Lo que China quiere del nuevo Afganistán talibán

China necesita un Afganistán estable y confía en que el nuevo régimen de los talibán pueda garantizarlo. Si lo hace, el Gobierno chino podría invertir en la reconstrucción del país y ayudar a los talibán a legitimarse en el exterior. Pero para asegurarse de que los afganos cumplen su parte va a necesitar el apoyo de potencias regionales, como Pakistán, que sean capaces de influir directamente en ellos.
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Lo que China quiere del nuevo Afganistán talibán
Fuente: elaboración propia.

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Veinte años después de la intervención militar que depuso al Gobierno talibán en Afganistán, el presidente Joe Biden ha ordenado la retirada de las últimas tropas estadounidenses que quedaban en el país, a las que han seguido las de sus aliados de la OTAN. Pero sin ese apoyo, el Ejército afgano ha colapsado en pocas semanas y ahora la comunidad internacional debe recalibrar su relación con los talibán, de nuevo en el poder. Para China, envuelta en una pugna estratégica con Estados Unidos, el repliegue de su adversario supone una oportunidad. 

Lo más importante para China es la estabilidad

Con todo, Pekín afronta esta nueva realidad con más cautela que entusiasmo. El Gobierno chino quiere eliminar lo que considera los “tres males” de la región: el terrorismo, el extremismo y el separatismo. Si algo obsesiona a China es que se respete su soberanía territorial, y Xinjiang es uno de los puntos calientes en este sentido. Esta región del noroeste del país, fronteriza con Afganistán, está habitada por la minoría uigur, musulmana. China recuperó Xinjiang en 1949, y desde entonces han surgido allí varios movimientos separatistas, a los que el Gobierno ha respondido reprimiendo a los uigures.

Algunos de esos grupos separatistas, como el Movimiento por la Independencia del Turquestán Oriental (ETIM por sus siglas en inglés), han abrazado la violencia, cometiendo actos terroristas dentro del territorio chino. Según la ONU, en 2020 había alrededor de quinientos militantes de ETIM en Afganistán, y China sospecha que cuentan con la protección de los talibán. Ambos grupos pudieron haber luchado juntos, y también con Al Qaeda, contra las fuerzas occidentales en estos veinte años de guerra en el país. 

Por eso el Gobierno chino quiere evitar que ahora Afganistán vuelva a convertirse en un santuario para grupos terroristas, como ya ocurrió entre 1996 y 2001, cuando Al Qaeda estableció allí su base de operaciones. Es el mismo objetivo que tenía Estados Unidos cuando invadió el país en 2001. Pero en vista del fracaso de esa intervención, China prefiere seguir su propio camino: los chinos se han reunido en los últimos años con representantes talibán para insistir en que mantengan a raya a estos grupos. A cambio, China se ha mostrado dispuesta a mantener relaciones diplomáticas formales con los talibán y ha dejado entrever la posibilidad de invertir en el país si el nuevo Gobierno consigue estabilizarlo.

Pakistán, la bisagra que China necesita con los talibanes

Por ahora los talibán han declarado su intención de mantener buenas relaciones con China y de evitar que grupos como ETIM ataquen su territorio desde Afganistán. Pero Pekín tiene motivos para desconfiar. Por una parte, no está claro que los veteranos líderes talibán vayan a ser capaces de controlar a las facciones más radicales del movimiento, formadas por militantes jóvenes y envalentonados por la reciente victoria y que no ven con malos ojos la alianza con otros grupos extremistas. Además los talibán no le deben nada a China, ya que no consta que Pekín haya intercedido decisivamente a su favor durante la guerra ni que se haya comprometido a darles ningún apoyo material. Y el Gobierno chino no intervendrá militarmente en Afganistán para no repetir los errores de la Unión Soviética y EE. UU., por lo que los talibán pueden permitirse tensar la cuerda en sus relaciones con China sin correr demasiados riesgos.

Eso implica que China debe buscar un camino alternativo para presionar a los talibán, y Pakistán es una buena baza. Aunque este país siempre ha mantenido una posición ambigua con respecto al grupo islamista, muchos de sus militantes han encontrado allí refugio durante la guerra. No solo eso: el principal aparato de inteligencia pakistaní, el Inter-Services Intelligence (ISI), ha tejido estrechos lazos con el movimiento, y en especial con la Red Haqqani, una facción talibán que opera desde Pakistán y a la que ha dado armas y cobijo. También se sospecha que veteranos del Ejército pakistaní han ofrecido seguridad a los más altos mandos talibán hasta que estos han vuelto a su país.

Pero si los talibán dependen mucho de Pakistán, Pakistán depende casi por completo de China. Pekín es el principal exportador de material de defensa al país y ha hecho inversiones millonarias en proyectos como el Corredor Económico China-Pakistán. De hecho, el Estado pakistaní no puede asumir el pago en los plazos acordados y necesita que China acepte una reestructuración de la deuda. Por tanto, es más probable que Pekín consiga influir en los talibán a través de Pakistán que negociando directamente con ellos.

Inversiones y recursos naturales

El nuevo Gobierno afgano tendrá que afrontar la reconstrucción de un país que arrastra veinte años de guerra. Pero dadas la escasa infraestructura económica de Afganistán y la limitada experiencia administrativa de los talibanes, es de esperar que traten de atraer inversión extranjera para sentar los cimientos de su Estado. China tiene opciones de ser uno de los principales actores en ese campo. El portavoz de los talibán aseguró en julio que darían la bienvenida a que los chinos participaran de la reconstrucción y el desarrollo de Afganistán. En la misma línea, el diario Global Times, controlado por el Partido Comunista Chino, argumentaba a mediados de agosto que esta es una de las mejores oportunidades que tiene China para desarrollar buenas relaciones con Afganistán.

Si se lanza a invertir en el país, China pondrá seguramente el ojo en las ricas reservas de recursos naturales que esconde el suelo afgano, valoradas en alrededor de un billón de dólares estadounidenses. Entre ellas hay tierras raras, un mercado que China ya domina, pero también otros minerales como zinc, aluminio o mercurio, esenciales para la producción de material tecnológico y armamentístico, dos industrias que China considera estratégicas y en las que está expandiendo su producción y exportación.

En cualquier caso, que China invierta en Afganistán dependerá de que los talibán estabilicen el país y eviten que se fragüen allí atentados contra los intereses chinos. Los últimos años de guerra han paralizado los pocos proyectos que Pekín tiene en marcha en territorio afgano, incluidas minas de cobre y yacimientos de petróleo. Además, el Partido Comunista Chino prefiere enviar a sus propios ciudadanos a trabajar en sus proyectos en el extranjero, y no está dispuesto a poner sus vidas en riesgo y dar una imagen de debilidad ni de cara a su población ni a la comunidad internacional. Ya ha ocurrido en Pakistán, donde insurgentes locales —algunos de los cuales también tienen estrechas relaciones con los talibán— han atentado contra ciudadanos chinos en el país.

Nada está decidido

Por ahora, China dista mucho de tener una ruta de actuación definida en Afganistán. Solo en el caso de que los talibán estabilicen el país y eviten que desde allí se planifiquen atentados contra China, Pekín se planteará poner en marcha proyectos económicos. Mientras tanto, el Gobierno chino presionará a Pakistán y otros actores que puedan influir directamente en los talibán, para seducirlos con la promesa de inversiones y reconocimiento diplomático si cumplen con lo prometido.

Alberto Ballesteros

Madrid, 1996. Especializado en sanciones internacionales, controles de exportación y las redes de proliferación de armas de destrucción masiva. Máster en Inteligencia y Seguridad Internacional por el King's College de Londres. Me interesa lo relacionado con la estrategia, seguridad y política internacional, sobre todo en las regiones de Asia-Pacífico y el sudeste asiático.