Si, como se suele decir, Italia es un laboratorio político, la Liga debería ser un caso de estudio. Cuando se votaron las últimas elecciones generales en marzo, el partido obtuvo un 17,4% de los votos; quedó tercero detrás del hasta entonces gobernante Partido Democrático —con un 18,8%— y del Movimiento Cinco Estrellas (M5S en sus siglas en italiano), que ganó con un abrumador 32,7%. La última encuesta publicada por el Corriere della Sera da actualmente a la Liga el primer puesto con un 31% del respaldo.
En cuatro meses, la Liga ha doblado sus apoyos y crecido 14 puntos porcentuales. La formación ultraderechista ha conseguido entrar en el Gobierno —en coalición con el populista eurocrítico M5S—, acaparar la atención mediática, conseguir el sorpaso a su socio de gobierno e imponer la agenda en la política italiana e incluso de la UE. Detrás de ese éxito está un hombre: Matteo Salvini.
Originalmente, la Liga era un partido con alcance regional limitado y una agenda independentista para la denominada Padania —región sin raíces históricas que comprende el valle del Po, en el norte de Italia— sobre una base identitaria clasista y xenófoba construida en oposición al sur del país, comparativamente mucho más pobre que el norte. A nivel europeo, esto se traduce en una alineación con Le Pen, los nacionalistas flamencos o el austríaco Partido de la Libertad.
Para ampliar: “Una Europa de naciones”, Álex Maroño en El Orden Mundial, 2018
Los pobres resultados de las generales de 2013, en las que obtuvieron menos del 5% de los votos, demostraron que ese discurso ya no resultaba atractivo. Ese año Salvini tomó las riendas del partido: sustituyó a su fundador, Umberto Bossi —manchado por la corrupción—, y refundó la Liga transformando su discurso independentista padano en nacionalismo italiano; mantenía, eso sí, el componente xenófobo e identitario: el enemigo ya no era el italiano del sur, sino el extranjero. Meses antes de las últimas elecciones, en 2017, la Liga Norte —como hasta...