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No es el fin del mundo

El pódcast semanal de El Orden Mundial para entender qué pasa en el mundo. Análisis, contexto y matices sobre la realidad internacional.

La guerra por el agua: el recurso imprescindible

El mundo tiene cada vez menos agua dulce, y la que queda se necesita, se codicia y se disputa. Sequías más largas, incendios que arrasan medio continente y nuevas infraestructuras que devoran litros a mansalva dibujan un presente marcado por la escasez hídrica. En ese escenario, la lucha por el agua ha dejado de ser una amenaza lejana para convertirse en una realidad cotidiana. Sin el llamado oro azul no hay vida, ni agricultura, ni energía, ni estabilidad, y por eso este recurso imprescindible se ha instalado en el centro del tablero geopolítico mundial.

Los datos acompañan a la sensación: desde 2015, la disponibilidad global de agua dulce ha caído en torno a un 7%, y si miramos más atrás la merma alcanza cifras aún más alarmantes. El estrés hídrico, ese punto en el que la demanda supera a la oferta, se extiende ya a regiones que antes ni lo conocían. Detrás asoma además un negocio en auge, el del agua envasada y la gestión privada del suministro, que convierte a este bien esencial en una mercancía cada vez más codiciada. En nuestro nuevo episodio de No es el fin del mundo analizamos por qué esta pelea por el recurso más básico marcará las próximas décadas: quién controla los ríos, quién construye las presas y quién termina pagando las consecuencias aguas abajo.

Las guerras que explican la lucha por el agua

Más de la mitad de los recursos hídricos dulces son transfronterizos: 153 países comparten ríos, lagos y acuíferos, y ahí nace buena parte del conflicto. Cuando el Estado situado río arriba levanta una presa, la cantidad y la calidad del agua que llega a sus vecinos quedan en entredicho. Es lo que ocurre en el Nilo, donde la Gran Presa del Renacimiento etíope inquieta a un Egipto que depende del río para el 95% de sus necesidades. Sucede también con el Brahmaputra y el Mekong, cuyos caudales nacen en una meseta tibetana controlada por China, y en el Indo, cuyo reparto entre India y Pakistán quedó en suspenso tras la última escalada en Cachemira.

Pero el agua no siempre es solo el motivo del enfrentamiento: a veces es el arma. En Ucrania, las presas se han convertido en objetivo militar, y su voladura provoca inundaciones capaces de desplazar a miles de personas y de cambiar el curso del frente. En el caso de Israel y Palestina, el control sistemático del acceso al agua funciona como instrumento de dominación. Estos casos, que desgranamos con calma en el episodio, revelan hasta qué punto la lucha por el agua condiciona hoy la seguridad de países enteros. No son escenarios hipotéticos: las llamadas guerras del agua ya están activas y no dejan de multiplicarse.

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España, un espejo de la escasez hídrica

No hace falta cruzar fronteras para encontrar disputas por el oro azul. España es el país de la Unión Europea con mayor riesgo de sequía y, a la vez, el segundo productor agrícola del bloque, una combinación tan potente como delicada. La agricultura acapara cerca del 80% del agua dulce del país, y ese desajuste entre lo que la naturaleza ofrece y lo que el sistema productivo reclama explica un siglo de embalses, trasvases y batallas políticas tan sonadas como las del Tajo y el Ebro. No en vano, el 74% del territorio español está ya en riesgo de desertificación.

El modelo español, pionero hace cien años con sus confederaciones hidrográficas, está mutando ahora hacia la desalinización: el país ya figura entre los cinco primeros del mundo por número de plantas. Aun así, no basta. El agua dulce sigue menguando mientras los monocultivos intensivos y los nuevos centros de datos, con su enorme sed para refrigerarse, disparan una demanda difícil de sostener. Por eso este recurso imprescindible obliga a repensar cómo cultivamos, cómo consumimos y cómo nos preparamos para lo que viene, porque la lucha por el agua no ha hecho más que empezar. Te contamos todas las claves, ejemplo a ejemplo, en el episodio.