Apartheid climático, la nueva brecha de clases

En uno de sus últimos informes, la ONU acuña el término “apartheid climático” para referirse a un escenario futuro que podría estar más cerca de lo que pensamos. Los desastres naturales causados por la emergencia climática no solamente modifican el terreno, destrozan hábitats o ponen en peligro la supervivencia especies animales. Los derechos humanos y hasta la democracia misma podrían estar en peligro.
EconomíaMundo
Apartheid climático, la nueva brecha de clases
Un rescatador recibe abrazado a una residente de Texas durante el paso del huracán Irene en 2008. Fuente: U.S. Air Force

Esta funcionalidad está reservada a suscriptores. Suscríbete por solo 5€ al mes.Guardar artículo

En los últimos años, y aprovechando una concienciación cada vez mayor del cambio climático y sus consecuencias a largo y corto plazo, el mundo del entretenimiento ha encontrado un nicho que explotar. Es el caso, por ejemplo, de la serie-documental de Netflix Our Planet, que cubre algunos de los principales ecosistemas del planeta y los problemas a los que se enfrentan, con la narración de Sir David Attenborough, quien se ha convertido en una de las voces principales de la causa climática. Sin embargo, dentro del debate que se plantea en la actualidad sobre la emergencia climática hay unos efectos de los que se habla menos: los que va a notar el ser humano. Es lo que el último informe de la ONU ha definido como «apartheid climático», un escenario según el cual solamente aquellos que tengan el suficiente dinero podrán salvarse de las peores consecuencias de la crisis climática.

Lo irónico de la situación reside en que la mitad más pobre de la población mundial emite solamente un 10% del total global de las emisiones y, sin embargo, serán ellos quienes sufran lo peor de un clima que empeora debido a las prácticas de las principales potencias, las grandes empresas y los ciudadanos del norte global. Lejos de terminar, el círculo vicioso de las clases más bajas empeora con cada año: cuantos más desastres, peores las condiciones en las que viven —y parten de unas condiciones no muy favorables, dado que su acceso a los recursos es, en origen, peor—, lo cual empeora aún más sus perspectivas de futuro.

Principales emisores de CO2 en el mundo.

Y el informe no describe solo un escenario teórico: los casos se multiplican por todo el planeta.  Después del desastre que el huracán Sandy dejó tras de sí en Nueva York en 2012, los más afectados fueron las clases bajas y aquellos con menos poder adquisitivo, mientras que la sede central de Goldman Sachs mantuvo activa la conexión eléctrica en todo momento gracias a generadores de electricidad privados. En Nueva Delhi, el acceso regular a agua potable está limitado solamente a aquellas clases más pudientes, mientras que las clases bajas tienen que pelear por cada gota de agua que pueda caer en sus manos. A pesar de que los embalses secos y las bajas reservas acuíferas son una realidad desde hace años, los únicos que sufren las consecuencias son aquellos que viven en los barrios menos favorecidos. Las clases altas tienen acceso a agua ilimitada por unos 15 dólares al mes, mientras que los que no son tan privilegiados tienen que enfrentarse a la incertidumbre de los camiones cisterna que llegan —o no— diariamente y a subidas de hasta el 40% en el precio del agua, una tendencia que además no dejará de empeorar en el futuro. Sudáfrica, un país que ha declarado en emergencia climática en varias ocasiones debido a la falta de agua y el estado alarmante de sus reservas acuíferas, tiene dentro sus fronteras una mafia que trafica y especula con el precio del agua y el acceso a la misma, una situación que sin embargo no sufren las clases más pudientes o los turistas en los hoteles

Para ampliar: “Sudáfrica se seca”, Astrid Portero en El Orden Mundial, 2018

La situación se agrava porque, a medida que los efectos nocivos del cambio climático se pueden palpar de una forma más tangible dificultando la vida en ciertas zonas como el Sahel o el Corredor Seco Centroamericano, los movimientos migratorios alrededor del mundo aumentarán. Es precisamente la realidad de estos migrantes la que exige ampliar el término de “refugiado” para incluir a los que, probablemente, serán los principales en los siguientes años: los refugiados climáticos, como los habitantes de los micro-Estados insulares del Pacífico, que ven cómo sus países se hunden bajo las aguas por la subida del nivel del mar.

De este aumento de las migraciones a nivel global se desprenden una serie de consecuencias que también quedan patentes en el informe de la ONU: los desplazamientos migratotorios masivos hacia países con condiciones climáticas más favorables, donde ya está empezando a crecer el discurso xenófobo y se cierran fronteras. Este “apartheid climático” puede empujar a la pobreza a más de 120 millones de personas en todo el mundo, afirma el informe, y su movilización y falta de recursos pone en serio riesgo derechos que, hasta el momento, considerábamos básicos: el acceso a una vivienda o a una vida digna podrían comenzar a ser privilegios reservados solamente a aquellos que tengan el suficiente dinero para poder costeárselos. A largo plazo, es posible que incluso el acceso a ciertos alimentos, como la carne, quede reservada solamente a una minoría. La nueva brecha de clases es climática.

Para ampliar: “Refugiados climáticos: ¿cómo evacuar un país?”, Abel Gil en El Orden Mundial, 2017

A medida que esta situación deje cada vez a más gente en una situación de vulnerabilidad, el informe advierte de un futuro donde los modelos de gobierno y de sociedad serán cada vez más autoritarios, así como del auge de líderes con un discurso profundamente nacionalista, simplificado pero potente entre las clases más desfavorecidas, como Bolsonaro en Brasil. Esta combinación entre el fortalecimiento de los nacionalismos y migraciones masivas de población huyendo de los efectos de la crisis climática puede ser el perfecto caldo de cultivo para la xenofobia y el rechazo hacia cualquiera que traspase las fronteras. Y es que, aunque las consecuencias de la emergencia climática no entienden de límites nacionales, los líderes autoritarios y la xenofobia sí. Además, el fortalecimiento de las fronteras será solo la cara A de una cinta en la que en la cara B aparecen las tensiones dentro del propio país: la inseguridad alimentaria o los peligros sanitarios ahondarán todavía más en las desigualdades existentes, con el resultado de una sociedad cada vez más polarizada. Es el propio concepto de democracia el que está en peligro desde el momento en que ciertos derechos dejen de estar garantizados, los Gobiernos se vuelvan autoritarios o el acceso a servicios básicos comiencen a ser un privilegio.

Podría parecer el argumento de un libro de ficción distópica, pero no lo es: si nos dirigimos hacia un futuro donde el foco principal no esté puesto en prevenir o detener los efectos del cambio climático y el dinero, en cambio, pueda comprar la posibilidad individual de evadir el problema, ¿cuál es el futuro del ser humano, entre todos los animales? Autores como Yuval Noah Harari afirman que lo que diferencia al ser humano de otras especies del reino animal es su capacidad de trabajar en comunidades especialmente numerosas. Sin embargo, la emergencia climática parece estar terminando con esa capacidad de cooperación y creando un mundo donde Thomas Hobbes, finalmente, tenga razón: homo homini lupus. El hombre es un lobo para el hombre y su estado natural, inevitablemente, es la lucha continua con el prójimo por unos recursos cada vez más escasos y preciosos. 

Astrid Portero

Gran Canaria, 1988. Licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración, especializada en Relaciones Internacionales y Análisis Político. Cursando el Máster de Política y Democracia de la UNED. Interesada en geopolítica, conflictos territoriales y Unión Europea.