Los fuegos forestales siempre han existido y, hasta cierto punto, son beneficiosos para el medio ambiente en tanto en cuanto permiten la regeneración de los ecosistemas. El problema es que a consecuencia de la intervención humana en el paisaje y el cambio climático esos incendios se están descontrolando, aumentando en intensidad y tamaño. Ya nada tienen que ver los fuegos que se declaraban hace apenas medio siglo con los que ocurren en la actualidad, del mismo modo que las labores y estrategias de prevención que antaño funcionaban han quedado obsoletas y los equipos de bomberos, lejos de anticiparse, ya solo pueden reaccionar a la defensiva para contenerlos.
El incendio de Sierra Bermeja (Málaga) de 2021, que arrasó un área equivalente a la ciudad de Granada ―cerca de 10.000 hectáreas―, abrió de hecho una nueva época en la historia de los fuegos forestales en el país. Se trató en concreto del primer incendio de sexta generación surgido en España, la última y la más extrema dentro de la clasificación que se utiliza en el argot de los técnicos de extinción y que refleja la evolución que han tenido estos desastres. Este sistema, el de las generaciones de incendios españoles, fue propuesto desde el entorno del GRAF, el grupo especializado en fuegos forestales del Cuerpo de Bomberos de la Generalitat de Catalunya, y si bien no se base en parámetros cuantitativos para catalogarlos, sí define particularidades que permiten distinguirlos entre sí.
De esta forma, la historia de los incendios forestales arranca en España en la década de los cincuenta, cuando el éxodo rural provocó que multitud de campos de cultivos se llenaran de arbustos y herbazales y el fuego no encontrara barreras en su propagación, dando lugar a la primera generación de fuegos en el país. La segunda comprende la década de los setenta y ochenta, una época en la que la progresiva reforestación de las antiguas zonas agrícolas posibilitó el surgimiento de incendios más rápidos. La tercera generación, por su parte, se inició en los noventa, cuando la acumulación de combustible y la homogeneización del bosque permitió la aparición de grandes incendios forestales (GIF) capaces de lanzar focos segundarios a largas distancias y que abarcaban ya hasta 20.000 hectáreas.
La cuarta generación marcó un punto de inflexión en los incendios de España: con el cambio de siglo el fuego comenzó a afectar a zonas habitadas cercanas a espacios naturales como consecuencia de la expansión urbanística y la propagación de masa forestal. En esta fase se multiplican los problemas que pueden ocasionar los fuegos, sobre todo por la obligación legal de proteger primero a las personas y sus bienes ―lo que provoca que arda más monte―. Los equipos de extinción pierden la iniciativa y trabajan un paso por detrás de las llamas, a la defensiva, tratando en todo momento de no llegar al límite en la gestión de recursos. La quinta generación, también surgida a partir del año 2000, añade el factor de la simultaneidad, con incidentes de comportamiento extremo ―rapidez y virulencia―.
Y ahí llegamos a los incendios de sexta generación, aparecidos en los últimos años a raíz de la intensificación del cambio climático y prácticamente imposibles de extinguir. El aumento generalizado de las temperaturas favorece la evaporación del agua contenida en las plantas, secándolas y convirtiéndolas en el alimento ideal para las llamas. Los días con poca humedad en el aire, grandes rachas de viento y mucho calor, cada vez más frecuentes, también crean el entorno perfecto para que los fuegos se descontrolen. Y en esas condiciones, unidas a los factores que permitieron el surgimiento de nuevas generaciones, los incendios son capaces de generar sus propias condiciones ambientales, creando corrientes de aire verticales y nubes ―pirocúmulos― que pueden formar incluso tormentas eléctricas.
La lucha contra estos superincendios está marcada por la gestión de la incertidumbre y la priorización de la seguridad de los equipos de extinción, que no pueden predecir cómo evolucionará el fuego y tienen un margen de actuación muy reducido. En el caso del siniestro de Sierra Bermeja, la lluvia fue clave para poder contener las llamas. De no haber sido así, el fuego probablemente habría sido aún más devastador, como por desgracia demostrarán nuevos fuegos forestales de sexta generación en el futuro.
Así ha crecido el número de desastres climáticos en el último medio siglo