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Un conflicto inminente en Oriente Próximo

Un conflicto inminente en Oriente Próximo
Fuente: Ministerio de Asuntos Exteriores de Austria

La retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán hace caer la primera ficha de un dominó que tiene uno de sus finales probables en un importante conflicto entre Irán y las otras potencias de la zona, como Israel o Arabia Saudí.

Por una vez, Trump no anunciaba una decisión importante a través de un tweet. En este caso, daba una rueda de prensa, y ese cambio en la comunicación presidencial anticipaba una decisión trascendental: la retirada del acuerdo nuclear con Irán. Washington daba un paso atrás en un tratado que había costado años y no menos esfuerzos firmar. A su vez, este retroceso suponía una herida de muerte para el acuerdo. Ahí quedaban el resto de los países con veto en el Consejo de Seguridad —Rusia, China, Reino Unido y Francia— y Alemania preguntándose qué probabilidades existían de que Teherán no diese todo por perdido. El colapso total del acuerdo no es un tema menor. Que Irán decida no reanudar su carrera balística y nuclear depende de él, y esto es la llave para que todo Oriente Próximo no reanude carreras similares, ya que se podría desencadenar un conflicto entre Irán y otras potencias regionales —empezando por Israel y Arabia Saudí— para defenderse de la amenaza percibida en el país persa.

No debería extrañarnos tampoco la retirada de EE. UU.; antes o después se iba a producir. Trump había prometido durante su campaña renegociar el acuerdo o bien retirarse. Si había sobrevivido casi un año y medio a la toma de posesión presidencial, fue por las reticencias de sus nombramientos al gabinete, especialmente del ya ex secretario de Estado Rex Tillerson. En su lugar se posicionaron Mike Pompeo, hasta entonces director de la CIA, y John Bolton, un neoconservador anclado en la “guerra contra el terror” de Bush que solo busca ir derribando a los regímenes proximorientales contrarios a Estados Unidos. A pesar de lo que pudiera parecer, el motivo apenas tiene un fondo geoestratégico sólido más allá de tumbar a Irán sea como sea —de ahí el papel de Bolton— y parece más bien otro episodio de desarticulación del multilateralismo impulsado por Obama durante sus mandatos.

Para ampliar: “El año cero de la diplomacia de Trump”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2018

La retirada o renegociación del acuerdo podría tener cierta legitimidad si se hubiesen producido incumplimientos de Irán o cambios internacionales de calado que motivasen reorientar el enfoque. La Agencia Internacional para la Energía Atómica, que monitoriza el acuerdo con Irán, en ningún momento ha advertido de un incumplimiento; todo lo contrario, de hecho. Tampoco hemos visto un vuelco en Oriente Próximo en ningún sentido. Y, a pesar de todo, Estados Unidos ha decidido retirarse. No obstante, el mayor problema no viene de la retirada en sí, sino de las sanciones que pretende imponer.

Para dotar de mayor solidez al pacto con Irán y mayor confianza a países suspicaces —como Israel o Arabia Saudí—, se decidió que el acuerdo fuese respaldado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. A través de la Resolución 2231, las disposiciones del acuerdo, como no aplicar sanciones a Irán, pasaron a ser vinculantes a todos los países de la ONU, fuesen firmantes o no del acuerdo. Por tanto, a pesar de la decisión de Trump, Estados Unidos sigue formalmente dentro del acuerdo —o al menos ligado a él— y las sanciones que pretende imponer entre agosto y noviembre suponen una violación de la legislación internacional.

Estas acciones de Washington conllevan además otras cuestiones colaterales que no son menores. Las sanciones que pretende imponer no solo están dirigidas a Irán, sino también a empresas y actores de terceros países que pretendan tener negocios o relaciones con Irán. Como ya ha ocurrido en otros embargos de Estados Unidos, como el que mantiene sobre Cuba, se puede dar el caso de empresas europeas, chinas o indias —filiales locales de compañías estadounidenses, por ejemplo— sancionadas por Washington, con el consiguiente conflicto diplomático y comercial. Se trata de un reto muy complicado de asumir para la diplomacia europea, que ahora mismo se debate entre mantener un vínculo trasatlántico moribundo o dejarlo morir definitivamente y proteger sus intereses. A su vez, esta situación prácticamente desarma el apoyo europeo al pacto, ya que sea el de Estados o empresas, que preferirán renunciar al mercado iraní o a reforzar las relaciones con el país si ello les permite seguir accediendo al mercado estadounidense y no generar una tensión.

Si el acuerdo colapsa, la cuenta atrás para otro conflicto en Oriente Próximo está en marcha. Sin un trato que garantice a Irán que no va a tener presiones externas, el programa balístico y nuclear se reanudará. Teherán puede llegar incluso a plantearse la salida del Tratado de No Proliferación, lo que supondría la muestra definitiva del deterioro geopolítico en la región. Esto abre dos peligros: el primero, un ataque preventivo de Israel para retrasar las capacidades armamentísticas de Teherán, como ya se planteó en 2008; el segundo, que otros países, por miedo a Irán, deseen también adquirir armas nucleares, con especial atención a Arabia Saudí y, de forma más secundaria, Turquía.

Para ampliar“Europa ante el dilema de la energía nuclear”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2015

La respuesta de Irán, partiendo de la base de que un conflicto directo en la región es poco probable dado que no se comparten fronteras —lo más parecido es la costa saudí e iraní, frente a frente en el golfo pérsico—, sería recurrir de nuevo a sus proxies. El más evidente es Hezbolá, que además supone la principal amenaza para los israelíes y podría dar lugar a otra guerra en Líbano como la de 2006. Por otro lado, habría que ver cuándo finalizan los conflictos en Siria —en 2019 debería de haber terminado— y Yemen —con un futuro más incierto— para saber las capacidades reales de Irán y las posibilidades de instrumentalización de estos actores.

Ante una escalada de la tensión o un conflicto, la Administración Trump —si hay cambio presidencial en 2020 habría que revisar estas premisas— se alinearía con Israel o Arabia Saudí, pero Rusia puede aparecer como un potencial invitado sorpresa y un actor con cierta capacidad mediadora, ya que su influencia en Jerusalén y Teherán es relativamente alta. De igual manera, habría que repasar con detenimiento la voz y el papel de China, que no querría ver alterada en exceso la paz en una región fundamental para su aprovisionamiento de hidrocarburos y, tangencialmente, una vía comercial clave hacia Europa.

La cuestión fundamental, ahora en riesgo, es que el acuerdo con Irán había sido un avance muy importante en cuanto a la estabilización geopolítica de Oriente Próximo, ya que daba garantías aceptables a todas las partes y evitaba así una confrontación con armas nucleares. En el proceso de contrarrestar las decisiones tomadas por Obama, Trump puede provocar que la salida estadounidense de Oriente Próximo con una especie de política de tierra quemada desencadene un incendio todavía mayor.