Política y Sociedad Asia Central Asia-Pacífico

El retorno del hombre fuerte a Asia

El retorno del hombre fuerte a Asia
El primer ministro indio en el Día Internacional del Yoga. Fuente: Narendra Modi

El aumento de las rivalidades regionales y el estancamiento económico han logrado el retorno de la política de personalidades, en la cual cada país elige un campeón que lo represente en la arena internacional, una figura popular de cualidades épicas que, con el correcto manejo del marketing y de las preocupaciones sociales, se alza para gobernar por encima de todos y de todo.

Albert Einstein calificó el nacionalismo como “el sarampión de la humanidad”. A pesar de su eficacia probada para causar problemas y potenciar la xenofobia y el miedo al otro, la resurrección de esta idea como la religión de los Estados en crisis —con ellos mismos o con el exterior— ha sido imparable. Una idea que no ha terminado de desvanecerse desde su surgimiento en la Europa del siglo XIX y que ha regresado con fuerzas renovadas.

El auge de conflictos poco convencionales —como la dominación sin conquista durante la Guerra Fría—, el terrorismo de tácticas asimétricas y la toma de conciencia de la utilización de métodos obsoletos para la prevención y la previsión de conflictos han generado una entropía ideológica. El descontento con las dinámicas de la globalización crea repulsión hacia la constante comunicación e interdependencia, pero este rechazo ya no es característico solamente de los países en vías de desarrollo: es una epidemia de alcance mundial.

Para ampliar: El malestar en la globalización (y la antiglobalización en la era de Trump), Joseph Stiglitz, 2018

El nuevo nacionalismo ha revivido la concepción del hombre fuerte como eje central de todo nuevo camino hacia la gloria. No obstante, el siglo XXI difiere del anterior en cuanto a lo que las nuevas tecnologías han generado: la concepción del individuo como marca. En Asia los hombres fuertes llevan las riendas de la política desde hace años: Vladímir Putin en Rusia desde 1999, Xi Jinping en China desde 2013 o Rodrigo Duterte en Filipinas desde 2016. Pero no son los únicos ejemplos de renacimiento del héroe-marca en el continente.

Mongolia, cuna de conquistadores

Lo que fue la cuna de conquistadores que ha marcado los tempos de la historia es ahora un Estado encerrado entre las palmas de Moscú y Pekín, sus únicos vecinos. Sin salida al mar, Mongolia depende de sus exportaciones de materias primas: productos de minería. El cobre, el oro y el carbón comprenden el 72% de sus exportaciones, dirigidas principalmente a China, destino del 67% de las exportaciones mongolas.

No obstante, el país está en riesgo de caer en la “maldición de los recursos naturales” de Jeffrey Sachs y Andrew Warner. Simplificando mucho su tesis, estos autores exponían que la abundancia de recursos naturales impactaba a largo plazo en el desarrollo del país. Los beneficios que se ven reflejados en el crecimiento económico hacían que la reforma y la inversión en otros sectores se viera poco favorecida o descuidada, de tal manera que, a la larga, la estructura económica del país se quedaría obsoleta, dependiente a más no poder de los tesoros naturales y vulnerable a lo que pase en el exterior.

Para ampliar: “Los recursos naturales: ¿tesoro o maldición?”, podcast de El Orden Mundial, 2017

Con una población ligeramente superior a los tres millones de habitantes, solamente la extracción de oro emplea indirectamente a más de 100.000 mongoles.

Si a esto le sumamos su escasa lista de socios comerciales, la incidencia económica, política e histórica de Moscú en el país y la entrada de China, ávida de recursos naturales para alimentar sus industrias, el panorama para Ulán Bator es poco favorecedor. El país se encuentra ligado a sus recursos económicamente, pero también políticamente.

El relevo a la cabeza del país llegaría en verano de 2017. Antes de las elecciones, el país se encontraba preocupado por el continuo empeoramiento de la economía. La dependencia exterior, sobre todo de China, consiguió que, con la caída del crecimiento chino en un 0,5% respecto a años anteriores, se consolidara la tendencia a la baja de la demanda y la inversión extranjera y al alza de la inflación, la deuda y el desempleo. En junio de 2017, el Gobierno aprobaba un plan de rescate del Fondo Monetario Internacional (FMI) por valor de 5.500 millones de dólares, la mitad del PIB del país, así como un conjunto de medidas que iban desde la subida de impuestos al aumento de la edad de jubilación.

El que se convertiría en presidente, Battulga Khaltmaa, era —como escribió Nietzsche más de un siglo antes— todo un “hombre que ha superado al hombre”: una celebridad nacional por su rol como judoka, el deporte más popular del país, y un empresario de éxito que comenzó de la nada. Tomó el rescate del FMI como eje central de su discurso y cuestionó su viabilidad, así como las relaciones con China, que ya criticaba antes de ser presidente. En su año de mandato ha desafiado la dependencia con China declarándose prorruso y ha abogado por terminar con el préstamo del FMI y por la centralización de las inversiones en bancos mongoles. La nueva estatua de Gengis Kan, inaugurada en Ulán Bator como recuerdo de la gloria de una Mongolia pasada, personifica la aparición del paladín de la Mongolia moderna.

Para ampliar: “Mongolia contra los gigantes: Gengis Kan vuelve a la carga”, Daniel Rosselló en El Orden Mundial, 2017

India: la llave está en la rueda

En 2015, meses después de la elección del primer ministro Narendra Modi, India crecía por primera vez en el último siglo más que China. El orgullo y la sensación de ventaja en el pulso geopolítico entre las dos potencias se sentía. La mayoría opinaba que el país iba en la dirección correcta, en contraste con el 29% de la era anterior a Modi. Ataviado con ropa sencilla y tradicional —los khadi kurtas—, el primer ministro y su partido han dado con la mezcla perfecta de nacionalismo y religión para unir el país bajo la misma persona con el fin de hacer frente a los múltiples desafíos: la modernización igualitaria en un país igual de grande que un subcontinente y la riña política con la República Popular China.

Para ampliar: “Grandes estrategias: huellas en Asia del sur”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2017

El Partido Popular Indio defiende la preeminencia de la cultura hindú y de su religión en la configuración de India como Estado nación. Es una concepción problemática en un país donde los choques con la minoría musulmana son frecuentes. Definido por Savarkar en 1923, el concepto clave de la hindutva —‘hinduidad’— trata de definir la cultura india a través del hinduismo y sus valores; de esta manera, trata de responder a la pregunta “¿Quién es hindú?”.

Definir a un grupo significa definir lo que se queda fuera. Por ello, para evitar controversias, los apóstoles de la hindutva del partido de Modi definieron su visión de esta doctrina como un renacimiento de lo existente que reaparecería en la sociedad por sí solo, con lo que dejaban de lado cualquier forma activa de potenciarlo y se alejaban de su autoconcepción como actores para pasar a situarse como meros espectadores del proceso.

Durante la campaña electoral de 2014 se publicaron cómics en los que se alababan la destreza y la recta moral de Modi a lo largo de su vida. Rezar en el templo por el bien de India, preparar medicinas para su madre o su sentido de la justicia son temas recurrentes. Fuente: The Indian Express

En mayo de 2014 el Partido Popular Indio le arrebataría el poder al Partido del Congreso gracias a la figura del apreciado gobernador de Guyarat. Bajo el mando de Modi, este estado se convirtió en el más rico de la India con solo el 5% de la población del país y el 6% de la superficie total y consiguió superar dificultades como los cortes de electricidad o el acceso a agua potable, además de una notable mejora de las infraestructuras.

Para ampliar: “Modi’s Brand Strategy and the Threat to Democracy”, Andrea G. Rodríguez en Political Insights, 2018

Con la promesa de exportar el modelo de Guyarat, Modi arrasó en las elecciones, y con él renacía la hindutva. Desde su elección, la violencia religiosa ha aumentado un 28%; India es el cuarto país del mundo con mayor número de disturbios de esta naturaleza, detrás de Siria, Nigeria e Irak. La ausencia de una condena explícita llevó a una reprimenda pública en 2015 del entonces presidente de Estados Unidos Barack Obama.

No obstante, su lucha contra la corrupción —que tumbó al todopoderoso Partido del Congreso en 2014— y su gestión en pos de la estabilización de los indicadores macroeconómicos —inflación, desempleo, deuda— están dando resultados. Ello, junto con un aumento del gasto militar —contrario a la ruta que siguieron sus predecesores—, ha conformado la idea de que India es igual a Modi y que sin Modi India se queda atrás. Por ello, probablemente será reelegido en mayo de 2019.

Malasia: de nativos y extranjeros

Malasia es el perfecto ejemplo de equilibrio en tensión. De composición multiétnica y multirreligiosa, ha logrado ponerse a la cabeza económica del sudeste asiático. Desde su independencia en 1957 del Imperio británico, la política malasia es la perfecta suma de tradición —las divisiones administrativas representan los diferentes sultanatos anteriores a la constitución independiente como Estado— y modernidad. Las Torres Petronas en Kuala Lumpur fueron las más altas del mundo hasta 2004, año en que el rascacielos Taipéi 101 lo superó por 57 metros.

Para ampliar: “Malasia, la ilusión de la armonía multiétnica”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2016

Partiendo de una economía basada en la agricultura y la explotación de sus abundantes recursos naturales, Malasia consiguió transformarse hacia la manufactura de componentes electrónicos, que exporta mayoritariamente a sus vecinos asiáticos. Su posición en el mapa, además, le da la ventaja geopolítica de contar con el estrecho de Malaca, uno de los que tiene mayor volumen de comercio en el mundo.

El protagonista de esta historia fue Mahathir bin Mohamad, director de todo el proceso desde 1981 hasta 2003. Esquivando acusaciones de “dictador” por limitar las libertades civiles —que desembocaron en la Operación Lalang, con cientos de detenidos—, se retiró del poder y delegó en su protegido, Abdalá Badawi. Sin embargo, ni Badawi ni su sucesor —que también salió del ala de Bin Mohamad— logaron mantener el rumbo. Las continuas controversias por la denominación de la religión de Malasia y los escándalos de corrupción hicieron caer a ambos de la cima. En 2018 regresaba Bin Mohamad como la última alternativa al desvío del buen rumbo político de Malasia.

Su mito lo alimenta el hecho de haber sido el artífice plebeyo del andar malasio, pero también de haber puesto a los nativos, los bumiputras, en el foco de atención. Los dos grandes grupos étnicos del país son los de descendencia china y los malayos. Los primeros han sido habitualmente los titulares de negocios y, por tanto, los que más dinero han amasado. Los cargos más altos suelen ocuparlos malasios de ascendencia china, que mantienen además buenas relaciones con los mandarines de Singapur y China.

Para ampliar: “El eterno Bin Mohamad”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2018

Bin Mohamad impuso cuotas en las instituciones de educación superior y fomentó el ascenso laboral de malayos con la esperanza de reducir esa brecha social. En el fondo, generó una preferencia abierta por unos frente a otros, con lo que creó el germen del nacionalismo malayo del siglo XXI. Con 92 años, regresa como un mesías a la escena política y promete dejar tras de sí a un nuevo líder que respete las “correcciones” que él ha venido a llevar a cabo.

La política de superhéroes

La política de los hombres fuertes se ha consolidado como una tendencia modélica que da garantías suficientes al imaginario de sociedades en alerta por el auge de nuevas potencias regionales. Las perturbaciones en el equilibrio de poder tradicional en la región de Asia-Pacífico amenazan con terminar con la independencia de los Estados vecinos, en vez de por conquista u ocupación, por dependencia económica. El mito de un hombre que va más allá de sus capacidades —el superhombre nietzscheano—, que se ha hecho a sí mismo, ya sea en los negocios o en la política, es la alegoría que se trata de invocar: dar lo mejor de uno mismo es poner a la cabeza del país personas con una historia inspiradora.

No obstante, los egos nunca han sido buenos consejeros para el consenso, y depender de tener que dar una imagen concreta y traer la salvación tampoco. Como un virus que se contagia por el aire, la interconexión de la globalización ha traído ideas que, aunque desarrolladas de manera diferente, con un sabor distinto, tienen en común la creencia de que, a falta de líderes racionales y con estrella, el retorno de los superhéroes a la política nacional es la única opción. Un judoka de oro, un gobernador famoso y un anciano plebeyo que conquistó el poder en un momento en el que solo la aristocracia mandaba en Malasia se unen a una política de personalidades que vuelve a despuntar en el continente asiático.

Para ampliar: “Versalles en ruinas”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2018

Comentarios