Litio, tierras raras y yihadismo: por qué China quiere aliarse con los talibán

El Gobierno chino lleva años estrechando lazos con los talibanes. Quiere explotar el litio y las tierras raras en Afganistán, acortar sus rutas comerciales y evitar una insurgencia yihadista en Xinjiang. Sin embargo, la inexperiencia de su socio y la crisis en el vecino Pakistán lo dificultan a corto plazo.
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Litio, tierras raras y yihadismo: por qué China quiere aliarse con los talibán
Fuente: elaboración propia con imágenes de Wikimedia Commons

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China entendió que las conversaciones en Afganistán se hacían con los talibanes desde que Estados Unidos negoció con ellos la retirada de sus tropas. Esta se hizo efectiva en agosto de 2021, y para entonces los talibanes y Pekín ya se habían acercado. Poco después, el nuevo Gobierno afgano reconocía que el gigante asiático sería su “mayor socio”. Casi no tiene reconocimiento internacional, pero sí de potencias como Rusia, Irán, Pakistán, Catar, Arabia Saudí o Turkmenistán, además de China, que está decidida a comerciar con él e incluirlo en foros internacionales.

Pekín publicó el pasado mes de abril una hoja de ruta de once puntos acerca de su posición sobre “la cuestión afgana”. En ella muestra su interés en la estabilidad del país y en contribuir a desarrollar su infraestructura. La estabilidad de Afganistán le importa para la seguridad de sus negocios, pero también para explotar sus recursos naturales, valorados en más de un billón de dólares según estimaciones del anterior Gobierno afgano. China ya está ganando terreno para explotarlos y para expandir sus proyectos de infraestructura, hilando al país en la Nueva Ruta de la Seda.

A la caza de los recursos de Afganistán

Afganistán vive una crisis económica y humanitaria a raíz de la caída del Gobierno, la llegada de los talibanes al poder en agosto de 2021 y las sanciones internacionales. Estados Unidos, por ejemplo, tiene congelados 7.000 millones de dólares del banco central afgano. Pero los talibanes aseguran que la explotación de sus recursos podría hacer del país uno de los más ricos de la región. Afganistán posee grandes yacimientos de hierro, cobre, aluminio, zinc, litio, piedras preciosas, tierras raras y reservas de gas y petróleo. Esto ha hecho que la Unión Soviética o Estados Unidos con Donald Trump hayan intentado explotarlos. China ya tenía contratos de explotación antes de que volvieran los talibanes, y desde entonces han retomado las conversaciones. De hecho, la petrolera y gasista china Capeic cerró en enero de este año el primer gran acuerdo comercial del Gobierno talibán con una compañía extranjera.

China, por su parte, pretende ser independiente en materia de energía y por ello ha apostado por las renovables. Por ejemplo, se ha convertido en la fábrica de placas solares del mundo. Pero para mantener ese liderazgo necesita tierras raras y litio. Las tierras raras son elementos que sirven para fabricar desde móviles, baterías o equipos médicos, hasta satélites y armas. Estos metales se han convertido en el oro negro del siglo XXI, en especial para las grandes economías que las necesitan para la transición ecológica. China tiene las mayores reservas de tierras raras del planeta, y no es casual que la provincia de Shenzhen sea una de las capitales tecnológicas y uno de los centros financieros más importantes del mundo. Allí se producen chips, circuitos, pantallas o teléfonos que se exportan a todo el planeta.

Sin embargo, la extracción de tierras raras es muy contaminante. China ya está sufriendo las consecuencias en ríos y suministros de agua y en suelos estériles. Además, sus tierras raras son insuficientes para abastecer su demanda, por lo que busca nuevos mercados como el afgano. También hay indicios de que las reservas afganas de litio, otro mineral vital para la transición verde, son enormes. Quizá mayores que las de Bolivia, consideradas hasta ahora las mayores del mundo. La empresa china Gochin se ha propuesto invertir 10.000 millones de dólares para extraerlas.

Asegurar la Nueva Ruta de la Seda

China quiere invertir en Afganistán porque le ofrece grandes oportunidades tanto de desarrollo minero como de construcción. No obstante, su verdadera prioridad es la seguridad. A China le interesa ganar influencia regional y asegurarse la estabilidad de los países que forman parte de la Nueva Ruta de la Seda. La inestabilidad de cualquiera de ellos perjudica sus intereses y su expansión marítima y terrestre.

En 2021, el Gobierno chino vio la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán como una oportunidad. Vio que podía llenar el vacío de poder que había dejado Estados Unidos, así reconoció de inmediato al Gobierno talibán. Al mismo tiempo, necesita a los talibanes para contener la amenaza terrorista en el país. China no olvida que Afganistán ha sido foco de yihadismo internacional durante años, y comparten una pequeña frontera conocida como el corredor de Waján, de unos 76 kilómetros.

Este corredor conecta Afganistán con la provincia china de Xinjiang, donde vive la minoría musulmana uigur. China lleva años reprimiendo a esta población, en un intento de borrar su religión y cultura con “campos de reeducación”. La ONU ha acusado a Pekín de violar los derechos humanos y varios países occidentales le han sancionado por ello. El pretexto de China es perseguir los movimientos islamistas e independentistas de Xinjiang, como el grupo yihadista Movimiento Islámico del Turkestán, que colabora con los talibanes. Por ello, China necesita afianzar relaciones con el nuevo Gobierno afgano si quiere evitar una insurgencia yihadista en la región.

Inestabilidad e incompetencia: los obstáculos para Pekín

China ha entendido que Afganistán puede serle muy útil en su plan para consolidarse como superpotencia. Este país representa un mercado jugoso, su ubicación permitiría acortar las rutas comerciales chinas hacia Oriente Próximo y los talibanes son clave para mantener la seguridad en Xinjiang. Además, el Gobierno talibán está dispuesto a colaborar, agradecido de que China no pretenda interferir en sus asuntos internos. Con Occidente reacio a relacionarse con los talibanes por sus atropellos de los derechos humanos, el mercado está abierto para China y sus aliados. Pero en el plan chino no todo son ventajas. De hecho, enfrenta dos grandes problemas: la inestabilidad en el vecino Pakistán y la incompetencia de los talibanes.

Pakistán es un socio clave en la Nueva Ruta de la Seda china. Su ubicación entre Asia Central y el océano Índico permite exportar los productos chinos evitando los cuellos de botella del sudeste asiático a través del corredor económico chino-pakistaní. Esa misma ruta podría usarse para extraer los recursos de Afganistán. Sin embargo, Pakistán vive una creciente inestabilidad política y una crisis económica que lo tienen al borde del colapso. La construcción de las infraestructuras del corredor ha sufrido retrasos y problemas de seguridad. La joya de la corona, el puerto de Gwadar, tampoco está operativo del todo. De ahí que muchos inversores chinos y el Gobierno se muestren reacios a invertir en nuevos proyectos en Pakistán. 

Finalmente, los esfuerzos diplomáticos de China en Afganistán chocan con los problemas internos en el régimen talibán. El país carece de infraestructuras, el nuevo Gobierno no tiene experiencia de gestión y está lastrado por corrupción y luchas de poder internas. Todo ello supone que, pese al gran atractivo de la riqueza mineral en Afganistán, no parece que China vaya a poder aprovecharlo de verdad en el corto plazo.

Asma El Kanfoudi

Madrid, 2000. Estudiante de Relaciones Internacionales en inglés por la URJC. Apasionada de las relaciones entre la Unión Europea, Asia, el Magreb y Oriente Próximo, las migraciones, la seguridad energética y la geopolítica.