Salvini, dueño de Italia

Matteo Salvini se ha convertido en el centro indiscutible de la política italiana. Controlando el Gobierno desde el Ministerio del Interior, azuza la xenofobia para ganar el apoyo de los italianos. Su fuerza política, la ultraderechista Liga, ya es primera en las encuestas.
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Salvini, dueño de Italia
Imagen promocional de la campaña para el cierre de puertos a la inmigración de Matteo Salvini. Fuente: Matteo Salvini (Twitter)

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Si, como se suele decir, Italia es un laboratorio político, la Liga debería ser un caso de estudio. Cuando se votaron las últimas elecciones generales en marzo, el partido obtuvo un 17,4% de los votos; quedó tercero detrás del hasta entonces gobernante Partido Democrático —con un 18,8%— y del Movimiento Cinco Estrellas (M5S en sus siglas en italiano), que ganó con un abrumador 32,7%. La última encuesta publicada por el Corriere della Sera da actualmente a la Liga el primer puesto con un 31% del respaldo.

En cuatro meses, la Liga ha doblado sus apoyos y crecido 14 puntos porcentuales. La formación ultraderechista ha conseguido entrar en el Gobierno —en coalición con el populista eurocrítico M5S—, acaparar la atención mediática, conseguir el sorpaso a su socio de gobierno e imponer la agenda en la política italiana e incluso de la UE. Detrás de ese éxito está un hombre: Matteo Salvini.

Originalmente, la Liga era un partido con alcance regional limitado y una agenda independentista para la denominada Padania —región sin raíces históricas que comprende el valle del Po, en el norte de Italia— sobre una base identitaria clasista y xenófoba construida en oposición al sur del país, comparativamente mucho más pobre que el norte. A nivel europeo, esto se traduce en una alineación con Le Pen, los nacionalistas flamencos o el austríaco Partido de la Libertad.

Para ampliar: “Una Europa de naciones”, Álex Maroño en El Orden Mundial, 2018

Los pobres resultados de las generales de 2013, en las que obtuvieron menos del 5% de los votos, demostraron que ese discurso ya no resultaba atractivo. Ese año Salvini tomó las riendas del partido: sustituyó a su fundador, Umberto Bossi —manchado por la corrupción—, y refundó la Liga transformando su discurso independentista padano en nacionalismo italiano; mantenía, eso sí, el componente xenófobo e identitario: el enemigo ya no era el italiano del sur, sino el extranjero. Meses antes de las últimas elecciones, en 2017, la Liga Norte —como hasta entonces se la conocía— acortó su nombre como gesto definitivo del giro hacia la política nacional. Muestra del éxito de esta transformación es que Salvini, conocido hace unos años por sus comentarios racistas sobre los napolitanos y quien defendía que el sur de Italia no merecía estar en el euro, se presentó a las elecciones y fue elegido senador por el distrito sureño de Calabria.

Como casi siempre en un país que ha tenido 66 Gobiernos en 73 años —podríamos echar cuentas de a cuántos meses sale cada uno de media—, los resultados de los comicios no dejaron un horizonte político claro. Teniendo en cuenta que los números no daban para una gran coalición entre Berlusconi y el Partido Demócrata y que este último descartó gobernar de la mano de la Liga o el M5S, la aritmética electoral solo permitía una posibilidad, la más temida en la UE: un pacto de la Liga con el M5S.

Para ampliar: “La divina tragicomedia italiana”, Diego Mourelle en El Orden Mundial, 2018

Ya desde ese momento, Salvini demostró ser un táctico consumado. Consciente de que los grillinos —como se conoce a los integrantes del M5S por el apellido de su fundador, Beppe Grillo— no encontrarían otro partido con el que pactar, Salvini consiguió sacar el máximo provecho a los votos que había obtenido la Liga. Jugó fuerte aceptando entrar en coalición de gobierno como socio minoritario, pero negando a Luigi Di Maio, líder del M5S, las mieles de ostentar el cargo de primer ministro. Ambos consensuaron un hombre de paja para el puesto, el desconocido jurista Giuseppe Conte, y se reservaron para sí sendos ministerios desde los que esperaban controlar el Gobierno: Interior para Salvini y Desarrollo Económico, Trabajo y Políticas Sociales para Di Maio.

En el mes que ha pasado desde que se invistió al Gobierno se ha podido comprobar quién ha ganado el pulso. Ni Conte —carente de respaldo parlamentario propio y absolutamente subordinado de facto a los dos partidos que le pusieron en el cargo— ni Di Maio —inexperimentado líder de una formación con un respaldo masivo, pero sin propuestas claras— pueden hacer sombra a Salvini, que ha llenado el vacío de poder que el primer ministro no puede ocupar.

En primer lugar, el líder de la Liga ha leído mejor que nadie el escenario político. Desde su puesto como ministro del Interior, con competencias en materia de inmigración, control de fronteras o policía, se está metiendo en el bolsillo a los italianos azuzando el fantasma de la xenofobia. A pesar de que el número de llegadas de inmigrantes a través del Mediterráneo no había sido tan bajo desde hace una década, el 85% de los italianos cree que viven una crisis inmigratoria. Además, la insolidaridad del resto de los socios comunitarios con un país que está en primera línea de llegada de los inmigrantes y que no ha dejado de pedir una solución europea al problema migratorio durante los últimos años ha calado en Italia, hoy el país más euroescéptico de los miembros fundadores de la UE.

Para ampliar: “La Europa que no fue”, Astrid Portero en El Orden Mundial, 2018

Por otro lado, la maquinaria comunicadora de Salvini está funcionando a la perfección. A pesar de que hace meses que los italianos fueron a las urnas, él parece estar todavía en campaña electoral. Llena el espacio mediático de una forma similar a como lo hace Trump: aunque sea para criticar sus barbaridades, los medios copan las portadas hablando de la Liga, utilizando sus términos, crispando el ambiente. Recientemente declaró en la revista alemana Der Spiegel que “ha llegado el momento de que Italia deje de estar esclavizada. […] Italia no puede convertirse en un campo de tiendas de campaña y barracones, no podemos arrojar la mitad de África en Italia”. Consigue así llevar el debate a su terreno, donde ninguna otra formación puede competir con sus radicales propuestas. La última, su idea de hacer un censo de la población gitana con el objeto de expulsar a todos los que no sean originarios de Italia, puesto que, como dijo, “lamentablemente los italianos tenemos que quedárnoslos”.

Por supuesto, nada de esto es una buena noticia para la UE. La política de cerrar puertos a las ONG que salvan vidas en el Mediterráneo y criminalizar su labor ya está poniendo en dificultades a sus países vecinos y la crisis política generada en torno a la cuestión migratoria a punto ha estado de llevarse por delante el Gobierno de Merkel. Envalentonado por su meteórico ascenso en las encuestas, Salvini solo piensa ya en dos escenarios de futuro. Por un lado, si su coalición con el M5S se vuelve insostenible, quizá en unas nuevas elecciones podría obtener tan buen resultado como para desembarazarse de ellos y conseguir el ambicionado puesto de primer ministro. Mientras, trabaja en preparar las elecciones europeas del año que viene con esta amenazante premisa: “En los próximos meses se decidirá si la Unión tiene futuro en su construcción actual o si todo el proyecto se ha convertido en algo fútil. […] De aquí a un año sabremos si Europa sigue unida o no”.