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El origen de Dáesh: entre el conflicto, la fantasía y el caos

El origen de Dáesh: entre el conflicto, la fantasía y el caos
Ruinas de la centenaria mezquita Al Nuri (Mosul, Irak), desde donde Abu Bakr al Bagdadi proclamó el fantasioso califato de Dáesh en junio de 2014. Fue destruída en 2017 por los propios combatientes de Dáesh cuando huían de la ciudad, asediada por las tropas kurdas. Fuente: Wikimedia

Dáesh, mediante la difusión de unas fantasiosas profecías apocalípticas, ha crecido allí donde se propagó un conflicto marcado por la geopolítica del caos, un escenario de inestabilidad, polarización y colapso humanitario y sociocultural alimentado por intervenciones militares extranjeras. Frustrados los objetivos territoriales de este grupo terrorista, su ideología, su capacidad de asesinar y de adaptarse al contexto siguen latentes.

El proyecto inicial del mal llamado Estado Islámico (Dáesh) se enfocó en la conquista de un amplio territorio que abarcaba desde Al Ándalus —la península ibérica— hasta el Jorasán —Irán, Afganistán, India, etcétera—, pero las ambiciones expansionistas de este grupo terrorista se han visto malogradas por la pérdida de las últimas ciudades y pueblos que controlaban en Siria e Irak. El fin del “califato” ha venido marcado simbólicamente con la caída del pequeño pueblo sirio Baguz en el pasado marzo de 2019, liberado por las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF por las siglas en inglés), comandadas y compuestas en su mayoría por fuerzas kurdas.

Dáesh debe su existencia, entre otros factores, al marco de la llamada “geopolítica del caos”: un escenario en el que se cruzan los intereses de grandes y medianas potencias donde habitualmente las grandes intervienen militarmente sobre países con menor poderío militar, llegando a ocasionar la destrucción de infraestructuras públicas —suministros eléctricos, sanidad, educación, etcétera— y numerosas muertes y heridos en la población civil. Por ello, la región en la cual se autoproclama el “califato” no responde a la casualidad. La invasión estadounidense de Irak en 2003, la sectarización religiosa en toda la región —alimentada políticamente— o el fracaso y represión de las revueltas árabes de 2011 en Siria y Libia son hechos cruciales en los orígenes del falso califato terrorista.

Habitualmente, el origen del Dáesh se marca con la imagen de su líder Abu Bakr al Bagdadi autoproclamándose califa desde la mezquita Al Nuri en Mosul (Irak) en junio de 2014. Sin embargo, para encontrar las raíces de este grupo terrorista hay que ir algunos años atrás, con la conformación de Al Qaeda en Irak bajo las órdenes del fallecido yihadista Abu Musab al Zarqaui. Dáesh supone una radicalización de las premisas y metodologías de las que partía Al Qaeda, constituyendo una maquinaria de terror mediatizado que mancha el nombre del islam para justificar sus actos: se autoproclaman defensores de la fe mientras distorsionan su significado, siendo más del 85% de sus víctimas la propia comunidad musulmana.

Ahora bien, conquistado territorialmente Dáesh, ¿está verdaderamente derrotado el yihadismo y superadas las motivaciones estructurales y socioculturales que propiciaron su éxito? La realidad dista mucho de ser así.

Guerra civil en Al Qaeda

Al Qaeda, a la vanguardia del terrorismo yihadista desde los años 90 con el fallecido Osama bin Laden a la cabeza, se organiza en células y filiales que operan localmente allí donde se instalan y que se deben a una estrategia de acción global, aunque guarden cierta autonomía. Los conflictos internos de esta organización servirán de caldo de cultivo para el nacimiento de Dáesh.

El jordano Abu Musab al Zarqaui funda en 1999 la organización insurgente Tawhid wal Yihad (que podría traducirse como ‘Organización del Monoteísmo y la Yihad’), un grupo creado con la intención de derrocar la monarquía jordana e implantar un Estado islámico en este país y que, sin embargo, acabó operando principalmente en Irak. La visión que el yihadista jordano tenía sobre las formas de ejecutar la yihad eran mucho más radicales que las de Osama bin Laden y la dirección de Al Qaeda, lo cual le llevó a tener discusiones y disputas ideológicas con este grupo ya desde 1999. A pesar de ello, en octubre de 2004, Zarqaui jura fidelidad a Bin Laden y nace, bajo su liderazgo, la filial de Al Qaeda en Irak (AQI).

Antes de liderar AQI, Zarqaui ya había ordenado y organizado acciones criminales contra población civil musulmana, especialmente contra los chiíes. Sus acciones estaban amparadas ideológicamente bajo la creencia de que para la consecución del califato era necesaria la purga interna de la umma, la ‘comunidad de creyentes’. Una vez como líder de AQI siguió manteniendo estas prácticas, lo que le valió a Zarqaui reprimendas de la dirección de Al Qaeda. Los líderes de AQ le enviaban cartas instándole a rebajar sus métodos y centrarse en acaparar el apoyo social para el posterior establecimiento del califato a largo plazo, una opción que el dirigente yihadista jordano no contemplaba, puesto que él consideraba que el califato debía ser establecido cuanto antes y el apoyo popular se conseguiría más adelante, mediante el férreo control social y las purgas.

Las fantasiosas aspiraciones iniciales del califato que pretendía construir Dáesh abarca desde la península ibérica hasta la India y Sri Lanka. Fuente: 20minutos

En junio de 2006, antes de que Abu Musab al Zarqaui pudiera materializar su idea de proclamar un Estado islámico, fue abatido por fuerzas estadounidenses. Pero meses antes de su muerte, AQI se fusionó con otros cinco grupos afines creando el Consejo de la Shura Muyahidín. Pasados cuatro meses de la muerte de Zarqaui, el Consejo se renombra en el que sería el antecedente más cercano a Dáesh, el Estado Islámico de Irak (ISI), bajo las órdenes de Abu Umar al Bagdadi —que no debe confundirse con el actual líder, Abu Bakr al Bagdadi— y Abu Ayub al Masri. A partir de ese momento se generan mayores tensiones entre la dirección de Al Qaeda y su filial iraquí, aunque todavía no se separen formalmente. El intento de instaurar el califato por parte del ISI —que entonces no había conseguido apenas control territorial— fracasa en 2010, cuando Estados Unidos abate a sus dos líderes. Es en este año 2010 cuando recoge el testigo el actual líder de Dáesh, Abu Bakr al Bagdadi.

Con Bagdadi a la cabeza de una organización prácticamente autónoma de Al Qaeda —aunque los líderes de AQ todavía reconocían a Bagdadi como líder de ISI—, y aprovechando la situación de caos generada en 2011 por la guerra civil en Siria, ISI intenta extender su influencia sobre Siria. La pretensión es fusionar a la filial de Al Qaeda en Siria —el Frente Al Nusra— con la organización de Bagdadi para así proclamar un Estado islámico conjuntamente en Irak y Siria. La dirección de Al Qaeda se opone a que la filial iraquí controle a la siria, puesto que opinan que deben actuar cada una de forma independiente, y Mohammed al Jolani, líder de Al Nusra, también se niega a la fusión. No obstante, ISI logra expandirse en Siria, llegando incluso a admitir a integrantes de Al Nusra. En 2014, tras años de tensión y conflicto con su filial iraquí, y mediante una carta, el líder de Al Qaeda Ayman al Zawahiri oficializa la escisión de Dáesh de Al Qaeda. Ese mismo año, Bagdadi anuncia el mal llamado califato mediante su autoproclamación como califa.

Para ampliar: “The War between ISIS and al-Qaeda for Supremacy of the Global Jihadist Movement”, Aaron Y. Zelin en The Washington Institute for Near East Policy, 2014

La profesionalización mediatizada del terror

Todo grupo yihadista tiene como fin último la proclamación de un Estado islámico. Para ello, Al Qaeda sigue los planteamientos de teóricos como el sirio-español Abu Musab al Suri —también conocido como Mustafá Setmarian—. En su obra Llamada a la resistencia islámica global, Suri  considera que la línea a seguir por Al Qaeda debe ser la proclamación de un Estado islámico, debiendo pasar previamente por una yihad apoyada popularmente. Aunque coincide en la finalidad de crear un Estado islámico, Dáesh difiere de la estrategia de Suri en cómo conseguir los objetivos. Escalando peldaños en el grado de violencia y terror, Dáesh se sustenta ideológicamente —además de en la trayectoria del dirigente terrorista jordano Zarqaui— en la obra De la gestión del salvajismo, escrita por el teórico yihadista que se hace llamar Abu Bakr Naji. Este texto ha sido bautizado por algunos expertos como “el Mein Kampf de la yihad”.

Aunque Naji expone que es importante ganarse el apoyo popular mediante la puesta en marcha de servicios públicos, su obra deja claro que la estrategia para instaurar un Estado islámico es la dominación mediante la violencia sin paliativos. Por lo tanto, al contrario que para Al Qaeda, para Dáesh no importa si se tiene el apoyo de los musulmanes del lugar, sino conquistar terreno y proclamar cuanto antes el califato mediante la violencia. Bajo estas premisas, además de Dáesh, otras filiales y grupos fieles a Al Qaeda han desafiado previamente su dirección global con intentos frustrados de proclamar Estados islámicos: son los casos de Al Shabab en Somalia en 2008, Al Qaeda en la Península Arábiga  en Yemen en 2012 o Al Qaeda en el Magreb Islámico en Malí en 2013.

Para ampliar: “De la gestión del salvajismo”, Federico Aznar en Instituto Español de Estudios Estratégicos, 2015

Siguiendo la línea ideológica de Naji y Zarqaui, desde su proclamación en 2014, Dáesh consigue exponerse y aterrorizar al mundo mediante una lucha armada retransmitida casi en streaming. Dáesh llegó a controlar durante 2014 y 2015 —sus años más exitosos— una extensión territorial mayor a la de Austria, incluyendo ciudades de más de 100.000 habitantes como Raqa (Siria) e incluso más de un millón como Mosul (Irak). En estos territorios Dáesh infligió todo tipo de atrocidades, tales como crucifixiones, decapitaciones, ahogamientos o mutilaciones. Los castigos servían para implementar las férreas prohibiciones de fumar, beber alcohol, escuchar música o ver y jugar a deportes considerados occidentales, entre otras. Un auténtico ejército de medios de comunicación de creación propia —como las revistas Dabiq y Rumiyyah o su agencia de noticias Amaq se encargó de difundir todos los castigos y ejecuciones con una cuidada presentación y una calidad audiovisual digna de una gran producción cinematográfica. A esto se suma la extensión y difusión de propaganda yihadista por medio de numerosos canales de Telegram, Twitter y otras redes sociales.

El motivo de intentar profesionalizar los canales de transmisión del mensaje yihadista es más que palpable en el primer número de Dabiq, publicado en julio de 2014. Esta muestra los beneficios de vivir bajo su administración, incluyendo un atractivo sueldo o contar con esclavas a disposición del combatiente. En él aparece la fantasiosa profecía sobre la que Dáesh sustenta la existencia del califato: una narración apocalíptica que pronostica que el fin de los días es inminente. Antes llegará el mahdi —una figura mesiánica para el islam— para salvar a los musulmanes en la batalla contra los cruzados en los pueblos de Dabiq (Siria) y Amaq (Turquía), por lo que reclaman la necesidad de luchar a quienes quieran ser salvados en el juicio final. Para otorgarle más épica, los dos primeros medios de Dáesh fueron precisamente bautizados con los nombres de estos dos pueblos.

Para ampliar: El apocalipsis del ISIS, William McCants, 2016

Invasión de Irak: geopolítica del caos

La expansión de Dáesh en Siria e Irak y el dominio territorial en otros países como Libia —donde en 2015 llegaron a controlar más de 200 kilómetros de costa— no es fruto del azar. Dáesh ha mantenido un control territorial significativo allí donde se han dado las oportunidades de beneficiarse de los efectos de la geopolítica del caos, es decir, Estados fallidos marcados por la violencia y la emergencia humanitaria. En parte, esta inestabilidad es fruto de intervenciones militares que, partiendo de la premisa de “pacificar” países con regímenes autoritarios, eludieron la necesidad de formular planes de socorro humanitario y apoyo sociopolítico a los actores democráticos locales en la etapa posterior a la operación militar.

En este sentido, la irresponsable invasión de Irak en 2003 es imprescindible para comprender la creación del Dáesh. Tras los atentados del 11S en Nueva York comenzó una guerra mediática capitaneada por la Administración Bush en la que se afirmaba que Irak poseía armas de destrucción masiva. Bajo esta falsa premisa, el genocida dictador Sadam Huseín fue derrotado en pocas semanas por las fuerzas militares lideradas por EE. UU. La intervención convirtió a Irak en un Estado fallido, facilitando las condiciones para que la organización de Zarqaui —y después Bagdadi— encontrara un terreno fértil para su crecimiento. Años después, la inestabilidad generada en Libia tras la intervención militar occidental y la caída de Gadafi generarían un escenario similar en el país magrebí.

Para ampliar: Estado Islámico. Geopolítica del caos, Javier Martín, 2017

En el seno de la invasión de Irak —en la que fueron asesinados miles de civiles— las cárceles adquirieron un macabro protagonismo por las torturas que allí se practicaban sistemáticamente. Muchos internos que sufrieron las vejaciones y malos tratos en las prisiones iraquíes después engrosaron las filas de Dáesh u otros grupos yihadistas como Al Qaeda. Abu Ghraib y Camp Bucca son las cárceles iraquíes más conocidas, en las que se empujó al sentimiento de frustración y humillación que plantó la semilla de odio que se tornó en la radicalización yihadista para muchos internos. La cárcel de Camp Bucca, bautizada por los yihadistas como “la academia”, fue la prisión donde se encontraron numerosos líderes, simpatizantes y militantes de grupos yihadistas que, durante su internamiento, consiguieron reclutar y entrenar a nuevos miembros y organizaron lo que después sería Dáesh. El propio Abu Bakr al Bagdadi estuvo interno en esta prisión, donde hizo los contactos adecuados para organizar una estructura jerárquica que construyese el grupo terrorista.

El territorio de Irak y Siria que llegó a dominar Dáesh y la evolución del control sobre el mismo hasta 2016. Fuente: IHS Conflict Monitor

Para ampliar: “Las prisiones, universidades del odio”, Javier Espinosa y Mónica G. Prieto en Revista 5W, 2017

El contexto de frustración popular que siguió a la invasión estadounidense se tornó en un conflicto sectario entre suníes y chiíes, alimentado por las decisiones políticas de las fuerzas invasoras, quienes, tras el grueso de la actuación militar, ya en 2006, colocaron a Nuri al Maliki —de confesión chií— en el poder. Esto se tradujo en peores condiciones para los suníes de Irak, quienes fueron obligados a dejar el poder y sufrían cortes de luz constantes y la ausencia de servicios públicos, entre otras dificultades. Por su parte, los atentados contra población chií perpetrados por AQI —un grupo suní— se incrementaron. Es precisamente en el maltratado norte iraquí donde Dáesh logra expandirse, zona en la que residió el grueso del poder de Saddam. Dado que muchos de ellos habían sido víctimas de torturas y humillaciones en las cárceles estadounidenses en suelo iraquí, no es de extrañar que numerosos exoficiales del régimen de Sadam frustrados con la pérdida de poder se adhirieran a las filas terroristas, ejerciendo funciones de mando militar.

Siria, terreno abonado para Dáesh

El escenario sirio, marcado desde 2011 por la guerra civil tras el fracaso y represión gubernamental de las revueltas árabes, es, si cabe, más complejo que el iraquí. Siria ha sido convertida en un tablero de ajedrez geopolítico en el que potencias regionales —como Arabia Saudí, Turquía o Irán— y globales —como EE. UU. o Rusia— se disputan la hegemonía en función de sus respectivos intereses. El complejo escenario en el que surge y se expande Dáesh demuestra que la responsabilidad internacional es compartida ya que, además de la invasión de Irak, cobra importancia la disputa que libran Arabia Saudí —suní— e Irán —chií—, un conflicto que toma una gran relevancia en Siria. Allí, la pasividad del régimen dictatorial de Asad ha posibilitado un escenario caótico en el que ambos países han financiado a diversas facciones armadas: Arabia Saudí a grupos suníes contrarios a Asad e Irán a grupos chiíes prorrégimen. Ambos países han creado una interesada polarización sectaria que guarda un trasfondo más geopolítico que religioso.

Para ampliar: “La guerra en tierra de otros”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2017

Al comienzo de las revueltas en Siria de 2011, Bashar al Asad, viéndose casi derrotado —y tras la reciente caída de dictadores regionales como Ben Ali en Túnez o Mubarak en Egipto—, maniobró para conservarse ante la comunidad internacional como la opción menos mala, llegando a conseguir el apoyo de Rusia. Al comienzo de las protestas, el presidente sirio liberó a cientos de prisioneros extremistas, quienes pasaron a combatir junto a Al Nusra o Dáesh. Este contexto, además de anular a la oposición democrática siria, fue aprovechada por la organización de Bagdadi en Irak para expandirse en Siria, logrando hacerse con ciudades emblemáticas como Palmira o Raqa.

Estimación del número de combatientes que viajaron a Irak y Siria a combatir junto a Dáesh según su procedencia. Fuente: Statista

Es posible que tras la toma de Baguz Dáesh haya sido vencido a nivel territorial, pero no hay que confundir la conquista territorial con una derrota definitiva. Es arriesgado infravalorar a una organización que logró engrosar sus filas con al menos 50.000 combatientes de muy diversa procedencia. Además, en el momento de escribir este artículo su cabecilla Bagdadi se mantiene vivo, y reapareció en abril de 2019 dando una imagen de líder en la clandestinidad, lo que demuestra la capacidad de adaptación al contexto de Dáesh.

Las experiencias de la intervención militar soviética en Afganistán en los años 80 y de la invasión de Irak en 2003 —academias de terrorismo para Al Qaeda y Dáesh respectivamente— sirven para demostrar el peligro de prolongar un bucle de conflictos armados que degeneran en polarización e inestabilidad. La lucha contra el terrorismo se ha de librar en el plano militar, pero también en el ideológico, el cultural, y sobre todo el humanitario, haciendo frente a la ineludible tarea de atajar los problemas que sufren los Estados fallidos donde aún hoy siguen presentes las raíces del origen de los grupos terroristas.

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