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El apartheid se instauró oficialmente en Sudáfrica en 1948 con la victoria electoral del Partido Nacional (PN), representante de los intereses de los afrikáners. El PN implantó la segregación racial, separando a los blancos del resto de la población, que a su vez se dividía en tres categorías: nativos, de color y asiáticos. El racismo institucional se trasladó a la ley con leyes que formalizaban la separación racial y despojaban de derechos a los no blancos. Se prohibió el sexo y el matrimonio interracial, y todo se segregó sobre la base del color de piel: barrios donde vivir, asientos que ocupar en el transporte público, universidades a las que asistir y hasta playas en las que bañarse, entre otras muchas cosas.
Pero, después de cuarenta y dos años, todo cambió en treinta minutos de discurso. Un tiempo después, el que fuera el primer presidente negro de Sudáfrica, Nelson Mandela, dijo de aquello que “nuestro mundo había cambiado de la noche a la mañana”. En esa media hora de discurso, el por entonces presidente del PN y del país, Frederik Willem de Klerk, tuvo tiempo para legalizar el Congreso Nacional Africano (CNA) de Mandela, junto con otros treinta partidos; derogar la pena de muerte; levantar el estado de emergencia declarado cinco años atrás; abrir la puerta a la creación de sindicatos; ordenar la excarcelación de los prisioneros políticos, y permitir la vuelta al país de los exiliados.
La prensa internacional se encontraba en Ciudad del Cabo para contar la esperada salida de la cárcel de Nelson Mandela—para la que tuvieron que esperar nueve días, hasta el 11 de febrero—, pero nadie esperaba la retahíla de decisiones que dieron paso al fin del apartheid. De Klerk había tomado la decisión en Navidad, pero había querido llevarlo con el mayor secretismo posible, pidiendo a su partido que rebajara las expectativas de su discurso. Por no esperarlo, no lo esperaban ni muchos de los diputados de un Parlamento todavía copado al completo por blancos, que jadearon so...
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