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El asesinato de seis mujeres de origen asiático el pasado 16 de marzo en un tiroteo cerca de Atlanta, en el estado de Georgia, no fue un suceso aislado. Pese a que el homicida, un joven blanco de veintiún años, alegó sufrir una “adicción sexual”, esta matanza no se puede separar de un problema agravado por la pandemia: el racismo hacia la población asiaticoestadounidense. En los últimos meses, una mujer fue golpeada en Nueva York al grito de “no eres de aquí”, y un hombre fue atacado en San Francisco por su supuesta vinculación con la pandemia. Según un estudio de la Universidad Estatal de California San Bernardino, los delitos de odio contra este colectivo aumentaron en 2020 cerca de un 150% en las dieciséis ciudades más pobladas del país, aunque los delitos de odio totales se redujeran en un 7%. La retórica del expresidente Trump, quien tildó al coronavirus de “virus chino”, contribuyó a exacerbar la violencia, pero la discriminación precede a la crisis actual.
El mito de la minoría modelo
Las personas de origen asiático, que supone cerca del 6% de la población de Estados Unidos, no forman una comunidad cohesionada. Según una encuesta del Pew Research Center de 2012, el 62% se identifica con el país de origen de su familia — chinoestadounidense, filipinoestadounidense…— antes que con la etiqueta “asiaticoestadounidense”, solo utilizada por el 19%. Pese a que la identificación por país desciende hasta el 43% entre los nacidos en Estados Unidos, este porcentaje sigue superando al 22% de los que se identifican como asiaticoestadounidenses o al 28% que lo hacen como estadounidenses a secas. Esta falta de identidad común se debe, en parte, a que la mayoría son inmigrantes: en 2017, el 59% había nacido fuera de Estados Unidos, un porcentaje que ascendía al 73% en la población adulta.
El término “asiaticoestadounidense”, de hecho, es reciente: su origen se remonta a la Alianza Política Asiaticoestadounidense, una organización formada en la Universidad de Berk...
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