Una selección de altos cargos policiales de Estados Unidos visitó a finales de 2015 la academia de la policía escocesa de Kincardine, entre Edimburgo y Glasgow, con el objetivo de compartir experiencias y aprender sobre las técnicas policiales usadas en el Reino Unido. Los estadounidenses se quedaron estupefactos al saber que prácticamente ningún policía escocés lleva un arma de fuego mientras patrulla o que apenas se producen víctimas entre los policías a consecuencia de ello. Allí fueron conscientes del enorme abismo que existía entre la forma de abordar la labor policial en Estados Unidos y la que existe en el resto de países desarrollados.
Pero esto fue solo un ejemplo del hondo problema que existe en la policía estadounidense. La prueba de que algo no funciona como debería son las más de mil personas que mueren cada año a manos de agentes en ese país, así como las decenas de policías que fallecen estando de servicio, 89 solo en 2019, según el FBI. La muerte de cientos de ciudadanos afroestadounidenses cada año por disparos u otras intervenciones policiales no se explica únicamente por el racismo estructural que todavía pervive en Estados Unidos; también se debe a un sistema policial anticuado, disfuncional y lejos de los estándares exigibles en cualquier otro Estado desarrollado y democrático.
Para ampliar: “La segregación racial, una tarea pendiente para Estados Unidos”, Alex Maroño en El Orden Mundial, 2019
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