Pakistán enfrenta su propia guerra mientras intenta mediar entre Estados Unidos e Irán. La violencia insurgente y la disputa territorial han estallado en una “guerra abierta” con Afganistán este 2026, con bombardeos sobre suelo afgano y una respuesta talibán sin precedentes. A esta presión en la frontera occidental se suma la tensión histórica con India en el este. Esta había escalado en mayo de 2025 tras un atentado en Cachemira atribuido a una organización islamista a la que India acusa de tener vínculos con Pakistán. India respondió atacando territorio pakistaní y suspendiendo el Tratado de las Aguas del Indo.
Cuando los talibanes regresaron al poder en Afganistán en 2021, Pakistán lo interpretó como una victoria estratégica tras décadas de apoyo económico y militar. Pero ese triunfo resultó ser un espejismo. Lejos de estabilizar la región, el nuevo contexto ha fortalecido la insurgencia interna, especialmente del Movimiento de los Talibanes de Pakistán (TTP, por su siglas en urdu), en un entorno regional cada vez más hostil. El acercamiento de India a Afganistán e Irán, junto con las dificultades de China para sostener el corredor económico con Pakistán por la inseguridad, han dejado a Islamabad con menos margen y más vulnerable.
La estrategia de Pakistán, marcada por el conflicto
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