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La era del hombre fuerte en la política

La era del hombre fuerte en la política
Rohaní, Putin y Erdoğan. Fuente: Kremlin

Donald Trump o Matteo Salvini constituyen dos ejemplos de una tendencia política creciente en Occidente, pero imprescindible para comprender la Historia de otras regiones del mundo: los llamados hombres fuertes. Estas figuras, que gobiernan ejerciendo un nacionalpopulismo exacerbado y excluyente, amenazan con arraigar el autoritarismo en las democracias, a pesar de que una resistencia interseccional intenta llevar al traste sus aspiraciones contrarias a la diversidad.

La victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de 2016 cayó como un jarro de agua fría en el mundo. ¿Cómo era posible que el magnate, un personaje visto como agresivo y zafio, hubiera conseguido el apoyo de casi 63 millones de personas, más que la población de Italia o Colombia? Muchos análisis achacan el éxito a la animadversión que producía su rival, Hillary Clinton, tanto por su apellido como por su sexo; a las llamadas “políticas identitarias” que caracterizaron la campaña de ambos presidenciables, o al renovado peso del nacionalismo en la política del país. Sin embargo, suele obviarse la influencia de una tendencia política de creciente importancia en Occidente, pero imprescindible para comprender la Historia reciente de otras regiones del mundo: la política del hombre fuerte.

Gobierno, el club de los machos

“En toda región del mundo, el cambio de era ha impulsado la demanda pública de un liderazgo más firme y enérgico. Estos populistas de discurso duro prometen protegernos a nosotros de ellos. Dependiendo de quién hable, ellos puede significar la élite corrupta o los avariciosos pobres”

“The ‘Strongmen Era’ Is Here. Here’s What It Means for You”, Ian Bremmer

De esta manera puede explicarse el auge y la normalización en la política mundial de los hombres fuertes, un concepto que aúna el populismo nacionalista con una visión autoritaria del ejercicio de poder público. Esta concepción de la realpolitik basada en un entendimiento del mundo como un lugar de competición y supervivencia defiende una percepción dicotómica de la realidad en la que existe un claro enemigo común que pone en peligro el orden establecido. Un “ellos contra nosotros”, como defendía Samuel Huntington en El choque de civilizaciones. Dicha definición puede traernos a la cabeza ejemplos de líderes históricos que, tratando de erigirse como padres de la patria, socavaron el Estado de derecho y fomentaron la división social. Adolf Hitler podría ser el mandatario que encaja de forma más clara con dicha concepción y, a pesar de que sus credenciales totalitarias distan del autoritarismo inherente a cualquier hombre fuerte, figuras como Rodrigo Duterte han expresado sus simpatías con el austríaco.

Para ampliar: “Rodrigo Duterte: la violencia como medio”, Fernando Rey en El Orden Mundial, 2017

El choque de civilizaciones huntingtoniano.

Los prototipos de hombres fuertes han marcado la política de regiones del mundo como Latinoamérica, Asia o Europa del Este durante décadas. Hombres como Fidel Castro, Vladímir Putin o Recep Tayyip Erdoğan han escrito la Historia de sus respectivos países mediante la eliminación progresiva de contrincantes y la erosión del Estado de derecho. No obstante, dichos modelos parecían ajenos a la política noratlántica, cuyo sistema democrático, basado en los controles y equilibrios propios de la separación de poderes, parecía impedir la llegada al poder de estos machos autoritarios. Las citas políticas de este último lustro han desmentido esa apariencia y han llegado a normalizar este tipo de personalidad en la política occidental.

Silvio Berlusconi es, casi con toda probabilidad, el primer gran ejemplo de hombre fuerte en Occidente en tiempos recientes. Il Cavaliere se convirtió en el primer ministro del país en 1994 tras un repentino hundimiento de la élite política italiana como resultado de Manos Limpias —Mani Pulite—, un macroproceso judicial contra la corrupción. Su defensa a ultranza del libre mercado y el capitalismo lo postuló como la única alternativa al supuesto marxismo de la coalición de centroizquierda —su líder, Achille Occhetto, fue el último dirigente del Partido Comunista Italiano—. Con una retórica encendida contra el progresismo —“Si la izquierda gobierna, el resultado será miseria, terror y muerte”— y un desdén hacia la separación de poderes que lo llevó a criticar a los jueces que amenazaban con imputarlo por corrupción, Berlusconi gobernó la república italiana durante nueve intermitentes años.

Su concepción personalista de la política, su carácter carismático y locuaz —es un magnate de las telecomunicaciones—, así como su nacionalismo desacomplejado, han contribuido a asentar las bases del hombre fuerte en Europa. La xenofobia característica del nacionalpopulismo actual también fue enarbolada por el italiano, quien, valiéndose de Huntington, defendió la supremacía de la civilización occidental sobre la musulmana, lo que le valió severas críticas de sus homólogos europeos, incluidos sus socios de la centroderecha comunitaria. Sus múltiples comentarios machistas y sus escándalos sexuales con menores han terminado por dinamitar las renovadas aspiraciones políticas del empresario, pero han ayudado a forjar una imagen de macho político occidental a su imagen y semejanza.

Para ampliar: “La divina tragicomedia italiana”, Diego Mourelle en El Orden Mundial, 2018

La fuerza manda

En la actualidad, Italia se encuentra gobernada en la sombra por un hombre cuyo parecido con Il Cavaliere es más que notable: Matteo Salvini. Pese a su diferencia en tamaño —Salvini mide 1,85; Berlusconi, 1,65 cm— y su divergente posición europea —el presidente del Parlamento Europeo es del partido de Berlusconi, mientras que Salvini se alinea con el euroescepticismo de Marine Le Pen—, su aproximación a la política y a los asuntos internacionales es similar. Su rechazo a la inmigración y al islam es, sin embargo, más incendiario que el de su predecesor y no duda en predicarlo por sus redes sociales, el mejor altavoz de la propaganda. A través de sus perfiles en Twitter, Instagram o Facebook, donde cuenta con más seguidores que el anterior presidente, Matteo Renzi, o su socio de coalición, Luigi Di Maio, el ministro del Interior intercala mensajes políticos con otros más personales para así mejorar su imagen y ofrecer un perfil más humano a sus potenciales votantes.

El uso masivo de las redes sociales es una característica común de los hombres fuertes actuales, ya que sirven para compartir su proyecto sin intermediarios comunicativos. Donald Trump es el exponente más claro de esta estrategia de propaganda electoralista. Con mensajes de 280 caracteres, el mandatario ha escrito textos en forma de tweets que pasarán a la Historia del país, como su icónico “Yo también tengo un botón nuclear, pero es mucho más grade y poderoso que el suyo” —en referencia al líder norcoreano Kim Jong-un—. Su necesidad de competir y atacar, rasgos tan propios de una masculinidad vetusta y en claro retroceso, reforzada por una imagen de tiburón de los negocios, trata de dar voz a una población atemorizada por los cambios mundiales derivados de la globalización —los “perdedores de la globalización”—. Valiéndose de un lenguaje que rechaza lo políticamente correcto, Trump ofrece un mensaje simplista con el que trata de convencer al “ciudadano común” de que su solución es la única posible, lo que una vez más muestra la concepción binaria de la realidad que poseen los hombres fuertes, en la que solo ellos poseen la solución correcta.

La mayor parte de los estadounidenses considera que Trump tuitea sin moderación. Fuente: Statista

El lenguaje incendiario de Salvini y Trump es compartido por el nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. Su visión reduccionista del país americano, contraria a la diversidad y a la protección de minorías como los indígenas o la comunidad LGTB, es un claro ejemplo de la vuelta del hombre fuerte a Brasil. De nuevo gracias a una campaña en clave nacionalpopulista contra el establishment político de Brasilia —un Gobierno corrupto contra el ciudadano medio y honrado—, el político ha sabido captar el descontento popular patrio para tratar de convertirse en un “salvador de la patria”, como algunos seguidores lo definen. El apoyo incondicional de Trump, presente en la ceremonia inaugural a través de su secretario de Estado, es un signo evidente de la buena relación que existe entre ambos hombres fuertes tras un período de contactos tensos entre los dos países a raíz de las acusaciones de espionaje por parte del Brasil. Su cooperación puede tener consecuencias funestas a escala mundial, dado que ambos líderes, abiertamente negacionistas del cambio climático, podrían comprometer los acuerdos multilaterales respecto al medio ambiente y echar por tierra los últimos avances internacionales. La salida de Estados Unidos del Pacto de París o el rechazo de Brasil de acoger la siguiente cumbre sobre cambio climático —la COP25— son claros ejemplos de su sintonía y muestran el repliegue nacionalista de las dos potencias americanas.

Para ampliar: “Jair Bolsonaro-Donald Trump: nuevo eje en el continente americano”, Daniel Lozano en El Mundo, 2018

La sintonía entre potencias dirigidas por hombres fuertes se extiende por todo del planeta. Además del Gobierno estadounidense, en la investidura de Bolsonaro estuvo presente el primer ministro israelí, el conservador Benjamin Netanyahu. Con un mensaje nacionalista en clave étnica —ha aprobado recientemente una ley de ciudadanía que excluye a los no judíos—, Netanyahu gobierna el país proximoriental con un programa supremacista que trata de convertir a los árabes en ciudadanos de segunda categoría, lo que le ha valido fuertes críticas. Su obsesión por convertir Jerusalén en la capital de iure de Israel lo ha llevado a acercarse a hombres fuertes de ideario antisemita, como el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, cuyo país se abstuvo en la votación de Naciones Unidas que sancionaba el traslado de la embajada estadounidense a la ciudad santa. Las recientes declaraciones del nuevo presidente de Brasil sobre el futuro traslado de su embajada a Jerusalén refuerzan el desprecio de la machopolítica por los acuerdos internacionales y debilitan el multilateralismo en pos de un nacionalismo excluyente.

Los votantes de partidos conservadores prefieren que su país se centre en los problemas nacionales más que en el escenario mundial. Fuente: Pew Research Center

En definitiva, el auge y la consolidación en el panorama político mundial de los hombres fuertes, representado por Erdoğan —casi 12 años como primer ministro y cuatro como presidente de Turquía— o Putin —quien desde 2000 alterna los cargos de presidente y primer ministro para burlar los límites del mandato—, ha terminado por permear en las democracias occidentales. Las posiciones políticas que los caracterizan —nacionalismo identitario, rechazo del multilateralismo y la diversidad y, en algunos casos, misoginia— no solo han supuesto el apogeo de machos como Salvini en Occidente, sino también la adopción de parte del discurso por partidos más moderados. Con el objetivo de frenar la sangría de votos a opciones políticas no tradicionales, figuras como Pablo Casado o Sebastian Kurz —líderes de los partidos populares español y austríaco, respectivamente— han basado gran parte de su campaña en la instrumentalización de los migrantes para transformarlos en el otro y segurizar así la migración para obtener el apoyo de la población. Citas como “Aquí no hay ablación de clítoris, aquí no se matan los carneros en casa”, pronunciada por Casado para apuntar la necesidad de “defender las costumbres occidentales” contra los migrantes, o la negativa de Kurz a adoptar el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular de la ONU muestran la influencia que la política del hombre fuerte tiene en los grupos políticos mayoritarios.

¿Una política a salvo de hombres fuertes?

A pesar de que este fenómeno amenaza con normalizar patrones autoritarios en democracias consolidadas, existen alternativas a esta masculinidad tóxica. Tras la elección de Trump en 2016 y su toma de posesión a comienzos de 2017, se estableció una marcha feminista multitudinaria en Washington contra sus proclamas misóginas llamada Marcha de las Mujeres. Esta marcha, una de las más multitudinarias en la Historia del país, repetida en 2018 y convocada para 2019, se enmarca dentro de la llamada “cuarta ola del feminismo”, que enfatiza el uso de las redes sociales para conseguir una verdadera igualdad y acabar con la violencia machista en todas sus manifestaciones. Un claro antecedente histórico es el multitudinario #BlackLivesMatter, iniciado en 2013 como un movimiento transversal contra el racismo institucional y la violencia policial contra afroestadounidenses. Su organización horizontal a través de las redes sociales también sentó las bases logísticas del #Metoo, con el que comparte su objetivo último: terminar con la desigualdad en Estados Unidos.

Para ampliar: “El año de las mujeres estadounidenses”, Andrea Moreno en El Orden Mundial, 2018

Las redes sociales han ayudado a una movilización sin precedentes bajo el paraguas de la rebelión del #MeToo —‘yo también’—, un movimiento de resonancia mundial que busca fomentar la sororidad y denunciar el acoso sexual a las mujeres. Con un discurso interseccional, que interpela a diferentes grupos no privilegiados, como minorías étnicas o la comunidad LGTB, este tipo movimientos se encaran directamente a la política de hombres fuertes y buscan fomentar el cambio mediante una concepción inclusiva del poder público que tome los derechos humanos y la igualdad como piedra angular. A pesar de su origen estadounidense, dichas movilizaciones han tenido alcance en países tan remotamente conectados como España, India o Japón y han supuesto una base para que otros colectivos denunciasen los abusos y la violencia, como #MeQueer en el caso de las personas LGTB.

Los detractores de estos movimientos los enmarcan dentro de las “políticas identitarias” que, según ellos, buscan fraccionar el voto en términos de identidad personal y obvian la atención a las necesidades de la población general. En esta línea, algunos ciudadanos achacan la falta de inclusión de la identidad cisheteromasculina —varones heterosexuales que se identifican con el género masculino— en esta revolución social, que supuestamente les impide formar parte del cambio histórico. Según ellos, una política alternativa a la propugnada por los hombres fuertes no puede convertirse en una lucha de identidades, porque la ciudadanía en su conjunto acabaría perdiendo. Sin embargo, sin una política anclada en el feminismo interseccional que sea capaz de dar voz a grupos tradicionalmente silenciados, este tipo de política puede terminar por consolidarse en Occidente, como empieza a suceder en otras regiones del planeta.

Para ampliar: “El retorno del hombre fuerte a Asia”, Andrea Rodríguez en El Orden Mundial, 2018

En el ámbito político, esta protesta se ha traducido en una oposición frontal a las tendencias autoritarias y nacionalpopulistas. Ejemplo de ello han sido las últimas elecciones estadounidenses de mitad de mandato o midterms, que han aumentado la diversidad en la política estadounidense. Ilhan Omar, primera mujer que usará hiyab en la Cámara de Representantes; Deb Haaland y Sharice Davids, primeras nativas americanas —la segunda, lesbiana—; Alexandria Ocasio-Cortez, latina y la congresista más joven; Jared Polis, primer gobernador abiertamente gay; Kate Brown, la primera gobernadora públicamente bisexual, o la reelegida Tammy Baldwin, única senadora lesbiana, son algunos de los nombres que auguran una alianza interseccional contra las políticas de Trump por parte del electorado progresista —todos los anteriores forman parte del Partido Demócrata—.

El número de mujeres del actual Congreso ha aumentado de una forma que no ocurría desde los años 90, especialmente entre los representantes demócratas. Fuente: Pew Research Center

Además de los movimientos interseccionales, recientemente ha surgido una figura política en clara contraposición con el hombre fuerte que, de tener un nombre, podría llamarse el hombre tolerante. Líderes como Emmanuel Macron o Justin Trudeau encarnan la antítesis del macho: jóvenes, abiertos de mente, moderadamente progresistas en lo social, respetuosos y puramente liberales. A pesar de que muchos mandatarios, como el socialista español Pedro Sánchez, traten de encarnar este ideal para así frenar el avance del nacionalpopulismo, la supuesta alternativa tolerante solamente deslegitima un conservadurismo fuerte sin ofrecer un cambio de paradigma. Para conseguir que la política deje de ser un partido entre hombres reaccionarios y hombres progresistas es necesario un cambio político al completo que reconozca la transversalidad como pilar imprescindible de una democracia liberal plena.

A pesar de que hombres como Trump, Orbán, Salvini, Netanyahu o Erdoğan traten de defender unos valores anclados en un nacionalpopulismo caduco y excluyente, a lo largo del mundo se están organizando resistencias cívicas de carácter interseccional para contrarrestar el poder de estos hombres fuertes. Con otra concepción de la fuerza basada en la unidad y el respeto, tratan de mantener el otrora vilipendiado nacionalismo en los libros de Historia y fuera de la política actual. Se trata de mujeres y hombres —entre otros— fuertes que se oponen al enraizamiento del autoritarismo en sus sistemas democráticos.

Para ampliar:Intersectionality: The Double Bind of Race and Gender”. Entrevista con la popular teórica estadounidense Kimberle Crenshaw.

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