Los años noventa fueron convulsos en Rusia y el espacio postsoviético. En medio de la confusión política por la desintegración de la Unión Soviética en 1991, el arsenal nuclear más numeroso en aquel momento —unas 29,000 ojivas— pasó a formar parte de cuatro nuevos Estados soberanos: Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán. Apenas un año más tarde, los tres últimos se habían comprometido a entregarle sus armas nucleares a Rusia, que a cambio respetaría su soberanía territorial. Ucrania, Kazajistán y Bielorrusia forman parte de un selecto grupo de países, como Sudáfrica, que decidieron o bien renunciar a sus programas nucleares o prescindir de ese tipo de armas.
Sudáfrica, de paria internacional a héroe del desarme
La Sudáfrica del apartheid empezó en los años setenta un programa nuclear que pretendía contrarrestar su mala imagen internacional y contener la expansión de la URSS en el sur del continente. Como el apartheid había erosionado la credibilidad internacional del país, el Gobierno sudafricano creyó que poseer armas nucleares daría razones a Estados Unidos y Occidente para intervenir a su favor en caso de agresión soviética. Sin embargo, lejos de mejorar sus relaciones diplomáticas, poseer armas nucleares consolidó a Sudáfrica como un paria internacional. Esto llevó a que, en 1991, en medio de las negociaciones para acabar con la segregación racial, el presidente F. W. de Klerk ordenara desmantelar sus seis ojivas y ratificar el Tratado de No Proliferación Nuclear. A cambio de renunciar a sus armas nucleares, las sanciones sobre Sudáfrica se levantaron y el país mejoró sus relaciones con la comunidad internacional.
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