En la democracia estadounidense, los votantes no eligen al presidente y vicepresidente. Sus votos, en cambio, sirven para escoger a los 538 compromisarios que conforman el Colegio Electoral, el órgano encargado de seleccionar a ambos mandatarios. Cada estado tiene tantos compromisarios como la suma de sus representantes, que depende de su población, y senadores, dos por región. California, el estado más poblado, cuenta en 2020 con 55 compromisarios, uno por cada 718.405 habitantes, mientras que Wyoming, el más pequeño, cuenta con tres, uno por cada 192.919 habitantes. Además, todos los estados menos Nebraska y Maine utilizan un sistema de escrutinio mayoritario uninominal, por el que el ganador en cada estado, independientemente de por cuánto gane, se lleva los votos electorales de todos los compromisarios de ese estado.
La combinación del Colegio Electoral y ese método de votación otorga una importancia desmedida a una serie de estados clave, conocidos como swing states, o estados “bisagra”, que suelen cambiar de manos en los ciclos electorales. De esta manera, no es necesaria una mayoría del voto popular para convertirse en presidente, sino una mayoría en el Colegio Electoral: 270 compromisarios como mínimo. Donald Trump ya lo demostró en 2016 cuando ganó la Casa Blanca con tres millones de votos menos que Hillary Clinton. Y lejos de ser un sistema extendido en la política estadounidense, el Colegio Electoral es una excepción, ya que en otros comicios como los de la Cámara de Representantes o el Senado la victoria se alcanza por voto popular.
El Colegio Electoral, tan antiguo como Estados Unidos
El Colegio Electoral tiene su origen en la Convención Constitucional de 1787, en la que los Padres Fundadores acordaron la Constitución de Estados Unidos. Pese a que popularmente se cree que este órgano fue diseñado para evitar el monopolio de los estados más poblados en la selección presidencial, uno de sus principales motivos es la esclavitud. Los delegados de los ...