Política y Sociedad Oriente Próximo y Magreb

Netanyahu, el nuevo rey David

Netanyahu, el nuevo rey David
Benjamin Netanyahu en la ceremonia de apertura del año escolar. Fuente: Primer ministro de Israel

Benjamín Netanyahu va camino de cumplir diez años seguidos como primer ministro de Israel. Su liderazgo parece más reforzado en estos últimos años gracias a la buena sintonía con la Administración Trump y el apoyo de los sectores más conservadores de Israel; solo los recientes casos de corrupción parecen hacer sombra a su gestión interna.

Ser primer ministro de Israel no es una tarea fácil. A la delicada situación regional del país y el persistente conflicto con Palestina se les une un contexto interno marcado por la división política y la polarización social, que hacen muy complicada la perdurabilidad de un Gobierno. Desde 1948, el Estado israelí ha conocido 18 Ejecutivos y 13 primeros ministros, pero solamente dos líderes han conseguido mantenerse en el poder más de ocho años: David Ben Gurión, primer dirigente del Gobierno israelí y considerado el padre de la patria, y Benjamín Netanyahu, quien ha llegado a dirigir el país durante más tiempo seguido.

Netanyahu se ha convertido en una de las figuras más relevantes de Oriente Próximo bajo la fama de astuto dirigente y todo un superviviente de la intrincada política nacional. En 2019 cumplirá 13 años ejerciendo como primer ministro —lo fue entre 1996 y 1999 como el más joven de la Historia de Israel y desde 2009 hasta la actualidad—, un hito solo alcanzado antes por Ben Gurión durante sus dos mandatos no consecutivos. No parece existir nadie capaz de hacerle sombra en Israel. Su liderazgo se ve reforzado por las expectativas económicas favorables y un contexto internacional propicio. Su acción exterior cuenta con el respaldo directo de Donald Trump y otros dirigentes del mundo. Además, está consiguiendo aproximarse a algunas capitales árabes y acabar con décadas de aislamiento regional.

Para ampliar: “Israel y Arabia Saudí, una alianza por asumir en Oriente Próximo”, Jacobo Llovo en El Orden Mundial, 2018

El primer ministro israelí ha adquirido una destacada capacidad para llevar a cabo su particular programa político entre difíciles equilibrios internos y los vertiginosos cambios en el orden mundial. El mayor de sus logros está siendo asociar la estabilidad interna y la solidez del Estado israelí en el escenario internacional con su propio destino político. Convertido en referente de sectores conservadores y liberales, que lo toman ya como un símbolo de unidad, encara las elecciones legislativas del próximo año con cierto optimismo y sin ningún obstáculo aparente que le impida seguir en el poder.

De Bibi al todopoderoso Benjamín

“Estamos dispuestos a tomar decisiones y compromisos difíciles para vivir en paz con nuestros vecinos, pero tenemos derecho a nuestro propio país, a donde los judíos de todo el mundo puedan venir”

Benjamín Netanyahu, enero de 2014

Netanyahu nació en 1949 en Tel Aviv en el seno de una familia acomodada. Parte de su juventud la pasó en Estados Unidos, ya que su padre fue profesor universitario en Filadelfia. A finales de los sesenta, vuelve a Israel para el servicio militar obligatorio y forma parte de la Unidad de Reconocimiento General del Estado Mayor —más conocida como Sayeret Matkal—, unidad de élite encargada de operaciones de inteligencia, rescates y contraterrorismo. De vuelta a Estados Unidos, estudió Arquitectura en el Instituto de Tecnología de Massachusetts y trabajó como consultor económico hasta 1976, cuando un hecho cambiaría su relación con Israel para siempre: su hermano pequeño murió en una operación de rescate de pasajeros judíos en el aeropuerto internacional de Uganda. A partir de ese momento, Bibi —como se lo conoce familiarmente— decide trasladarse a Israel, donde empezará pronto su carrera política.

Durante la década de los ochenta ocupa diferentes puestos en la diplomacia y llega a ser el embajador de Israel en Naciones Unidas. A inicios de los noventa, se hace con las riendas del Likud —‘Consolidación’—, el principal partido conservador de Israel, fundado en los setenta por el ex primer ministro Menájem Beguín para consolidar un frente de derechas frente a la hegemonía laborista. El Likud ha ido alternándose en el poder con sus contrincantes de centroizquierda, siempre apostando por coaliciones con formaciones liberales, sionistas y ultraconservadoras. Su ideología base es claramente conservadora, nacionalista y económicamente liberal; sin embargo, ha ido moldeando sus principios dependiendo de los socios de Gobierno en cada legislatura.

Primeros ministros de Israel desde sus orígenes como Estado. Fuente: Wikimedia

Su primer mandato, entre 1996 y 1999, estuvo salpicado por diversos casos de corrupción, que debilitaron sus posibilidades de reelección. Pero Netanyahu demostró su capacidad de resiliencia política, convertida casi en una marca personal. En ese primer Gobierno ya se evidenciaron líneas claras de su programa: liberalización económica y mano dura con la causa palestina. Perdió las elecciones frente al laborista Ehud Barak, lo que fue interpretado por muchos como el fin prematuro de la carrera de Bibi. Sin embargo, volvió a primera línea bajo el Gobierno de Ariel Sharon, a principios de los 2000, en las carteras de Asuntos Exteriores y Finanzas, que le proporcionó la reputación de ser el responsable de la recuperación económica.

Netanyahu vuelve a salir elegido primer ministro en 2009. A partir de entonces, ha ido perfilando su figura como hombre de Estado y ganándose el respaldo de gran parte de la sociedad con la evolución favorable de la economía, la imagen de fortaleza ante las amenazas exteriores y el problema palestino y su dominio de la heterogénea política israelí, ya que logra dar la sensación de ser el único capaz de garantizar unidad y firmeza. No obstante, su agenda política ha estado condicionada por las pretensiones de los diversos socios del Gobierno. En estos diez años ha tenido que hacer complicados equilibrios para no perder el puesto. Su tendencia ha sido la de buscar coaliciones con diversos partidos, desde ortodoxos como Hogar Judío o Shas —Asociación Internacional de Sefardíes Observantes de la Torá— hasta nacionalistas seculares como Kulanu —‘Todos Nosotros’— o Israel Beitenu —Israel Nuestra Casa—, convertidos en la llave de la estabilidad en el Knesset, la asamblea nacional de Israel.

Después de pasar por tres elecciones generales, los distintos Gobiernos de Netanyahu se han caracterizado por una misma línea de actuación. Por un lado, medidas de modernización económica, que han llevado al país a convertirse en una de las principales potencias tecnológicas mundiales. Por otro lado, políticas de claro tinte nacionalista, que responden a las exigencias de los sectores más conservadores, como la reciente ley que define al Estado como la nación del pueblo judío y al hebreo como única lengua oficial. Esta polarización del debate político choca con la imagen moderna y tolerante que desde las alas más moderadas del Ejecutivo se ha buscado. El peso que han adquirido con Netanyahu las fuerzas sionistas y ultraconservadoras está debilitando las posiciones de aquellos que apuestan por un programa menos religioso y étnico.

Para ampliar: “El nuevo Israel: viraje al conservadurismo y nueva diplomacia”, Esther Miranda y Daniel Roselló en El Orden Mundial, 2017

La política exterior de Netanyahu

“El propósito del Estado judío es asegurar el futuro judío. Es por eso por lo que Israel siempre debe tener la capacidad de defenderse, por sí mismo, contra cualquier amenaza”  

Benjamín Netanyahu, marzo de 2012

La cuestión de Palestina está en el centro de la política nacional y exterior israelí. Es el elemento más determinante a la hora de definir las posibilidades de un Gobierno o un primer ministro. Netanyahu ha mostrado una escasa evolución a la hora de gestionar el asunto palestino: desde su primer mandato, el dirigente israelí siempre ha sido partidario de reforzar la política de asentamientos, negar la interlocución directa con grupos como Hamás y establecer negociaciones con la Autoridad Nacional Palestina que dejen atrás los Acuerdos de Paz de Oslo. El dirigente israelí ha defendido en todo momento la intervención militar, como fueron las operaciones llevadas a cabo en Gaza en 2009 y 2014; presentar el problema como una cuestión no meramente territorial, sino que afecta a la existencia misma del Estado israelí, y obstaculizar cualquier diálogo de paz que suponga grandes concesiones a los palestinos.

Para ampliar: “¿El principio del fin a la solución de dos Estados en Palestina?”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2018

Netanyahu ha utilizado a su favor el conflicto palestino más que ningún otro predecesor suyo en el cargo. Su férrea postura frente a las exigencias palestinas y su uso de la fuerza ante amenazas llegadas desde Gaza y Cisjordania han tenido el apoyo de los sectores más conservadores de Israel. Sin embargo, esta estrategia se encontró entre 2009 y 2016 con una constante oposición internacional, debido principalmente a sus desavenencias con la Administración Obama. La reciente política exterior de Israel ha estado marcada por sus complicadas relaciones con Estados Unidos, la rivalidad con Irán y el acercamiento con las principales monarquías árabes de la zona. La estrategia del expresidente demócrata de EE. UU. de buscar el diálogo con Irán y los planes de su secretario de Estado para reactivar las negociaciones de paz enfrentaron al Gobierno de Tel Aviv con su socio histórico. Pero en las elecciones de 2016 Netanyahu hizo una puesta casi personal por el candidato republicano, lo que le ha valido el inestimable apoyo del nuevo inquilino de la Casa Blanca y reestablecer estrechas relaciones.

Principales ejércitos en Oriente Próximo.

Las aspiraciones nucleares de Irán suponen una gran amenaza para la seguridad de Israel. Teherán condena la existencia del Estado israelí y es uno de los principales apoyos internacionales de Hamás. Ambos Gobiernos han utilizado esta dicotomía entre israelíes e iraníes para movilizar a los sectores más nacionalistas de sus poblaciones. Esta rivalidad, al igual que el conflicto palestino, ha servido a Netanyahu para alimentar su imagen mesiánica como garante de la defensa del pueblo judío. Además, esta posición ha ido concediéndole con el tiempo bastantes réditos políticos y que la diplomacia israelí sume nuevos aliados y socios.

En octubre de 2018 la agenda de Netanyahu señalaba un sorprendente viaje oficial: su visita al sultanato de Omán. Al mismo tiempo, varios de sus ministros recorrían algunos de los emiratos del Golfo. Aunque solamente Egipto y Jordania reconocen oficialmente al Estado de Israel, en la mayoría de las naciones árabes ha comenzado a producirse una distensión con la nación hebrea. La razón de este acercamiento se debe a dos motivos: por un lado, las monarquías árabes e Israel están haciendo un frente común para frenar las aspiraciones regionales de Irán; por otro lado, ambos bloques se necesitan. Los regímenes árabes han encontrado en el Gobierno de Netanyahu un nuevo apoyo internacional en un contexto de convulsión regional y de persistente amenaza de revueltas populares. En el caso de los israelíes, están consiguiendo derribar poco a poco el muro de aislamiento árabe vigente desde hace medio siglo.

La confrontación entre Arabia Saudí e Irán marca buena parte de la geopolítica de Oriente Próximo, aunque en los últimos tiempos Turquía se ha sumado de forma más discreta.

Netanyahu está logrando revertir el panorama internacional. A su congruencia con la estrategia de Trump para Oriente Próximo y la proximidad actual con la mayoría de las jefaturas árabes se les suman el aumento de los Gobiernos afines a Tel Aviv. Desde Putin en Rusia hasta el recién elegido Bolsonaro en Brasil o los Gobiernos nacionalistas de Europa del Este —Polonia, Eslovaquia o el polémico Viktor Orbán en Hungría—, muchos tienden a seguir una política amistosa con Israel. El acercamiento del primer ministro israelí a estos dirigentes de ultraderecha se debe a sus deseos de impulsar los apoyos internacionales a la causa israelí, frenar los reconocimientos al posible Estado palestino y sumarse al resurgimiento de posiciones nacionalistas por todo el mundo, que son coherentes con los deseos israelíes de defender su propia integridad territorial.

Para ampliar: “Un mayo exitoso para el Gobierno israelí”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2018

El futuro político de la nación israelí

“No puedo lograr la paz solo. No puedo lograr la paz sin ti, presidente Abás. Extiendo mi mano, la mano de Israel, en paz. Espero que cojas esa mano. Ambos somos hijos de Abraham”

Benjamín Netanyahu, septiembre de 2011

El futuro de un primer ministro israelí está determinado por su capacidad para hacer frente a tres problemas a la vez: la presión internacional, el conflicto en Palestina y la inestabilidad política interna. Por el momento, Netanyahu está consiguiendo manejar las tres variables del trilema. Con una creciente mejora de las relaciones diplomáticas junto a una situación palestina, aunque sin visos de solucionarse, actualmente más favorable para el Gobierno de Tel Aviv, el único reto para el dirigente es asegurar su camino a la reelección para el año que viene.

Reconocimiento internacional de Israel —azul— y Palestina —verde—. En amarillo los países que reconocen ambos Estados.

En octubre de 2018 se celebraron elecciones municipales y regionales en Israel, unos comicios marcados por la baja participación, pero que pueden servir de medidor para los partidos y, sobre todo, para el propio Netanyahu. Desde los círculos más próximos al jefe del Ejecutivo comienzan a filtrarse rumores de que puede haber un adelanto electoral de unos meses, sobre todo tras la dimisión de su último ministro de Defensa —que exigía a Netanyahu mayor dureza militar en la franja de Gaza—, que ha puesto en entredicho los apoyos parlamentarios del primer ministro. La ley marca como fecha límite noviembre de 2019, pero la tensión dentro del Gobierno israelí entre las formaciones seculares y los ultraortodoxos y las sospechas de corrupción del entorno cercano al primer ministro podría propiciar elecciones anticipadas en febrero para evitar un desgaste mayor.

Las mayores dificultades internas de Netanyahu durante su último mandato han sido las constantes rivalidades entre sus socios de Gobierno y los diversos casos de corrupción que han salpicado su nombre. En febrero de 2016 se producía un hecho sin precedentes en la corta Historia de la política israelí: el ex primer ministro Ehud Olmert entraba en prisión después de ser condenado por recibir sobornos cuando era alcalde de Jerusalén. Esta circunstancia representa un gran temor para el actual jefe del Ejecutivo, que tiene abiertos varios frentes judiciales. En marzo de 2018 fue interrogado durante más de cinco horas por la brigada antifraude en la residencia oficial en el marco de una investigación sobre información privilegiada proporcionada a la compañía de comunicación Bezeq a cambio de que en canales de su propiedad hicieran una cobertura favorable del primer ministro. A ello se le añaden acusaciones de soborno, favores gubernamentales y tráfico de influencias en las que podrían estar implicados familiares directos.

Por otro lado, dentro de la amplia gama de formaciones que forman el Ejecutivo, estalló una división total entre miembros menos nacionalistas y ministros del ala más ortodoxa tras la aprobación de la ley sobre la identidad nacional del Estado. Pero el inquebrantable Bibi tiene suficiente experiencia en sobreponerse a este tipo de crisis, así como eludir el desfiladero judicial. Actualmente no existe dirigente ni partido, tanto a la derecha como a la izquierda, que pueda cuestionar su liderazgo. El Likud y Netanyahu saben que están en una situación propicia; solamente una complicación en Palestina o la presión de las investigaciones policiales pueden hacer caer al nuevo rey David.

Para ampliar: “El nuevo Israel: la batalla por la identidad judía”, Esther Miranda y Daniel Roselló en El Orden Mundial, 2017

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