En abril de 2021, apenas dos meses después de ser investido presidente, Joe Biden hizo pública su decisión de poner fin a la presencia estadounidense en Afganistán antes del 11 de septiembre. El anuncio seguía la hoja de ruta de su predecesor, Donald Trump, que en febrero del año anterior ya había pactado la retirada con los talibanes a cambio de que estos prometieran no dar refugio a Al Qaeda. Tras el anuncio de Biden, el resto de países de la OTAN presentes en Afganistán decidieron también retirarse, poniendo fin a veinte años de intervención.
Frente a los talibanes, que se estima cuentan con unos 75.000 combatientes, el Ejército afgano tiene oficialmente 300.000 soldados que han recibido material militar y años de entrenamiento por parte de la coalición internacional. De hecho, desde 2014 el papel de la OTAN era solo el de formar y dar apoyo a las fuerzas afganas, que a partir de entonces pasaron a estar al frente de la toma de decisiones.
A pesar de todas estas importantes ventajas, el Pentágono había advertido a Biden de que la retirada estadounidense traería consigo una victoria segura para los talibanes. Su avance ha sido posible gracias a una combinación de factores previsibles: la dependencia de los afganos del apoyo aéreo proporcionado por la OTAN, la corrupción de los militares y la dificultad de garantizar las líneas de suministro. Todo ello catalizado por el efecto desmoralizador que ha tenido la acelerada retirada occidental, provocando una sensación de pánico entre los soldados y de euforia para los talibanes.
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