Pakistán enfrenta su propia guerra mientras intenta mediar entre Estados Unidos e Irán. La violencia insurgente y la disputa territorial han estallado en una “guerra abierta” con Afganistán este 2026, con bombardeos sobre suelo afgano y una respuesta talibán sin precedentes. A esta presión en la frontera occidental se suma la tensión histórica con India en el este. Esta había escalado en mayo de 2025 tras un atentado en Cachemira atribuido a una organización islamista a la que India acusa de tener vínculos con Pakistán. India respondió atacando territorio pakistaní y suspendiendo el Tratado de las Aguas del Indo.
Cuando los talibanes regresaron al poder en Afganistán en 2021, Pakistán lo interpretó como una victoria estratégica tras décadas de apoyo económico y militar. Pero ese triunfo resultó ser un espejismo. Lejos de estabilizar la región, el nuevo contexto ha fortalecido la insurgencia interna, especialmente del Movimiento de los Talibanes de Pakistán (TTP, por su siglas en urdu), en un entorno regional cada vez más hostil. El acercamiento de India a Afganistán e Irán, junto con las dificultades de China para sostener el corredor económico con Pakistán por la inseguridad, han dejado a Islamabad con menos margen y más vulnerable.
La estrategia de Pakistán, marcada por el conflicto
El conflicto entre Pakistán y Afganistán tiene sus raíces en una histórica disputa territorial y étnica. El origen se encuentra en la Línea Durand, establecida en 1893 por el Imperio británico. Esta frontera divide a los pastunes —etnia mayoritaria en Afganistán y muy presente en Pakistán— y es reconocida por Islamabad, pero no por Kabul, que históricamente ha defendido que esos territorios deberían unirse. Las tensiones entre ambas partes se remontan a 1947, cuando Afganistán votó en contra del ingreso de Pakistán en Naciones Unidas. Desde entonces, la relación ha estado marcada por la ambigüedad y la desconfianza.
Tras la independencia y la guerra con India en 1947, el nuevo Estado pakistaní se sintió vulnerable. Pasó a percibir a la India como una amenaza existencial, una idea que se consolidó en 1971 con la pérdida de Pakistán Oriental —actual Bangladés— tras una nueva guerra. Este doble trauma ha condicionado la estrategia de seguridad pakistaní, orientándola a compensarla con mecanismos como la “profundidad estratégica”. Esta doctrina veía a Afganistán como un colchón frente a India: un territorio que evitaría que Pakistán quedara rodeado y le daría margen de maniobra en caso de conflicto. También era una cuestión política: se trataba de asegurar un Gobierno aliado en Kabul que frenara la influencia india en la región.
Para materializar esta estrategia, Pakistán recurrió a milicias y grupos insurgentes. Durante la invasión soviética de Afganistán (1979–1989), Islamabad apoyó a los muyahidines en coordinación con Estados Unidos y Arabia Saudí, canalizando financiación y armamento a través del ISI, el servicio de inteligencia pakistaní. Este apoyo contribuyó a la derrota soviética, pero también dio lugar a una red fragmentada de grupos armados que en los años noventa se enfrentaron entre sí en una guerra civil.
En este contexto de caos emergió el movimiento Talibán, integrado en gran medida por estudiantes formados en madrasas en Pakistán y apoyado por el ISI. Los talibanes no fueron una continuación directa de los muyahidines, sino una respuesta al desorden que estos habían generado. Su rápida expansión por Afganistán culminó con la toma de Kabul en 1996 y la instauración de un régimen que Pakistán reconoció con rapidez para asegurar un Gobierno afín y consolidar su influencia en el país vecino.
Tras el 11S, Pakistán se alineó con Estados Unidos, proporcionando apoyo logístico y de inteligencia. Sin embargo, esta cooperación coexistió con una influencia encubierta en Afganistán, ofreciendo refugio a la cúpula talibán, a Osama bin Laden y a redes terroristas como la Haqqani. Este doble juego reflejaba un dilema entre evitar el aislamiento internacional y no ser señalados como promotores del terrorismo, y preservar su proyección regional. Un equilibrio que se rompería tras el regreso de los talibanes al poder en 2021, cuando los actores que Pakistán había ayudado a fortalecer comenzaron a escapar a su control.
Del instrumento al enemigo
La llegada al poder de los talibanes en 2021, tras décadas de apoyo encubierto por parte de Pakistán, supuso un punto de inflexión en la estrategia regional de Islamabad. La cúpula militar pakistaní esperaba que un Gobierno talibán favorable contribuyera a contener la amenaza insurgente del TTP y reforzara su influencia en Afganistán. Sin embargo, los talibanes afganos, impulsados por un fuerte nacionalismo y una lógica de poder propia, han rechazado actuar como un aliado subordinado.
El TTP, fundado en 2007 como una coalición de milicias en las zonas tribales fronterizas entre Afganistán y Pakistán, comparte afinidad ideológica con los talibanes afganos, pero persigue objetivos distintos: derrocar al Estado pakistaní e instaurar un emirato islámico bajo su propia interpretación de la sharía. Debilitado por las ofensivas militares pakistaníes hacia 2014, el grupo encontró refugio en Afganistán, desde donde se ha reorganizado. Lejos de desaparecer tras el regreso de los talibán al poder, el TTP ha resurgido desde 2021. Liderado por Noor Wali Mehsud, el grupo ha consolidado su presencia en provincias orientales afganas, desde donde opera con relativa impunidad. Y beneficiado por la victoria de los talibanes afganos y el acceso a armamento abandonado tras la retirada occidental, el TTP ha intensificado sus ataques en provincias fronterizas pakistaníes, especialmente en Jaiber Pastunjuá y Baluchistán.

La inacción de los talibanes afganos frente al TTP responde a varios factores. Por un lado, existe una afinidad ideológica y vínculos de combate forjados durante dos décadas de insurgencia conjunta, lo que dificulta que Kabul actúe contra los que considera sus aliados naturales. Por otro, el liderazgo talibán usa al TTP para presionar a Pakistán: en el fondo hay una desconfianza y resentimiento hacia la injerencia histórica del ISI, percibida como un intento de control pese al apoyo recibido en sus inicios. Aunque Islamabad acusa a Afganistán de albergar y apoyar al grupo, las autoridades talibanes lo niegan.
Pakistán ha perdido el control sobre los actores que contribuyó a fortalecer. La violencia insurgente ha aumentado hasta hacer del país el más afectado del mundo por el terrorismo en 2026. A la amenaza del TTP se suma la del Ejército de Liberación de Baluchistán (ELB), un grupo insurgente que persigue la independencia de esta región estratégica que ocupa cerca del 44 % del territorio de Pakistán y concentra gran parte de la población baluchi, también presente en Irán y Afganistán. El ELB ataca infraestructuras y proyectos estratégicos pakistaníes, incluidos aquellos vinculados al Corredor Económico China-Pakistán (CPEC). El deterioro de la seguridad interna no sólo ha incrementado la violencia, sino que también ha desgastado al Estado pakistaní, erosionando su control territorial y agravando su posición geopolítica.
Una región más volátil y sin salida clara
Con la guerra en Irán habiendo estallado un día después, el pasado 28 de febrero, la tensión entre Pakistán y Afganistán supone otro frente cercano. Ambos conflictos están conectados geográficamente y comparten la cuestión baluchi, que puede retroalimentar la inseguridad regional. En este contexto, el ecosistema que Pakistán diseñó para compensar su inferioridad frente a India es hoy su principal fuente de debilidad. La obsesión histórica con Nueva Delhi ha llevado a Islamabad a apoyarse en actores no estatales que, lejos de reforzar su posición, han erosionado su estabilidad interna y su margen de maniobra regional.
De hecho, las tensiones entre Kabul e Islamabad han acercado a India y Afganistán. Los talibanes, inicialmente con poco reconocimiento internacional, han tratado de diversificar sus apoyos. Aprovechando que buscan más autonomía frente a Pakistán, India ha reforzado sus vínculos, restaurando relaciones diplomáticas, enviando ayuda humanitaria y reabriendo su embajada en 2025. Por su parte, las autoridades talibanes se comprometieron a no permitir que el territorio afgano sea usado contra los intereses indios.
Los aliados tradicionales de Pakistán tampoco ofrecen una salida clara. China, su principal socio económico, tiene intereses estratégicos en el país a través del CPEC. Sin embargo, la creciente violencia del ELB, que ataca de forma recurrente a trabajadores e ingenieros chinos denunciando la explotación de recursos locales, ha puesto en riesgo estos proyectos. Esta inseguridad ha alimentado el sentimiento antichino y ha paralizado parte de las inversiones vinculadas a la Nueva Ruta de la Seda.
En paralelo, Pekín ha intentado mediar entre Pakistán y Afganistán tras los esfuerzos impulsados por Catar, Arabia Saudí y Turquía, que lograron un acuerdo de paz en octubre de 2025. Sin embargo, la posición de China es compleja: tiene intereses económicos en ambos países y prioriza la protección de sus inversiones, pero no controla la situación sobre el terreno ni a los grupos armados en la región. Esto limita su capacidad para ofrecer una solución estructural. De hecho, pese a la reciente tregua de cinco días por el fin del ramadán promovida por Catar, Arabia Saudí y Turquía, el alto al fuego terminó apenas un día después.
La relación con Estados Unidos también ha cambiado. Tras la retirada de Afganistán en 2021, la Administración de Joe Biden redujo al mínimo los vínculos con Pakistán, en gran medida por su ambigüedad con los talibanes. Ahora Donald Trump ha sido más pragmático. Washington ya no prioriza la cooperación antiterrorista, sino que condiciona su apoyo a intereses concretos, como la estabilidad regional o el acceso a minerales críticos. Este “apoyo a cambio de resultados” limita el margen de maniobra de Pakistán y lo expone a una retirada del respaldo estadounidense si no cumple con sus expectativas.
En un giro inesperado, Pakistán ha surgido como mediador entre Estados Unidos e Irán, en parte por su dependencia energética del estrecho de Ormuz. La posición de Pakistán —sin bases estadounidenses, con una significativa población chií y estrechos vínculos con Arabia Saudí— le permite presentarse como un interlocutor válido para ambas partes. Sin embargo, esta acción exterior contrasta con su situación interna: mientras intenta mediar en otro conflicto, Pakistán sigue enfrentando tensiones abiertas con Afganistán.
Pakistán afronta el desgaste de su arquitectura de seguridad: a la presión de una India en ascenso se suma una creciente inestabilidad interna, impulsada por el TTP y el nacionalismo baluchi. Todo un escenario de vulnerabilidad estructural. A su vez, el sur de Asia es cada vez más inestable, marcado por la rivalidad indo-pakistaní, la fragilidad afgana y ahora también el conflicto en Irán. Estas dinámicas se refuerzan entre sí, conectando conflictos, actores y territorios. El resultado es un entorno cada vez más volátil, donde las tensiones tienen cada vez más capacidad de escalar y extenderse en una misma lógica de inseguridad.