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Siria, un campo de batalla entre Israel e Irán

Siria, un campo de batalla entre Israel e Irán
Los mandatarios ruso e israelí, Vladímir Putin y Benjamín Netanyahu, se estrechan la mano en una reunión de 2015. Fuente: Kremlin

Además de ser de una guerra civil entre sirios, el conflicto en Siria es también un campo de batalla donde diferentes potencias regionales —como Israel e Irán— se enfrentan entre sí con intereses y objetivos geopolíticos irreconciliables.

Cuando estalló el conflicto en Siria a mediados de 2011 en el marco de las revueltas árabes —primaveras árabes para los más optimistas—, Israel decidió ponerse de perfil y se mantuvo a la espera, a pesar de compartir una frontera muy importante con el país árabe. Si bien Israel preferiría un cambio de régimen en Siria, le preocupa qué tipo de gobierno sucedería a Bashar al Asad; no tomar parte activa en el conflicto —al menos de manera oficial— obedece a que no veía beneficio alguno en apoyar a ninguna de las dos partes.

No obstante, la correlación de fuerzas en la región, con giros drásticos resultado de la maraña de intereses trenzados entre la multitud de actores que forman parte del conflicto, ha hecho cada vez más complicado que Israel pudiera seguir manteniendo un perfil bajo y su grado de implicación en el conflicto ha ido aumentando a medida que este se dilataba en el tiempo, hasta convertir al Estado hebreo en un actor central en la fase actual.

Israel ha centrado sus esfuerzos políticos, militares y clandestinos en mantener a los distintos grupos proiraníes que operan en Siria, como Hezbolá, alejados de la frontera israelí, donde representan una amenaza potencial para su seguridad. Para ello, ha atacado en multitud de ocasiones al partido libanés bombardeando depósitos de armas y cargamentos de material destinados al grupo; más recientemente, también ha comenzado a atacar directamente objetivos iraníes en territorio sirio. Según la inteligencia israelí, Irán tiene desplegados en Siria en la actualidad alrededor de 2.000 oficiales y miembros de la Guardia Republicana, unos 9.000 milicianos chiíes procedentes de Afganistán, Pakistán e Irak y unos 7.000 combatientes de Hezbolá.

Además, Tel Aviv ha armado y prestado apoyo clandestino a diferentes grupos antigubernamentales y ha dado tratamiento médico a unos 1500 heridos cerca de su frontera, principalmente combatientes de distintos grupos —no todos yihadistas, aunque la mayoría pertenecientes a Al Qaeda— y en torno a un tercio de civiles. Sin embargo, aunque pueda bloquear o limitar la presencia militar iraní en Siria, Israel tiene escasa capacidad para influir sobre el terreno o alterar la capacidad del Gobierno de Al Asad para sobrevivir, aunque haya amenazado en varias ocasiones con asesinarlo. En ese sentido, uno de los movimientos más importantes que Israel ha tomado ha sido entablar conversaciones directas con Rusia para lograr influir sobre el terreno en Siria.

La intervención militar rusa en Siria en septiembre de 2015 supuso un punto de inflexión en el conflicto. Moscú no solo sostuvo al Gobierno y obligó a los grupos antigubernamentales —especialmente al Dáesh— a ceder territorio y tomar una postura defensiva, sino que su intervención también alteró el plano militar regional al adueñarse del control y la protección de la mayoría del espacio aéreo sirio. Israel, acostumbrado a gozar de una enorme supremacía aérea en comparación a sus vecinos —como demuestran sus violaciones regulares del espacio aéreo libanés—, miraba con recelo el despliegue militar ruso; ahora debía tratar con Moscú cuestiones que afectaban directamente a sus intereses, como la consolidación militar iraní en territorio sirio.

Esto también hizo que Israel y sus aliados en la región —principalmente EE. UU.— tuvieran que incluir a Rusia en la ecuación sobre cualquier decisión política o militar que se tomara en Siria. El mejor ejemplo de ello fue el acuerdo tripartito alcanzado en julio de 2017 tras dos meses de negociaciones secretas entre EE. UU., Rusia y Jordania que estableció un alto el fuego y creó una “zona de reducción de la tensión” en el sur de Siria, en las provincias de Daraa y Quneitra, que en líneas generales se ha mantenido.

Aunque Israel no fuera parte oficial de este acuerdo, es —junto a Jordania— el país que más se vio afectado por él, ya que se había alcanzado un acuerdo diplomático en el territorio sirio con el que comparte frontera. A medida que las tensiones entre Israel e Irán en y por Siria no dejan de aumentar, Tel Aviv ha acudido a Moscú en busca de un interlocutor válido con influencia en el terreno que le permita lograr sus objetivos, sobre todo en el sur de Siria. Comenzaron entonces una serie de negociaciones directas entre Moscú y Tel Aviv acerca de la presencia militar iraní en Siria que han eclosionado en mayo y junio de este año.

Cada vez queda más claro que la visita de Netanyahu a Putin el día 9 y la reunión mantenida por los ministros de Defensa de ambos países el 31 de mayo supusieron la luz verde —primero política y luego militar— de Rusia a Israel para que Tel Aviv persiga sus objetivos en Siria, a cambio de una serie de contraprestaciones beneficiosas para los intereses de Moscú. Tan solo unos días antes, en un claro mensaje a Teherán, el ministro de Exteriores ruso había dicho que tan solo el ejército sirio debería ocupar el sur del país.

Para ampliar: “Un mayo exitoso para el Gobierno israelí”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2018

Putin se muestra listo para deshacerse de Irán y mantener así a Israel feliz y salvar la victoria de Al Asad. Rusia parece haber aceptado la retirada de tropas iraníes y proiraníes del sur de Siria con el establecimiento de una zona de exclusión, más acorde a lo que Israel solicitaba, de unos 70 u 80 km de la frontera, con la carretera Damasco-Sueida como línea de demarcación. También parece —a pesar del secretismo que rodea cuestiones tan sensibles— que la retirada de fuerzas proiraníes del sur de Siria y de la frontera con Líbano ya ha comenzado, especialmente los operativos de Hezbolá, con aviones rusos e israelíes monitoreando desde el aire y la policía militar rusa desde el terreno que esta retirada se lleve a cabo de manera efectiva.

Finalmente, aunque el Kremlin lo niegue, el acuerdo parece dar luz verde a Israel para atacar objetivos proiraníes dentro de Siria que considere legítimos —por ejemplo, Hezbolá—, siempre y cuando estos ataques no se dirijan directamente contra el Gobierno ni lo amenacen. En un giro irónico, Israel accede a cambio a permitir la vuelta de las fuerzas del Gobierno de Al Asad al sur y probablemente ejerza su influencia sobre los distintivos grupos antigubernamentales para que se alcance algún tipo de acuerdo en línea con otros alcanzados en diferentes partes del país. Tampoco se descarta que EE. UU. pueda retirarse de la zona este de Siria que actualmente ocupa —Al Tanf— si Moscú logra finalmente un repliegue militar iraní, aun parcial.

Para Rusia, expulsar u obligar a Irán a abandonar totalmente Siria no es una opción que se encuentre encima de la mesa. Sin embargo, limitar y contener la actividad iraní dentro de Siria sí sirve a los intereses de Moscú, pues permite a Putin mantener cierta influencia sobre EE. UU. y países importantes de la región, como Israel o las monarquías del Golfo. Israel, por su parte, viendo una ventana de oportunidad al estar Rusia más interesada en proteger sus intereses en Siria que los de Irán, sube el listón de sus demandas exigiendo la retirada completa de la presencia militar iraní de Siria.

Durante años, Israel e Irán se han atacado entre sí con palabras e indirectamente a través de sus proxies; sin embargo, el tablero sirio está conduciéndolos hacia una colisión casi segura. Los próximos meses dictaminarán si el sur de Siria acaba siendo la chispa que acabe de prender la guerra o si, en cambio, la cúspide de la tensión lleva a una reducción progresiva de las hostilidades.

Para ampliar: “Pulso de fuerzas sobre Siria”, Andrea Moreno en El Orden Mundial, 2018