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Versalles en ruinas

Versalles en ruinas
Fuente: Randy Colas

El efecto Versalles es la influencia que alcanza un régimen político de un prestigio tal que llega a ser considerado un modelo ideológico, político, económico y cultural que emular para sus contemporáneos.

Quienes hayan visitado Budapest recordarán la magnificencia de su Parlamento, esbelto e imponente, a la orilla del Danubio. El edificio desde el que gobierna Hungría Viktor Orbán fue construido a principios del siglo pasado y no es casualidad que su estilo neogótico esté inspirado en el Parlamento de Westminster, en Londres. En una época en la que Europa todavía se dividía entre monarquías imperiales y democracias parlamentarias, cualquier nación que aspirase a convertirse en una de estas últimas tenía al Reino Unido —la democracia más antigua del continente— como un referente, incluso a nivel arquitectónico.

Es un ejemplo de lo que se ha llamado “efecto Versalles”, la influencia que alcanza un régimen político de un prestigio tal que llega a ser considerado un modelo ideológico, político, económico y cultural que emular para sus contemporáneos. En la cima de su poder, Luis XIV consiguió hacer de Francia una potencia y de Versalles, la corte imitada en toda Europa, donde las clases altas vestían según la moda parisina y hablaban francés.

Ya a finales del siglo XX, el desplome del bloque comunista trajo la proclamación del “fin de la Historia”, el efecto Versalles definitivo. Occidente no solo había vencido la batalla ideológica, sino que su modelo —la democracia liberal— parecía el mejor que podía alcanzarse. Todas las naciones estaban abocadas, antes o después, a adaptarse a él.

Efectivamente, desde entonces no ha aparecido ningún contrincante ideológico de peso que pudiera hacer sombra al modelo occidental. Desde los años noventa y capitaneado por EE. UU., el mundo ha vivido un proceso globalizador sin precedentes espoleado por la revolución tecnológica. El capitalismo se ha extendido hoy incluso hasta los Estados que dicen ser comunistas. Es más, la idoneidad de las urnas como fuente de legitimidad está tan mundialmente asentada que no existen alternativas respetables a la elección democrática. Incluso dictadores como el mariscal Al Sisi en Egipto recurren a una pantomima electoral para justificar su presencia en el poder.

Pero los últimos años han sido testigos de una grave crisis política en EE. UU. y la Unión Europea. Solo 30 años después de la caída del muro, los efectos de la deseada globalización y la incapacidad del establishment político para hacer frente a sus consecuencias han dañado los cimientos del sistema hasta el punto de que los mismos valores del liberalismo político están en retroceso. Quienes todavía se adhieren a ellos no encuentran los líderes habituales —Trump ha renunciado a que EE. UU. ejerza su papel en la vanguardia, Reino Unido se asoma al abismo del brexit, Alemania no tiene ánimo de liderar…— y quienes proponen un enfoque distinto hacen oír sus críticas cada vez más alto, inspirados en un nuevo referente: la Rusia de Putin.

Desde su llegada al poder en 2000, Putin se centró en recuperar la estabilidad interna perdida tras la década de caos que siguió a la desaparición de la URSS y devolver a Rusia a la posición de potencia internacional que antaño ocupó. Por el camino ha reconstruido la identidad nacional rusa en oposición a los valores de la globalización que vienen de Occidente, percibidos como motivo de su decadencia. Frente a la integración supranacional, soberanía nacional. Frente a la tolerancia multicultural, xenofobia excluyente. Defensa de la familia tradicional contra las reivindicaciones feministas y del colectivo LGTB. Exaltación de la idiosincrasia nacional-religiosa como freno a la modernidad cosmopolita. Economía de mercado, sí, pero con gran presencia estatal. Liderazgo fuerte —liberado de las limitaciones de la separación de poderes— antes que la percibida ineficacia de la política occidental.

Putin se ha convertido así en el vértice de una estructura de poder piramidal, el arquetipo de un gobernante fuerte, un padre de la patria cuya posición está por encima de los debates políticos y cuya figura se confunde con la de la nación misma. Criticar a Putin o a su Gobierno equivale a criticar a toda Rusia, lo que desactiva cualquier oposición.

Este es el nuevo Versalles en el que se inspiran políticos de toda Europa con cada vez más respaldo electoral e incluso en posiciones de poder, como Orbán en Hungría o Kaczyński en Polonia —tampoco cuesta ver en este encaje a Erdoğan—. No se trata de una alternativa inspiradora ni de una crítica constructiva al sistema en crisis; es solo la reacción ante la globalización occidental. A la democracia liberal no le ha salido ningún competidor, porque, aun con sus fallos, es ciertamente el mejor modelo que el desarrollo humano ha alcanzado hasta ahora; son sus propias flaquezas las que la están poniendo en riesgo. Parafraseando a Bertolt Brecht, “qué tiempos serán los que vivimos, que hay que defender lo obvio”.

Bajo los mandatos de estos hombres fuertes, la ilusión de la democracia se mantiene, ya que sus puestos son refrendados periódicamente por las urnas. Pero estas son unas democracias cada vez más huecas, vaciadas de la imprescindible defensa de la libertad y dignidad individuales, el control del poder por las leyes, la protección de los derechos civiles, la independencia de los medios de comunicación… Son, utilizando el término que el mismo Orbán ha hecho suyo, democracias “iliberales”.

La paradoja del sistema que nos hemos dado es que permite la llegada al poder de opciones políticas que ponen en riesgo al propio sistema. A pesar de ser el modelo que más bienestar ha traído, nada permite asegurar que el desarrollo humano sea lineal —es decir, que de la misma forma que avanzamos no podamos retroceder—; la democracia liberal no debe darse por sentada. Menos todavía cuando su competidor es una versión corrompida de sí misma que juega en el mismo campeonato, pero sin adherirse a las reglas. Ya en 1997, cuando popularizó el término con un premonitorio artículo en la revista Foreign Affairs, Fareed Zakaria lo advirtió: “El mayor peligro que plantean las democracias iliberales es que lleguen a desacreditar a las democracias liberales”.