El cambio climático está empujando al planeta a una situación límite y casi irreversible. No se trata de un problema abstracto, limitado o invisible: los fenómenos meteorológicos extremos, estrechamente relacionados con el calentamiento global y la crisis del clima, se han quintuplicado durante el último medio siglo, llevándose por el camino más de dos millones de vidas.
¿El principal motivo de esta situación? Pese a la insistencia de los sectores más reaccionarios, negacionistas y escépticos, la evidencia científica acumulada a lo largo de los últimos años apunta, de forma abrumadora, a las emisiones de gases de efecto invernadero provocadas por la acción del ser humano.
El borrador del último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPPC), uno de los organismos científicos de Naciones Unidas, es uno de los últimos ejemplos más claros, pero no el único. Recientemente, la Organización Meteorológica Mundial (WMO, por sus siglas en inglés) también ha advertido de que el aumento del número de desastres climáticos está estrechamente relacionado con el cambio climático antropogénico, aquel provocado por el ser humano.
Pero no solo se ha registrado un crecimiento de los desastres. Los datos sobre catástrofes meteorológicas recopilados por la WMO también dan cuenta del poder cada vez más destructivo que están demostrando fenómenos extremos como los huracanes, las inundaciones o las sequías: entre 1970 y 2019, las pérdidas económicas provocadas por los desastres meteorológicos han crecido de forma exponencial, y acumulan costes por valor 3,64 billones de dólares —una cifra similar a tres veces el PIB de España—.
La buena noticia, si así se la puede considerar, es que los sistemas de alerta temprana han conseguido reducir sustancialmente el número de víctimas asociadas a estos desastres. Pero, como es habitual, los resultados son muy desiguales si se atiende a la realidad socioeconómica de cada región. El 91% de las víctimas por catástrofes naturales se localiza en países en vías de desarrollo, mientras que son los Estados con una riqueza media o alta los que acumulan las pérdidas económicas provocadas por los más de 11.000 desastres climáticos que se han registrado desde 1970.
Frente a esto, la ONU lleva tiempo advirtiendo de que la inversión para evitar este tipo de desastres todavía es muy baja: de cada 100 dólares gastados durante la última década en ayuda al desarrollo relacionada con desastres, solo 50 céntimos fueron destinados a la prevención de los mismos. Pocos casos son tan paradigmáticos como el de EE.UU.: el país más poderoso del mundo, que invierte cada año en Defensa sumas de dinero similares a la riqueza conjunta de varias decenas de naciones, es también el que concentra seis de los diez eventos climáticos que más pérdidas económicas han ocasionado en los últimos cincuenta años.
Los países más afectados económicamente por catástrofes climáticas
Por su parte, las sequías, los huracanes o ciclones, las temperaturas extremas y las inundaciones han sido los fenómenos que más víctimas mortales han provocado en las últimas décadas, especialmente durante los años setenta y ochenta. Sus efectos, en cualquier caso, no pueden limitarse a una contabilización aislada de fallecimientos y costes económicos. La crisis climática y los eventos meteorológicos extremos muchas veces se desarrollan en contextos de inestabilidad y tensión social, siendo en muchos casos el detonante de conflictos políticos.
La grandes sequías de los años setenta y ochenta en Etiopía, y sus devastadores efectos, no pueden ser pasadas por alto en el análisis de la guerra civil que vivió el país durante décadas. En ese contexto, las sequías condujeron a varias hambrunas, y estas a grandes desplazamientos de refugiados que se unieron a los afectados por los conflictos territoriales y fronterizos, multiplicando el drama humanitario.







