había logrado derrocar un régimen contrario, señal poderosa de lo que vendría: si seguía dispuesto a cambiar Gobiernos desfavorables por la fuerza, ahora otras potencias también podían intervenir para preservar sus intereses. Mientras que la esfera de influencia estadounidense nunca había sido tan grande, su poder sobre ella tampoco había sido tan limitado.

Solo cuando Estados Unidos rompió con los principios de la guerra contra el terror y priorizó la diplomacia sobre las intervenciones militares, al final de la era Obama, consiguió hacer prevalecer sus intereses. Entre los pocos éxitos internacionales estadounidenses tras el 11S, los más destacados se dieron en esa época. En 2015 se firmaron el acuerdo nuclear con Irán, que evitó que este país desarrollase armas nucleares, y los Acuerdos de París contra el cambio climático. Sin embargo, esos dos logros tendrían las horas contadas.

Donald Trump, un producto del 11S 

Hacia 2016 y sin haber construido un mundo libre de amenazas, Estados Unidos se sentía vulnerable. Pero no a ataques terroristas como el 11S, sino a fenómenos hasta entonces ajenos, como el populismo. Cuando Donald Trump asumió el poder en enero de 2017, el país ya no era percibido como aquel faro de esperanza para la democracia y la libertad. Al contrario, partidos y políticos de extrema derecha como el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia o Geert Wilders en los Países Bajos se identificaban con él. Por si fuera poco, el Reino Unido, gran aliada de Estados Unidos y su compañera en la guerra de Irak, había decidido salir de la Unión Europea meses antes y mostraba entusiasmo ante la victoria de un líder populista en Washington.

La victoria de Trump fue un producto del 11S. No hubiera sido presidente sin la ayuda de medios sensacionalistas inflados tras los ataques como Fox News, con su retórica antiinmigrante e islamófoba y su crítica contra el establishment responsable de llevar al país a “guerras eternas”. Los rivales políticos de Trump podían rechazar sus propuestas aventuradas de un muro fronterizo con México, pero no tenían cómo refutar su argumento de que la política exterior estadounidense había ido de fracaso en fracaso desde 2001.

Trump, sin embargo, abrazó esos principios que había criticado: una dependencia excesiva en la fuerza militar, desinterés por la diplomacia y tendencia al unilateralismo. Los valores de la política exterior estadounidense tras el 11S acabarían marcando su mandato. Bajo su liderazgo, Estados Unidos aumentó el presupuesto de defensa, incrementó las tropas en Afganistán en 2017, continuó su campaña militar contra Dáesh, lanzó ataques con drones, envió tropas a Somalia y Siria, y aumentó la seguridad fronteriza y en las aduanas.

El aspecto donde Trump marcó más distancia respecto a la guerra contra el terror fue en abandonar la defensa del sistema liberal. Sus críticas al multilateralismo, las organizaciones internacionales y los valores liberales rompieron con la seña de identidad de la política exterior estadounidense desde 1945, como también lo hizo su admiración por los “hombres fuertes”, los autócratas de Rusia, China o Arabia Saudí. Más importante fue la ruptura con la ideología del statebuilding (‘construir Estado’) y el cambio de régimen en otros países, al asegurar que Obama no debió haber tratado de levantar una democracia en Libia.

En 2020, Trump lanzó por la borda los esfuerzos estadounidenses por construir una democracia en Afganistán cuando acordó con los talibanes retirar sus tropas antes de junio del 2021, con la condición de que no acogieran grupos terroristas como Al Qaeda. El trato, que no involucraba al Gobierno afgano que había tratado de promover durante años, dejaba claro que Estados Unidos asumía su derrota en Afganistán. Y los talibanes eran conscientes. Cuando Biden, sucesor de Trump, anunció en abril de 2021 la retirada total antes del vigésimo aniversario del 11S, no esperaba que la bandera talibán surcara el cielo de Kabul, o al menos no en tan poco tiempo.

Una generación moldeada por la tragedia

El último capítulo en la era del 11S llegó en 2020, año culmen de todas las tendencias que empezaron aquel día de 2001 y que transformaron Estados Unidos. La pandemia ha expuesto la fragilidad del Gobierno, muchos medios anteponen el sensacionalismo a la verdad sobre el origen del virus, las últimas elecciones presidenciales auguraban una ruptura democrática, y las tensiones raciales y protestas contra el abuso policial han puesto en jaque la paz social. Son escenas propias de una película que ahora se abren paso en una sociedad que consumió durante años la ficción que Trump producía en su cuenta de Twitter.

Los veinte años tras el 11S han visto crecer a una nueva generación golpeada por dos crisis económicas, ahogada por las deudas universitarias y atrapada entre trabajos precarios y viviendas impagables. Muchos jóvenes estadounidenses han alcanzado la mayoría de edad en una sociedad dividida y bajo la amenaza global del cambio climático, y ya no ven a su país como una superpotencia y ni creen que debería serlo. Consideran que la política exterior de su país es incompetente y que ha hecho más daño que bien. Como los rusos que vivieron la disolución de la Unión Soviética, esta generación de estadounidenses trata de encontrar su identidad y propósito en un país diferente al de su infancia. 

Si la elección de Trump reveló las consecuencias internas del 11S, la pandemia trajo la factura. La mala gestión de la pandemia no solo fue cosa del Gobierno, sino de las políticas de austeridad impuestas tras la recesión del 2008 y el gran coste de dos décadas de guerra en Afganistán e Irak. Esto provocó que el aparato federal estadounidense tuviera dificultades para responder a la crisis sanitaria, mientras que la pandemia exponía las debilidades de su sistema económico, incluido el de salud, la falta de redes de seguridad social y las desigualdades.

La pandemia también reabrió heridas que el 11S no había dejado sanar. El debate nacional sobre la violencia policial, por ejemplo, había pasado a un segundo plano mientras el cuerpo era la primera línea de la lucha antiterrorista. El asesinato del afroamericano George Floyd en 2020 bajo la rodilla de un policía reabrió la discusión y provocó manifestaciones por todo el país. Dos décadas de lucha contra el terrorismo habían invisibilizado los abusos contra la comunidad afroamericana, que veía cómo la policía les atizaba con el equipo militar con el que debía protegerles.

Ya para noviembre de 2020 la covid-19 había costado más vidas estadounidenses que la Primera Guerra Mundial y la guerra de Vietnam combinadas. Trump, mientras tanto, se disponía a saltarse las normas electorales, apoyado por grupos paramilitares de extrema derecha. Con el presidente lanzando acusaciones infundadas de fraude y sus seguidores asaltando el Capitolio,  en enero de este año el experimento de la democracia estadounidense parecía llegar a su fin. El edificio que hace dos décadas se salvó gracias a la heroica intervención de los pasajeros de un cuarto avión que Al Qaeda quería estrellar ahora lo atacaban supremacistas blancos y conspiranoicos que buscaban anular los resultados de unas elecciones democráticas. Y, pese a todo, el proceso electoral se completó con éxito. Quizás la arquitectura que Washington había levantado en Afganistán e Irak había quebrado, pero sus instituciones nacionales resistieron.

El comienzo de una nueva era

El 11 de septiembre de 2001 marcó un antes y un después, pero más que cambiar la historia, aceleró un proceso abierto desde la disolución de la Unión Soviética en 1991. En realidad los ataques no desencadenaron ningún gran cambio inmediato que hiciera peligrar el poder estadounidense. El comercio internacional y el resto de la globalización, pese a los cambios en seguridad y aduanas, continuaron su expansión; China siguió exportando manufacturas para convertirse en el nuevo gigante económico, y la Unión Europea y la OTAN no dejaron de ampliarse hacia el este, mientras Rusia miraba con recelo. Sin embargo, aquella mañana de septiembre puso de relieve que la breve era en la que había una sola gran potencia terminaba para dar paso a un mundo donde ningún país tendría el poder hegemónico.

Pese a haber construido el sistema internacional desde 1945, en las últimas dos décadas Estados Unidos no ha sabido crear un orden político más allá de sus fronteras, como muestra Afganistán. Que los talibanes pudieran tomar el poder pocas semanas tras el anuncio de la retirada estadounidense no solo evidencia el fracaso de la guerra más larga en la historia de Estados Unidos; también ha sacudido la percepción de Washington sobre su rol en el mundo. Más aún, la salida ha mandado la señal a la comunidad internacional de que Biden comparte esa mirada fría y nacionalista de Trump que deterioró la relación con sus aliados. Tras dos décadas tratando de construir un Gobierno democrático en Afganistán, Biden dio la guerra contra el terror por finalizada al reconocer que “las tropas estadounidenses no pueden ni deben luchar o morir en un conflicto que las fuerzas afganas no están dispuestas a luchar por sí mismas”. Las últimas tropas abandonaron Afganistán el pasado 31 de agosto, pero en la conciencia de los estadounidenses la guerra contra el terror hace años que había acabado.

Estados Unidos, además, ha entrado en una nueva competición con China cuando sus propias premisas y su política exterior están en entredicho, y va a tener que aprender que ya no es la única superpotencia. Las batallas más trascendentales de esta rivalidad se librarán puertas adentro. Puede que China fuerce a la sociedad estadounidense en un nuevo propósito generacional, pero, dada la polarización social y política, parece inconcebible que este nuevo pulso pueda unir al país como lo hizo el 11S.

Heredero de un orden internacional que parecía indestructible, ahora el mundo es testigo de una decadencia que nadie previó. Los valores que han guiado la política occidental durante décadas todavía son válidos para una mayoría, pero ya no parecen el camino inevitable. Sin embargo, es prematuro vaticinar la decadencia estadounidense. También Occidente estaba convencido en 1991 de que la democracia, los valores liberales y el libre mercado inevitablemente se extenderían por el mundo, y ni el más informado analista podría haber previsto la crisis del 2008, la elección de Donald Trump o la pandemia. Con un pie en lo que fue y el otro decidiendo dónde pisar, Estados Unidos encara un mundo sobre el que ya no influye como hace veinte años, pero en el que sigue obligado a participar si quiere salvaguardar sus intereses.

Marta Granados

Barcelona, 1999. Estudiante de Relaciones Internacionales y Asuntos Humanitarios en Fordham University (EE. UU.). Interesada en la geopolítica del espacio postsoviético y la política exterior de la Unión Europea. Soy editora en el European Student Think Tank y he trabajado como becaria en la revista Foreign Affairs.

1 comentario

  1. Este artículo es increíble, has sido capaz de condensar 20 años sin perder mucho detalle y llevado de la mano a los millenials a rememorar su vida.

    10/10