¿Renunciarán Irán y Corea a las armas nucleares? Otros países lo hicieron y no siempre les salió bien

Las tensiones geopolíticas de las últimas décadas han llevado a Irán o Corea del Norte a interesarse en adquirir o ampliar su arsenal nuclear. Pese a los esfuerzos de la comunidad internacional, es poco probable que estos países se desarmen por voluntad propia. Los precedentes de Sudáfrica, Ucrania, Bielorrusia, Kazajistán y Libia ofrecen algunas lecciones, no todas positivas.
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¿Renunciarán Irán y Corea a las armas nucleares? Otros países lo hicieron y no siempre les salió bien
Cartel de la campaña médica contra las armas nucleares en 1980. Fuente: wikimedia.

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Los años noventa fueron convulsos en Rusia y el espacio postsoviético. En medio de la confusión política por la desintegración de la Unión Soviética en 1991, el arsenal nuclear más numeroso en aquel momento —unas 29,000 ojivas— pasó a formar parte de cuatro nuevos Estados soberanos: Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán. Apenas un año más tarde, los tres últimos se habían comprometido a entregarle sus armas nucleares a Rusia, que a cambio respetaría su soberanía territorial. Ucrania, Kazajistán y Bielorrusia forman parte de un selecto grupo de países, como Sudáfrica, que decidieron o bien renunciar a sus programas nucleares o prescindir de ese tipo de armas.

Sudáfrica, de paria internacional a héroe del desarme

La Sudáfrica del apartheid empezó en los años setenta un programa nuclear que pretendía contrarrestar su mala imagen internacional y contener la expansión de la URSS en el sur del continente. Como el apartheid había erosionado la credibilidad internacional del país, el Gobierno sudafricano creyó que poseer armas nucleares daría razones a Estados Unidos y Occidente para intervenir a su favor en caso de agresión soviética. Sin embargo, lejos de mejorar sus relaciones diplomáticas, poseer armas nucleares consolidó a Sudáfrica como un paria internacional. Esto llevó a que, en 1991, en medio de las negociaciones para acabar con la segregación racial, el presidente F. W. de Klerk ordenara desmantelar sus seis ojivas y ratificar el Tratado de No Proliferación Nuclear. A cambio de renunciar a sus armas nucleares, las sanciones sobre Sudáfrica se levantaron y el país mejoró sus relaciones con la comunidad internacional.

El caso de Sudáfrica demuestra que hay un vínculo entre armas nucleares y contexto geopolítico: sin un cambio drástico en las circunstancias internacionales, es poco probable que los países renuncien a su arsenal. Con el colapso de la URSS, el programa nuclear dejó de tener sentido para Sudáfrica desde el punto de vista económico y militar. Ya no había que preocuparse por una posible agresión soviética, y el arsenal pasó a ser un obstáculo para acceder a las nuevas oportunidades económicas y diplomáticas que trajo el fin de la Guerra Fría.

La invasión de Irak y la caída de Gadafi en Libia, precedentes complicados

Los cambios en el contexto internacional pueden llevar a los países a renunciar a sus armas nucleares, pero también a lo contrario. En las últimas décadas, la tendencia que más impacto ha tenido en la proliferación nuclear ha sido el giro de la política exterior estadounidense tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Estados Unidos invadió Irak en 2003 sin el apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU y justificando el ataque con la acusación de que el dictador iraquí, Sadam Huseín, poseía armas de destrucción masiva. Esto mostró hasta dónde estaba dispuesto a llegar Washington para cambiar regímenes que no le fueran favorables o evitar la proliferación nuclear en países hostiles.

El ejemplo de Irak contribuyó a que la Libia de Gadafi abandonara su programa nuclear en 2003. Durante décadas, poseer armas nucleares sirvió al Gobierno libio para mantener una política exterior que, entre otras, incluía patrocinar el terrorismo internacional contra Occidente. No obstante, a partir de los años noventa, las sanciones de la ONU y la caída de los precios del petróleo golpearon la economía de Libia, que tuvo que llegar a un acuerdo en 2003 con Estados Unidos y el Reino Unido para desmantelar su programa nuclear. A cambio, Washington le prometió mejorar sus relaciones con Occidente y levantar las sanciones en la industria del petróleo.

Pese a todo, en 2011 Estados Unidos lideró una intervención militar de la OTAN, esta vez con el permiso de la ONU, para proteger a la población de la represión de Gadafi en el contexto de la guerra civil en el país. Sin embargo, las fuerzas de la OTAN acabaron por ayudar a uno de los bandos a derrocar al dictador y sentaron así un precedente: llegar a un acuerdo con la Casa Blanca para renunciar a las armas nucleares no garantiza que un régimen sobreviva, y poseerlas quizás sí.

La actitud de Estados Unidos en Libia marcó un antes y un después para países hostiles a Washington, como Rusia. Pese a que la misión había sido aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU, Moscú interpretó que la OTAN había excedido su mandato en Libia para forzar un cambio de régimen. Desde entonces, la política exterior rusa se ha vuelto más asertiva y reclama su esfera de influencia tradicional en el espacio postsoviético.

Algunas víctimas del giro de Moscú han sido Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán, a las que les ha pasado factura haber renunciado a sus armas nucleares. Si Ucrania las hubiera conservado, es posible que Rusia no hubiera invadido y anexionado la península ucraniana de Crimea en 2014. Bielorrusia tendría más margen de maniobra frente a la presión económica de Estados Unidos, Rusia y Europa, y tendría más independencia de Moscú en la toma de decisiones. Y Kazajistán tendría más poder para garantizar su soberanía ante la influencia militar y demográfica de Rusia y el creciente peso económico de China. En retrospectiva, la decisión de deshacerse de sus arsenales puede que les vaya a costar parte de su soberanía, lo que, junto con el ejemplo de Libia, constituye una lección para países como Irán o Corea del Norte.  

Corea del Norte e Irán toman nota

Con Irán o Corea del Norte cada vez más inclinados a obtener armas nucleares o aumentar su arsenal, los precedentes muestran que la decisión de conseguirlas no es definitiva. Más al contrario: está condicionada a los cambios en el contexto internacional y a las garantías de seguridad y los incentivos económicos que reciba el país interesado.

Hace unos años, el mundo hubiera esperado que Estados Unidos liderara los esfuerzos para mantener la proliferación nuclear bajo control. Pero ahora que Washington ha perdido centralidad e influencia, China podría ejercer ese rol. Pekín se ha mostrado proactivo al establecer lazos económicos con Irán y es el mayor socio económico y comercial de Corea del Norte, por lo que podría aprovechar estos incentivos para convencerles de renunciar a las armas nucleares.

Sin embargo, no está claro que China quiera asumir esa responsabilidad aunque pudiera. Por un lado, proteger a Irán dañaría las relaciones de Pekín con el resto de Oriente Próximo, en especial con Arabia Saudí, y le haría involucrarse demasiado en una región inestable. Por otro, proteger al régimen hermético de Corea del Norte sería un lastre diplomático para el gigante asiático, que quiere consolidar su liderazgo como gran potencia mundial. 

Además, el destino de Sadam Huseín y Gadafi da razones a Corea del Norte e Irán para desconfiar de las promesas de la comunidad internacional a cambio de renunciar a las armas nucleares. Los desarmes de Sudáfrica y las antiguas repúblicas soviéticas se dieron en un contexto en el que poseer armas nucleares alejaba a esos países de sus objetivos políticos y económicos. Cuando Libia trató de seguir el mismo camino a principios del siglo XXI, la situación geopolítica había cambiado y las armas nucleares habían recobrado su valor como protección ante amenazas exteriores.

Los líderes iraníes y especialmente los norcoreanos parecen tener esto presente. Por tanto, y como las tensiones geopolíticas no se reducen, no está claro que China o el resto de la comunidad internacional puedan convencerles de renunciar a sus programas nucleares. Pese a todo, las negociaciones para recuperar el acuerdo con Irán permiten pensar que la proliferación no es inevitable.

Marta Granados

Barcelona, 1999. Graduada en Relaciones Internacionales y Asuntos Humanitarios en Fordham University (EE. UU.). Interesada en la Nueva Ruta de la Seda china y las relaciones entre Europa y China.