La segregación racial, una tarea pendiente para Estados Unidos

La segregación racial, una tarea pendiente para Estados Unidos
Marcha por los derechos civiles en Washington el 23 de agosto de 1963. fuente: U.S. National Archives and Records Administration.

La segregación racial entre afroestadounidenses y caucásicos es una realidad en Estados Unidos. Para comprender todos los aspectos que esta abarca hay que remontarse a la guerra civil estadounidense, que sentó las bases de una segregación legal hasta los años 60 del siglo pasado. Solo así se podrá entender las desigualdades actuales a las que se enfrentan los ciudadanos negros por el mero color de su piel.

Probablemente, el nombre de Trayvon Martin no le resulte familiar. Sin embargo, este afroestadounidense de diecisiete años se convirtió, tristemente, en un símbolo nacional en Estados Unidos. La noche del 26 de febrero de 2012, mientras Martin estaba visitando a unos familiares en una comunidad de vecinos de Florida, fue abatido a tiros por George Zimmermann, vigilante del vecindario, quien alegó que el joven tenía un aspecto sospechoso. Su absolución bajo la premisa de “defensa propia” incendió un debate nacional sobre la desigualdad racial y desencadenó el movimiento Black Lives Matter. ¿Habría sido el veredicto el mismo si el asesinado hubiera sido caucásico o el asesino afroestadounidense? Una pregunta incómoda para un país que, tras la ilegalización de la esclavitud como consecuencia del fin de la guerra civil, no ha conseguido acabar con la desigualdad derivada del color de la piel. Para entender los orígenes de esta brecha, es necesario retroceder un siglo y medio atrás, hasta 1865, cuando se aprobó la Decimotercera Enmienda a la Constitución estadounidense. 

Para ampliar: Black Lives Matter: la continua lucha por la igualdad racial”, Lorena Muñoz en El Orden Mundial, 2017

La discriminación, estructural al sueño americano 

Abraham Lincoln, político del Partido Republicano, fue elegido presidente de Estados Unidos en 1860. Pese a obtener grandes apoyos en los estados del norte, su candidatura fracasó en los estados sureños, en parte por sus premisas abolicionistas de la esclavitud. Tras imponerse al resto de candidatos y antes de que tomara posesión de su cargo el 4 de marzo de 1861, siete estados sureños se independizaron de la Unión y proclamaron los Estados Confederados de América. Posteriormente, otros cuatro estados se unieron a la sureña confederación sureña, que se disolvió al finalizar de la guerra civil en 1865. 

Para ampliar: La causa perdida de la Confederación estadounidense, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2016

Tras la batalla fratricida, se aprobó la Decimotercera Enmienda a la Constitución, que abolió la esclavitud en el país y puso fin a una tradición instaurada desde tiempos de los padres fundadores —Benjamin Franklin o George Washington, por ejemplo, poseían esclavos—. Sin embargo, la abolición de la esclavitud no terminó con la discriminación estructural que sufrían los afroestadounidenses, ya que, durante el período de la Reconstrucción tras la guerra, se comenzaron a adoptar las llamadas leyes Jim Crow. Estas medidas defendían una segregación de iure entre los ciudadanos blancos y las diferentes minorías étnicas bajo el sistema conocido como “separados pero iguales”. Pese a promover la discriminación en función del color de la piel, la Corte Suprema de Estados Unidos defendió la legalidad de esta práctica en el caso Plessy contra Ferguson, de 1896, siempre que las alternativas ofrecidas a dichas minorías étnicas fueran iguales a aquellas las de la mayoría blanca. 

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Porcentaje de población esclava en Estados Unidos antes de la guerra y actual porcentaje de pobreza.

Al mismo tiempo que las leyes Jim Crow eran promulgadas, surgió la primera oleada de una fraternidad defensora del supremacismo blanco que sería conocida como Ku Klux Klan. El primer grupo conocido con dicho nombre lo formaría en el estado de Tennessee en 1866 un grupo de antiguos combatientes de la Confederación. Pese a que los actos más famosos de la organización ocurrieron tras el renacimiento de la misma en 1914, el primer KKK protagonizó numerosos atentados violentos como el linchamiento de ocho prisioneros negros en 1871

Para ampliar: “Racismo y fanatismo: el supremacismo blanco en EE.UU.”, Andrea Moreno en El Orden Mundial, 2017

Pese a la discriminación y la violencia, dos acontecimientos históricos marcan un punto de no retorno para los ciudadanos afroestadounidenses: las guerras mundiales. Los militares afroestadounidenses participaron activamente en ambas contiendas, a pesar de que lo hicieran combatieron en unidades segregadas y o destinados al trabajo manual. Las Divisiones 92 y 93, por ejemplo, fueron dos unidades segregadas durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, y el Regimiento de Infantería 369 —conocido como “luchadores del infierno de Harlem”— recibió la Croix de guerre francesa por su participación en batalla. 

La presencia afroestadounidense en ambas contiendas abriría un nuevo camino en la lucha por los derechos civiles. Tras la misma, en 1948, el presidente Harry Truman promulgará la Orden Ejecutiva 9981, que eliminaría la discriminación racial en las Fuerzas Armadas. Varios años después, en 1954, la Corte Suprema estadounidense promulgaría una nueva sentencia que supondría el principio del fin de la discriminación racial: Brown contra la Junta Nacional de Educación. La sentencia terminó con la segregación en los colegios, tachándola de inconstitucional, incluso aunque los colegios segregados ofrecieran las mismas oportunidades. Esta decisión supuso el resquebrajamiento de la doctrina “separados pero iguales” y abrió la puerta a las protestas contra la segregación. 

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Elliot Erwitt mostró el sistema de “separados pero iguales” en esta famosa fotografía. Una fuente es para ciudadanos “blancos” y otra para aquellos “de color”. Fuente: National Science and Media Museum.

La historia estadounidense siempre se ha caracterizado por encumbrar a personas comunes a la categoría de iconos nacionales y por entender un movimiento civil a través de una única figura individual. Este es el caso de Sylvia Rivera, activista trans que participó en la marcha de Stonewall, con la que comenzó la lucha moderna por los derechos LGTBI; o Emma González, defensora del control de armas que estuvo presente en el tiroteo de la escuela de Parkland en 2018. El movimiento por los derechos afroestadounidenses también tiene a su particular heroína: Rosa Parks. Parks se convirtió en un referente en el año 1955 al negarse a ceder su sitio a un ciudadano blanco en la parte reservada para negros en un autobús. “No creo que deba levantarme”, proclamó la mujer, quien fue arrestada por su resistencia. Pese a no ser la primera en mostrar su oposición a la segregación en los autobuses, el acto de rebeldía de Rosa Parks fue utilizado para emprender un boicot a los autobuses de Montgomery (Alabama) —lugar donde había ocurrido el incidente— por parte de los afroestadounidenses. Un año después de los disturbios raciales, la segregación en los autobuses de Alabama fue prohibida por las autoridades.

Junto con Rosa Parks, otra figura fue imprescindible en la lucha por la igualdad racial: Martin Luther King. El georgiano —cuyo famoso discurso “Tengo un sueño” se convirtió en su seña de identidad— fue imprescindible para la adopción del Acta de los Derechos Civiles de 1964, que puso fin a las leyes Jim Crow y terminó con la segregación legal de una vez por todas. 

Para ampliar: “The Civil Rights Movement in America”, en BBC

Infografía de la lucha por la igualdad racial en Estados Unidos. 

Los obstáculos a la igualdad: ilegal pero real

El fin de la discriminación por motivos étnicos pareció iniciar una nueva etapa en la historia de Estados Unidos, un proceso por la emancipación de las minorías que marcaría un hito en el año 2009, con la elección de Barack Obama como primer presidente afroestadounidense de la historia. Pese a los avances legales alcanzados, el país dista mucho de haber eliminado por completo la brecha racial y la desigualdad que sufren las minorías respecto a la mayoría blanca es todavía profunda.

El terreno penal es el ejemplo más claro de esta segregación encubierta. Según NAACP —la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, por sus siglas en inglés—, los afroestadounidenses son encarcelados hasta cinco veces más que sus coetáneos caucásicos. Además, como escribe la socióloga Alice Goffman en su libro On the Run, “los ciudadanos negros constituyen el 13% de la población estadounidense, pero suponen el 35% de la población encarcelada”. Este fenómeno por el cual un segmento determinado de la población representa una cifra desproporcionada de ciudadanos presos ha sido denominado “encarcelamiento en masa” por el sociólogo David Garland. 

Las causas del sistemático encarcelamiento de la población afroestadounidense son variadas, pero, indudablemente, la llamada “guerra contra las drogas” —la ofensiva estatal contra la drogadicción iniciada en los años setenta por el presidente Nixon— ha contribuido a esta disparidad. Como demuestra el Hamilton Project, pese a que el porcentaje de ciudadanos afroestadounidenses que consumen algún tipo de droga es similar al de los caucásicos, estos tienen 2,7% veces más probabilidades de sufrir un arresto por delitos relacionados con este tipo de sustancias. Una vez arrestados, la probabilidad de ser enjuiciados es mayor, lo que termina conduciendo a una espiral de autodestrucción y marginalidad de la que es muy difícil escapar. 

Para ampliar: “La «guerra contra las drogas» en Estados Unidos”, Álex Maroño en El Orden Mundial, 2018

Muy relacionado con el encarcelamiento en masa se encuentra otro de los mayores obstáculos a la igualdad: la violencia policial. Tal y como denuncia el movimiento Black Lives Matter, las fuerzas de seguridad nacionales matan afroestadounidenses de forma desproporcionada. De acuerdo con Mapping Police Violence, 1.147 negros fueron asesinados por la policía en 2017, un número que supone el 25% del total pese a que, como se dijo antes, los afroestadounidenses solo constituyen el 13% de la población nacional. Sin embargo, la violencia racista va acompañada de una impunidad casi total, ya que, en 2015, el 99% de los asesinatos a manos de policías terminaron con la absolución del oficial culpable. De esta manera, el sentimiento de desprotección de los afroestadounidenses ante el racismo institucional es total, y el caso de Trayvon Martin solo supone un eslabón más en una perpetua cadena de homicidios racistas, amparados por una regulación que otorga excesiva protección a las fuerzas de seguridad. 

Los afroamericanos tienen tres veces más probabilidades de ser asesinados a manos de la policía que sus compatriotas caucásicos. Fuente: Mapping Police Violence

La brutalidad policial y la encarcelación en masa son los dos ejemplos más claros de una discriminación basada en el color de la piel, pero esta sigue marcando las relaciones interétnicas en numerosas áreas de la vida diaria. Así pues, la segregación de las principales ciudades estadounidenses, pese a la ley de Vivienda Justa de 1968, genera el desarrollo de guetos, donde la situación de pobreza es endogámica. La situación de la población negra del barrio de la Sexta Calle de Filadelfia es paradigmática: una amalgama de segregación, violencia policial y pobreza impide a sus habitantes una vida digna, y los apresa como si de una cárcel al aire libre se tratase. 

Estas divisiones pueden acabar por construir comunidades en torno a líneas étnicas con el objetivo de fomentar la homogeneidad. En muchos casos, estos principios racistas tienen de base un componente económico —los ciudadanos asiáticos y caucásicos tienen, de media, más ingresos familiares que los hispanos y los afroestadounidenses—, lo que perpetúa, además de la segregación, las desigualdades étnicas. El caso de la ciudad de Baton Rouge, en Luisiana, donde una parte de la población blanca con mayor poder económico quiere separarse de las zonas más empobrecidas, de mayoría negra, es un claro ejemplo de esta “neosegregación”

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Segregación de la ciudad de Chicago, una de las más divididas del país junto con Detroit. En azul, población afroestadounidense, amarillo para hispanos, rojo para caucásicos, naranja para nativos americanos y verde para asiáticos o isleños del Pacífico. Fuente: The Washington Post

Asimismo, existen muchas otras áreas donde la brecha racial es todavía tangible. La situación sanitaria de los afroestadounidenses es peor que la de sus compatriotas caucásicos —el 11% de los primeros no tiene seguro médico, frente al 7% de los segundos—; en cuanto a educación, la diferencia en el rendimiento es todavía visible —especialmente en estados como Minnesota— y respecto al desempleo, los afroestadounidenses tienen una tasa de paro nacional del 6,3% —la más alta del país—, en comparación con el 3,2% de los caucásicos. La brecha racial, por lo tanto, no puede ser analizada de manera unidimensional, sino como la combinación de una serie de factores que, en conjunto, reducen la calidad de vida de los afroestadounidenses y les impide un desarrollo igualitario en comparación con sus compatriotas.

Para ampliar: “The New Secession”, Adam Harris en The Atlantic, 2019

Políticas contra la segregación: ¿una quimera?

2020 es un año electoral, donde millones de estadounidenses se darán cita con las urnas para elegir —o reelegir— a su presidente. Los contendientes del Partido Demócrata, conscientes de la importancia que tiene movilizar el voto afroestadounidense, han anunciado diferentes propuestas para acabar con la brecha racial. Una de las medidas más populares es la adopción de “reparaciones”: compensaciones económicas dirigidas a ciudadanos con antepasados esclavos que sufren las consecuencias derivadas de una discriminación histórica. 

Para ampliar: “La brecha de la riqueza racial” en Netflix & Vox, 2018 

La senadora Kamala Harris, por ejemplo, ha defendido su apoyo a las reparaciones, aunque recientemente se ha desmarcado del proceso. Por su parte, Julián Castro ha defendido que es necesario un debate sobre estas propuestas, alegando que “si bajo nuestra Constitución compensamos a gente porque tomamos su propiedad, por qué no se compensaría a las personas que eran propiedad”. Sin embargo, el texano no ha compartido ninguna iniciativa concreta al respecto. Cory Booker, el afroestadounidense con mayores posibilidades en la carrera por la nominación demócrata, introdujo recientemente un proyecto de ley en el Senado que estudiaría la posibilidad de ofrecer reparaciones a afroestadounidenses, un claro posicionamiento a favor de dicha medida. 

Sin embargo, no todo el mundo considera esta iniciativa como una solución eficaz contra la brecha racial. Bernie Sanders, por ejemplo, es una de las figuras demócratas que han mostrado mayor oposición a las reparaciones. El veterano senador considera que hay mejores formas de solventar las desigualdades que “simplemente rellenando un cheque”. Su posición se ajusta a la opinión generalizada de la población, abiertamente hostil a las reparaciones —un 68% se opone a ellas—, aunque su negativa a las mismas le puede costar el voto afroestadounidense, como ya le ocurrió en su candidatura a las presidenciales de 2016: en contra de la opinión general, el 75% de los afroestadounidenses están a favor de las reparaciones.

La importancia de las reparaciones en el discurso político demócrata de cara a las elecciones de 2020 es incuestionable. Sin embargo, existen otras propuestas enfocadas a terminar con la desigualdad racial. La senadora Elizabeth Warren, por ejemplo, ha defendido activamente la cancelación de las deudas estudiantiles y se ha comprometido a asegurar la gratuidad de la universidad pública. Esta medida ayudaría enormemente a los estudiantes afroestadounidenses que, de media, se endeudan más que sus compatriotas caucásicos. Otra propuesta es la introducción de “cheques bebé”, que darían a recién nacidos de hogares de renta modesta una red de apoyo económico que les ayudaría a situarse al nivel de sus compatriotas más acaudalados. Algunos expertos han demostrado que los “cheques bebé” ayudarían enormemente a reducir la brecha racial, lo que puede constituir una alternativa interesante a las reparaciones. 

Para ampliar: “En busca de un candidato demócrata que derrote a Trump”, Álex Maroño en El Orden Mundial, 2019.

Como se puede observar, la brecha racial entre afroestadounidenses y caucásicos es una realidad de múltiples caras que, poco a poco, ha ganado relevancia en el debate político nacional hasta colarse en la primera línea de la carrera presidencial demócrata. El racismo institucional, la desigualdad sanitaria y educativa o la violencia policial son, tristemente, un lastre al que cualquier niño afroestadounidense tendrá que enfrentarse a lo largo de su vida. Para que el sueño al que hacía referencia Martin Luther King se haga realidad no bastan discursos vacíos que perpetúen una segregación estructural, sino que son necesarias políticas orientadas a fomentar la igualdad real. “Las vidas negras importan” (Black Lives Matter) pero, tristemente, todavía no valen lo suficiente como las vidas blancas. Solo mediante la igualdad racial puede un sistema político ser considerado verdaderamente democrático y lo cierto es que aún queda un largo camino por recorrer para conseguirlo.

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