Cuando Donald J. Trump asumió la presidencia de los Estados Unidos de América, las palabras “Estados Unidos primero” rebosaban en su boca. “Esta masacre estadounidense termina aquí y termina ahora. […] Cuando abres tu corazón al patriotismo no hay cabida para los prejuicios”. Sin duda, era el precursor de un nuevo corte en la política estadounidense.
En el exterior buscaba hacer valer su visión de reconquistar la hegemonía mundial mostrándose como un polemista superbo, un líder resolutivo de los conflictos más largos y activos del presente: el dilema Israel-Palestina y el desarrollo del programa nuclear de Corea del Norte. En el plano multilateral, la doctrina Trump denuncia el maltrato de los foros internacionales y de los aliados, de las políticas de cooperación y desarrollo de su país con y en terceros países y de la corriente imparable de la deslocalización de la industria.
A pesar de que las acciones en este plano vayan encaminadas a hacer reaccionar a la comunidad internacional y redirigir la opinión pública hacia una postura proestadounidense, la realidad se presenta distinta. 2018 comenzó con mayores cifras de desaprobación que aprobación de la Administración Trump; esto no había sucedido en la última década.
La potencia solitaria
“En primer lugar, a los estadounidenses les convendría dejar de actuar y hablar como si este fuera un mundo unipolar. No lo es. Para enfrentarse a cualquier asunto mundial, Estados Unidos necesita la cooperación de, por lo menos, algunas de las grandes potencias”. Este mantra fue recitado por Samuel Huntington hace 19 años durante la última primavera del siglo XX.
Para el académico estadounidense, el mundo se encontraba en una fase de transición entre el éxtasis del mundo unipolar como resultado de la victoria del bloque capitalista al fin de la Guerra Fría y el incierto multilateralismo. En este mundo “unimultipolar”, las acciones de EE. UU. aún resuenan, pero se alzan voces independientes cuya legitimidad está en auge. La lucha encarnizada por prevalecer en la cumbre llevó a Trump al poder; la “masacre” metafórica que contaba el presidente en su toma de posesión es una deriva imparable.
Para ampliar: “The Lonely Superpower”, Samuel P. Huntington en Foreign Affairs, 1999
Aunque el controvertido presidente anunció su intención de remar en contra de la marea, el efecto que ha causado es el contrario. Con la llegada de Mike Pompeo a la Casa Blanca al frente del Departamento de Estado, la política de Trump ha comenzado a tener un cuerpo definido. Reescribir las reglas del tablero internacional para el beneficio de la industria estadounidense es una de las nuevas ambiciones de una Administración que obvia el hecho de que ya le son beneficiosas.
Un ministro indio escribía que “Naciones Unidas ayuda a crear las normas por las que muchos Estados querrían que otros vivieran”. La configuración propia de este foro hace que la visión estadounidense tenga más apoyos que otras alternativas; no olvidemos que el orden económico contemporáneo se gestó en 1944 en Bretton Woods. En segundo lugar, el carácter argumentativo de Naciones Unidas y su legalismo ayuda a respaldar acciones que pueden parecer controvertidas, como son las intervenciones. Estados Unidos se ve como el paladín del Derecho internacional y su presencia en esta organización es imperativa para la salvaguarda de esa imagen. Además, el contacto continuo entre miembros de diferentes delegaciones hace posible maximizar el alcance de la diplomacia; de esta manera, es más factible la celebración de acuerdos que ordenen aún más la comunidad internacional y, en definitiva, ayuden a la prosperidad de los Estados.
Para ampliar: “Why America Still Needs the United Nations”, Shashi Tharoor en Foreign Affairs, 2003
Con estas tres razones conseguimos dejar de lado el debate sobre el fracaso o no de Naciones Unidas. Todos los Estados desean dar a conocer su visión y codificarla, tener un espacio donde justificar sus acciones más polémicas y donde colaborar más estrechamente con sus aliados o conseguir nuevos basados en una visión común de la arena internacional. “El mundo quiere que pienses como un realista”, decía recientemente Stephen M. Walt.
El multilateralismo no es el problema
En los últimos meses, el liderazgo estadounidense en la organización internacional por excelencia se ha visto comprometido. En 2011 la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) reconocía como miembro de pleno derecho a la Autoridad Palestina; Obama dejó entonces de financiar Unesco — lo que dejó un agujero de 65 millones de dólares estadounidenses—, pero se quedó. El 7 de julio de 2017 la Unesco reconocía Hebrón como un lugar palestino, para furor de israelíes y de la delegación estadounidense; en otoño de ese mismo año, Trump anunciaba que su país abandonaría la organización tras 2018.
Tras la llegada del invierno, la embajadora ante Naciones Unidas Nikki Haley hacía saber al nuevo secretario general que Estados Unidos también abandonaría el Pacto Mundial de las Naciones Unidas sobre migraciones alegando incompatibilidades con la soberanía estadounidense. Más tarde, al inicio del verano de 2018 anunciaba su retirada del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas debido a un supuesto sesgo antiisraelí insalvable. Esta decisión llegaba paralela a las críticas que el país americano recibía por la separación de familias en las fronteras, lo que dejaba a miles de niños solos, sin sus padres, al cuidado de las autoridades estadounidenses.
Para ampliar: “Los Estados, a examen: política y derechos humanos”, Lorena Muñoz en El Orden Mundial, 2018
Además de su lucha contra Naciones Unidas, ejemplo de multilateralismo, y sus agencias, ramas dependientes del orden internacional pero independientes en sus objetivos, el regreso a la unilateralidad del Gobierno estadounidense también ha amenazado la viabilidad de otros consensos. Los ejemplos más mediáticos son la retirada del Acuerdo de París contra el cambio climático, el acuerdo con Irán respecto al desarrollo de su programa nuclear, el Acuerdo Transpacífico —que unía Estados Unidos con Asia— y puede que incluso la Organización Mundial del Comercio.
Si la Administración Trump pone el énfasis en las opiniones individuales de los Estados que se convierten en mayoritarias y son codificadas en resoluciones bajo las normas de una organización que su país ha dado forma; si la Administración Trump cree —sin negar el peso de EE. UU.— que podrá traer de vuelta la hegemonía estadounidense con rabietas que generan presupuestos más delgados; si la Administración Trump pretende revertir el avance del tiempo, es que ha abandonado las máximas que representa su país: la aceptación de los principios democráticos como expresión de la mayoría, la defensa del Derecho internacional y de la labor diplomática y la fe en la paz mediante el diálogo. Si la Administración Trump plantea obviar las normas consensuadas para el comercio por su definición de “guerra comercial justa”, es que Estados Unidos ya no es un socio de fiar.
El Gobierno estadounidense ha regresado a la política del gran garrote para lidiar con el resto de Estados. Mediante acciones drásticas, Trump quiere reescribir las reglas de juego con las que el mundo lleva jugando casi un siglo, desde el nacimiento en 1919 de la Sociedad de Naciones. Fortalecer las alianzas regionales y los mecanismos de diálogo y reformar aquello que no funciona sería una reacción sensata para el nuevo orden resultante no de la victoria de una ideología singular, como en la Guerra Fría, sino de la resistencia de Estados Unidos a actuar como potencia hegemónica atemporal. Quizá sea hora de sumarse a la petición del embajador español José A. Zorrilla: mover la sede central de Naciones Unidas de Nueva York a Canadá.



