La amenaza terrorista golpea fuertemente al Sahel. La inestabilidad se propaga a través de unas fronteras muy porosas.[/caption]
Aunque —como es tradición en Bruselas— dependiendo de qué Gobierno europeo sea el interlocutor la preocupación varíe, ciertos países de la Unión —Francia, España, Italia— poseen intereses económicos, geopolíticos y de seguridad como para no dejar a los Estados sahelianos abandonados a su suerte. Las iniciativas regionales y bilaterales en el ámbito del desarrollo y la seguridad, muy a menudo acompañadas de un discurso con tintes alarmistas, se han incrementado notoriamente en los últimos años, particularmente a raíz de 2011 con el desmoronamiento libio y 2012 con la revuelta tuareg y el auge del yihadismo en Malí.
Única región en el mundo que aparece íntegramente en la lista de los mayores conflictos que tener en cuenta, sigue siendo un conjunto de Estados frágiles cuyos Gobiernos tienen dificultades para controlar todo el territorio por sí mismos. Esto repercute en que sea zona de origen y tránsito de tráficos ilícitos y migraciones hacia los países vecinos y hacia Europa y que en ella pululen redes yihadistas, como Al Qaeda del Magreb Islámico o Boko Haram, que encuentran cultivo en la pobreza y frustración de la mayoría más vulnerable: los jóvenes. Desde una perspectiva europea, la acción de estas organizaciones criminales —si bien es la población local la principal perjudicada— facilita el narcotráfico y la inmigración irregular hacia Europa. Además, pone en peligro la estabilidad de los Gobiernos —tanto sahelianos como magrebíes— aliados de la Unión, que está dispuesta a hacer la vista gorda respecto a los derechos humanos con tal de asegurarse la preservación de sus intereses económicos y de seguridad —Mauritania y Chad son buenos ejemplos de ello—.
Pero el Sahel no solo preocupa por lo que es, sino sobre todo por lo que puede llegar a ser. El círculo vicioso de inseguridad y subdesarrollo puede verse espoleado por factores climáticos y demográficos, y los pronósticos actuales no son nada halagüeños. Se prevé que la temperatura en el Sahel aumentará un grado centígrado en los próximos 20 años y cuatro hasta finales de siglo, lo que puede incidir en la variabilidad de las precipitaciones y, por tanto, el recrudecimiento de la desertificación y las recurrentes sequías. Estas condiciones climáticas pueden venir acompañadas de un incremento exponencial de la población. Solo en los países del G5 Sahel, donde la media de hijos supera los cinco por cada mujer, la población pasará de los 78 millones actuales a casi 200 millones en 2050 y a más de 378 millones en 2100, según la ONU —y aun así será menor que la de la vecina Nigeria, que espera un aumento a más de 400 millones de habitantes en 2050 y cerca del doble en 2100—.
El grado de acierto de estas proyecciones, la capacidad que tendrán los Estados sahelianos para lidiar con su impacto hipotético y cómo ello afectaría a Europa son todavía incógnitas, aunque no resulta difícil vaticinar un incremento de la pobreza, la conflictividad, los desplazados internos y los flujos migratorios, un escenario propicio para el ascenso de las redes criminales de la región.
No obstante, más que augurar y resignarse ante un irrevocable escenario de desolación y caos que se exportaría a Europa, por el momento se muestra necesario girar el foco hacia una región que, aun sumida en la inseguridad y la pobreza, presenta interesantes oportunidades de cara al futuro. El Sahel occidental es un laboratorio de iniciativas internacionales, civiles y militares en el que actores como ONG, Naciones Unidas, la Unión Africana o la Unión Europea —que tiene en esta región una ocasión para reivindicar su política exterior— buscan dar con la fórmula que encauce el desarrollo sostenible. Es también escenario de una incipiente alianza regional sin precedentes, el G5 Sahel, que puede sentar las bases de una mayor cooperación y autonomía a la hora de hacer frente a las amenazas comunes. Deficiencias actuales como la buena gobernanza, la relevancia de la sociedad civil y la gestión eficiente de los recursos tienen aún margen para florecer en un terreno más firme.
Familiarizarse con el Sahel y lo que en él acontece sin caer en el fatalismo que incitan las malas noticias que nos llegan es una asignatura pendiente tanto para la ciudadanía y sus representantes como para los medios de comunicación del Viejo Continente. Dar la espalda a esta región o, lo que es peor, darla por perdida sería sinónimo de malograr su presente y condenar su futuro. La estabilidad en Europa puede estar ligada a la prosperidad de las próximas generaciones de lo que hoy sigue siendo un lugar extraño y siniestro. Acercar el Sahel es un reto difícil, pero ineludible. Aún estamos a tiempo.Suscríbete a EOM para seguir leyendo este artículo
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