España: el país que se vendió al turismo
España se dirige camino de superar este año los 100 millones de turistas y de adelantar a Francia como el destino más visitado del mundo. Ese hito corona setenta años de historia que arrancan en el Benidorm de los años cincuenta, cuando el alcalde Pedro Zaragoza Orts sentó las bases del modelo de sol y playa que convirtió a España en una potencia turística global. El turismo masivo en España es hoy motor económico y motivo de conflicto a partes iguales, y ese contraste centra el nuevo episodio de No es el fin del mundo.
El sector aporta el 13% del PIB español, emplea a tres millones de personas y ha sido responsable de hasta el 27% del crecimiento económico del país desde 2021. Sin embargo, esa misma dependencia explica el malestar que se respira en calles como las de Palma de Mallorca, Barcelona o Canarias, donde miles de residentes han salido a protestar contra la masificación bajo el lema tourists go home. Entender por qué España se ha enganchado a este modelo, y qué consecuencias tiene, es la clave para saber si el país puede seguir sosteniendo su particular gallina de los huevos de oro sin morir de éxito.
Los orígenes del turismo masivo en España
El modelo turístico español no surgió por accidente. Durante el franquismo, las autoridades apostaron de forma decidida por atraer divisas extranjeras a través del sol y playa, y Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo entre 1962 y 1969, impulsó tanto la legislación como la campaña Spain is different, que vendía al país como un destino exótico y asequible. A ese primer impulso se sumaron ventajas competitivas difíciles de igualar: un clima privilegiado con muchas horas de sol al año, playas de calidad reconocidas con bandera azul, buena conectividad aérea, seguridad frente a otros destinos del Mediterráneo y precios especialmente bajos para los visitantes europeos.
La entrada en la Comunidad Económica Europea y en el espacio Schengen, la organización de eventos como los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 y, más recientemente, la irrupción de las aerolíneas low cost y de plataformas digitales como Booking o Airbnb dispararon todavía más las llegadas. A ello se suma el repunte de la demanda reprimida tras la pandemia y el papel de España como refugio seguro frente a la inestabilidad de otras regiones del mundo. El resultado es una industria que ya no solo mueve la economía española, sino que también funciona como un instrumento de poder blando para proyectar la imagen del país en el exterior, a través de su cultura, su gastronomía y su patrimonio histórico.
El país que vendió su verano: por qué España no puede vivir sin turistas
Las consecuencias de un modelo que empieza a agotarse
El reverso de ese éxito se nota en la vida cotidiana de muchas ciudades. El empleo turístico es intensivo pero precario, con salarios hasta un 40% por debajo de la media nacional, y la llegada masiva de visitantes ha disparado el precio de la vivienda en las zonas costeras, donde los pisos turísticos compiten con los residentes por el mismo parque de alquiler. Ese malestar ha alimentado también una respuesta política, con administraciones como la de Barcelona, Sevilla o Palma limitando las licencias de apartamentos turísticos, y con el surgimiento de voces críticas en regiones especialmente saturadas, como Canarias.
A la tensión social se suma una factura ambiental cada vez más visible. En zonas con escasez de agua, un turista puede llegar a consumir hasta diez veces más litros al día que un residente, mientras la urbanización acelerada erosiona playas y altera los ecosistemas costeros. El turismo masivo en España tampoco es ajeno al cambio climático, ya que el sector genera en torno al 8% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, en un contexto en el que el Mediterráneo se ha convertido en una de las regiones más vulnerables al calentamiento global, con más olas de calor, incendios y fenómenos meteorológicos extremos. Frente a este escenario, algunas medidas para limitar los pisos turísticos o subir las tasas al visitante corren el riesgo de elitizar el turismo y expulsar a los propios españoles de sus destinos de siempre, mientras la búsqueda de alternativas económicas choca con obstáculos difíciles de superar. En el episodio explicamos con detalle si existe una salida real a este modelo, o si España está condenada a seguir dependiendo del turismo para sostener su economía.