La imagen de un partidario de Trump con los pies apoyados en el escritorio de la presidenta de la Cámara de Representantes en su despacho del Capitolio de Washington ya ha pasado a la historia. Sin embargo, el asalto a la sede del poder legislativo estadounidense por parte de una turba convencida de que a su líder le han “robado” las elecciones, y azuzada por éste, es solo la culminación de un proceso mucho más largo para desacreditar el sistema electoral estadounidense. Una operación de derribo que tiene un culpable, Donald Trump, pero que el propio sistema ha facilitado por no corregir a tiempo sus numerosas deficiencias.
Un precedente peligroso
Los puntos ciegos del sistema están allí desde hace años, solo era cuestión de que llegara alguien con la voluntad de explotarlos. Alguien que no temiera desafiar a las tradiciones políticas consideradas sagradas y al que tampoco le importara la condena de los medios de comunicación tradicionales. El sistema no estaba preparado para un líder así. Y a medida que Trump ha traspasado todas las líneas rojas, tampoco ha llegado la esperada reacción unánime de la sociedad en defensa del proceso electoral. Los legisladores republicanos, por ejemplo, han necesitado temer por su propia seguridad para siquiera plantearse un rechazo explícito a Donald Trump.
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