Cuando Donald J. Trump asumió la presidencia de los Estados Unidos de América, las palabras “Estados Unidos primero” rebosaban en su boca. “Esta masacre estadounidense termina aquí y termina ahora. […] Cuando abres tu corazón al patriotismo no hay cabida para los prejuicios”. Sin duda, era el precursor de un nuevo corte en la política estadounidense.
En el exterior buscaba hacer valer su visión de reconquistar la hegemonía mundial mostrándose como un polemista superbo, un líder resolutivo de los conflictos más largos y activos del presente: el dilema Israel-Palestina y el desarrollo del programa nuclear de Corea del Norte. En el plano multilateral, la doctrina Trump denuncia el maltrato de los foros internacionales y de los aliados, de las políticas de cooperación y desarrollo de su país con y en terceros países y de la corriente imparable de la deslocalización de la industria.
A pesar de que las acciones en este plano vayan encaminadas a hacer reaccionar a la comunidad internacional y redirigir la opinión pública hacia una postura proestadounidense, la realidad se presenta distinta. 2018 comenzó con mayores cifras de desaprobación que aprobación de la Administración Trump; esto no había sucedido en la última década.
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