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“Para el pueblo judío, el apartheid es la abominación suprema. Es una expresión de la más cruel inhumanidad. Israel hará todo lo posible para eliminar este odioso sistema”. Pese a aquellas palabras de Benjamín Netanyahu como embajador ante Naciones Unidas en 1986, Israel llevaba más de una década siendo el principal proveedor de armas a Sudáfrica, esquivando el embargo de la ONU. “Nosotros creamos la industria armamentística sudafricana”, llegó a decir otro exembajador israelí en Pretoria, que llegó al país en el ocaso del apartheid en 1992. Dos años después, Israel le vendió a Sudáfrica sesenta aviones de combate Kfir. Era la mayor transacción entre ambos países, pero para nada la única.
La relación entre Israel y la Sudáfrica del apartheid había llegado a su punto culmen el 9 de abril de 1976. Ese día el primer ministro israelí Isaac Rabin recibió al sudafricano John Vorster en Jerusalén para una visita de Estado. La situación era paradójica: durante la Segunda Guerra Mundial, Vorster había engrosado las filas de una fuerza afrikáner pronazi y fue arrestado por sus vínculos con los camisas negras de la Italia fascista. Sin embargo, el Gobierno israelí decidió obviar el pasado porque necesitaba afianzar una nueva relación. Rabin afirmó que ambos países compartían “la inestabilidad e imprudencia de origen extranjero”. Vorster añadiría que Israel y Sudáfrica eran “víctimas de enemigos de la civilización occidental”.
El apartheid tenía casi treinta años por aquel entonces, y el aislamiento internacional propició una unión pragmática que muchos en Israel veían con malos ojos. ¿Cómo podía el Estado israelí apoyar a un régimen racista, con lo que habían sufrido los judíos? Creían que eso deslegitimaba el proyecto sionista y le daba razón a la ONU, que un año antes había equiparado ambos regímenes. Pero la unión era clave para su supervivencia.
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