El Sahel, un lugar en el olvido

A pesar de ser considerado trascendental para la seguridad europea, el Sahel sigue siendo una región inestable ignorada en el Viejo Continente. Su irrelevancia en los medios y en la opinión pública es un obstáculo más para revertir un panorama poco halagüeño.
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El Sahel, un lugar en el olvido
Fuente: SETAF

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No se vio nada cómodo al presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, en su comparecencia ante la prensa en la última cumbre europea sobre la misión G5 Sahel, celebrada el pasado mes de febrero en Bruselas. Sus titubeos a la hora de enumerar cinco países sahelianos, para lo que requirió la ayuda de los periodistas, no tardaron en viralizarse en las redes sociales como un nuevo lapsus cómico del presidente. Sin embargo, el desafortunado aprieto suscita dos reflexiones no tan triviales. En primer lugar, quizás más obvia, la grave improcedencia de que un premier europeo no recordara los países que, según argumentaba, resultaban vitales para la seguridad del Viejo Continente. En segundo lugar, que, a fin de cuentas, sus vacilaciones no eran sino una embarazosa representación al más alto nivel del desconocimiento y la indiferencia sobre esta región instalados en la opinión pública.

Porque, seamos sinceros, ¿cuántos europeos de a pie podrían nombrar los países que componen el Sahel sin recurrir a Wikipedia? Probablemente un porcentaje muy bajo. Mientras la mayoría de medios de comunicación continentales torpedean al espectador con informaciones a dos bandas —al oeste, Trump; al este, Putin, y si cabe más al este, Corea del Norte—, a los pies de Europa se encuentra uno de los escenarios que, a pesar de su abrumadora irrelevancia mediática, goza de una importancia sobresaliente para la Unión Europea.

En términos estrictamente geográficos y ecoclimáticos, el Sahel —cuyo significado en árabe es ‘orilla’ o ‘borde’— es una zona semiárida habitable que discurre por el continente, bordeando el sur del Sáhara, desde el Atlántico al mar Rojo. Bisagra entre el Magreb y el África negra subsahariana, los habitantes de este conglomerado étnico-cultural han tenido que lidiar tradicionalmente con la exigua fertilidad del suelo, unas condiciones climáticas extremas y la escasez de recursos hídricos. Unas adversidades que no pasan inadvertidas para la economía de sus países, situados entre los escalafones más bajos del índice de desarrollo humano y dependientes de la agricultura, el pastoreo y unos recursos minerales limitados, pero provechosos —como el uranio en Níger o el oro en Malí— para las empresas extranjeras.

La concepción del Sahel como región política conjunta se ha revitalizado recientemente por iniciativa externa y con la seguridad como eje vertebrador. Un buen ejemplo de ello es el mencionado G5 Sahel, impulsado por Francia y la UE, que solo incluye a determinados países del Sahel occidental: Mauritania, Malí, Burkina Faso, Níger y Chad. ¿Y a qué se debe este interés europeo en la región? Principalmente al miedo.

La amenaza terrorista golpea fuertemente al Sahel. La inestabilidad se propaga a través de unas fronteras muy porosas.

 

Aunque —como es tradición en Bruselas— dependiendo de qué Gobierno europeo sea el interlocutor la preocupación varíe, ciertos países de la Unión —Francia, España, Italia— poseen intereses económicos, geopolíticos y de seguridad como para no dejar a los Estados sahelianos abandonados a su suerte. Las iniciativas regionales y bilaterales en el ámbito del desarrollo y la seguridad, muy a menudo acompañadas de un discurso con tintes alarmistas, se han incrementado notoriamente en los últimos años, particularmente a raíz de 2011 con el desmoronamiento libio y 2012 con la revuelta tuareg y el auge del yihadismo en Malí.

Única región en el mundo que aparece íntegramente en la lista de los mayores conflictos que tener en cuenta, sigue siendo un conjunto de Estados frágiles cuyos Gobiernos tienen dificultades para controlar todo el territorio por sí mismos. Esto repercute en que sea zona de origen y tránsito de tráficos ilícitos y migraciones hacia los países vecinos y hacia Europa y que en ella pululen redes yihadistas, como Al Qaeda del Magreb Islámico o Boko Haram, que encuentran cultivo en la pobreza y frustración de la mayoría más vulnerable: los jóvenes. Desde una perspectiva europea, la acción de estas organizaciones criminales —si bien es la población local la principal perjudicada— facilita el narcotráfico y la inmigración irregular hacia Europa. Además, pone en peligro la estabilidad de los Gobiernos —tanto sahelianos como magrebíes— aliados de la Unión, que está dispuesta a hacer la vista gorda respecto a los derechos humanos con tal de asegurarse la preservación de sus intereses económicos y de seguridad —Mauritania y Chad son buenos ejemplos de ello—.

Pero el Sahel no solo preocupa por lo que es, sino sobre todo por lo que puede llegar a ser. El círculo vicioso de inseguridad y subdesarrollo puede verse espoleado por factores climáticos y demográficos, y los pronósticos actuales no son nada halagüeños. Se prevé que la temperatura en el Sahel aumentará un grado centígrado en los próximos 20 años y cuatro hasta finales de siglo, lo que puede incidir en la variabilidad de las precipitaciones y, por tanto, el recrudecimiento de la desertificación y las recurrentes sequías. Estas condiciones climáticas pueden venir acompañadas de un incremento exponencial de la población. Solo en los países del G5 Sahel, donde la media de hijos supera los cinco por cada mujer, la población pasará de los 78 millones actuales a casi 200 millones en 2050 y a más de 378 millones en 2100, según la ONU —y aun así será menor que la de la vecina Nigeria, que espera un aumento a más de 400 millones de habitantes en 2050 y cerca del doble en 2100—.

El grado de acierto de estas proyecciones, la capacidad que tendrán los Estados sahelianos para lidiar con su impacto hipotético y cómo ello afectaría a Europa son todavía incógnitas, aunque no resulta difícil vaticinar un incremento de la pobreza, la conflictividad, los desplazados internos y los flujos migratorios, un escenario propicio para el ascenso de las redes criminales de la región.

No obstante, más que augurar y resignarse ante un irrevocable escenario de desolación y caos que se exportaría a Europa, por el momento se muestra necesario girar el foco hacia una región que, aun sumida en la inseguridad y la pobreza, presenta interesantes oportunidades de cara al futuro. El Sahel occidental es un laboratorio de iniciativas internacionales, civiles y militares en el que actores como ONG, Naciones Unidas, la Unión Africana o la Unión Europea —que tiene en esta región una ocasión para reivindicar su política exterior— buscan dar con la fórmula que encauce el desarrollo sostenible. Es también escenario de una incipiente alianza regional sin precedentes, el G5 Sahel, que puede sentar las bases de una mayor cooperación y autonomía a la hora de hacer frente a las amenazas comunes. Deficiencias actuales como la buena gobernanza, la relevancia de la sociedad civil y la gestión eficiente de los recursos tienen aún margen para florecer en un terreno más firme.

Familiarizarse con el Sahel y lo que en él acontece sin caer en el fatalismo que incitan las malas noticias que nos llegan es una asignatura pendiente tanto para la ciudadanía y sus representantes como para los medios de comunicación del Viejo Continente. Dar la espalda a esta región o, lo que es peor, darla por perdida sería sinónimo de malograr su presente y condenar su futuro. La estabilidad en Europa puede estar ligada a la prosperidad de las próximas generaciones de lo que hoy sigue siendo un lugar extraño y siniestro. Acercar el Sahel es un reto difícil, pero ineludible. Aún estamos a tiempo.

Pablo Moral

Écija (Sevilla), 1992. Doctorando en Ciencias Políticas en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Investigo sobre comunicación política en redes sociales, desinformación y procesamiento del lenguaje natural en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Graduado en Relaciones Internacionales y máster en Estudios Euromediterráneos por la Universidad Complutense de Madrid.