“Españoles, Franco ha muerto”. Con esas palabras que pasarían a la posteridad, el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, anunciaba hace cincuenta años la muerte de Francisco Franco, el hombre que había gobernado España durante casi cuatro décadas. Atrás quedaban los tiempos en los que el dictador, con el título de Caudillo, desfilaba triunfal por Madrid, buscando rememorar a los monarcas españoles del siglo XVI. Aquel general que presumía de haber salvado a su país del comunismo, el liberalismo y la masonería dejaba una España aislada y decadente, lejos de la grandeza imperial que soñaba con recuperar.
Marcado desde joven por la derrota de España frente a Estados Unidos en 1898, Franco cimentó su ascenso político y militar en la guerra colonial de Marruecos. Sus éxitos militares en el protectorado lo convirtieron, con 33 años, en uno de los generales más jóvenes de Europa. Allí forjó los pilares de su pensamiento político: el papel del ejército como guardián de la nación, la importancia de la autoridad y la obediencia, el uso del terror y de las divisiones internas para afianzar su poder y su aversión hacia los políticos y la izquierda.
Franco aplicaría en España las lecciones aprendidas en África. Pese a sus dudas iniciales, participó en el golpe de Estado de 1936 y se erigió en el jefe militar del bando sublevado gracias a los éxitos de sus tropas y al apoyo de la Italia fascista y la Alemania nazi. Reconocido internacionalmente como el líder de los sublevados, Franco aprovechó la ausencia de liderazgos en su bando y las divisiones internas para concentrar el poder. Así se instauró el franquismo, una dictadura personalista de corte conservador, católico y anticomunista que, sin embargo, se caracterizaría por su pragmatismo en el exterior, dejando una herencia en la política española que perdura hasta hoy.
España en la Segunda Guerra Mundial: de la neutralidad a la no beligerancia…
El inicio de la dictadura franquista coincidió en el tiempo con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La posición de España en el conflicto tuvo dos etapas diferenciadas. La primera fase, entre 1939 y 1942, se caracterizó por su apoyo a las potencias del Eje. Al concluir la Guerra Civil, el régimen franquista mantenía acuerdos con Italia y Alemania que le vinculaban a ambos países. A ello se sumaban las deudas contraídas por el bando sublevado durante el conflicto español. Prueba de ese alineamiento con las potencias fascistas fue la adhesión de España en 1939 al Pacto Antikomintern, el Acuerdo contra la Internacional Comunista liderada por la Unión Soviética.
Con todo, España declaró inicialmente su neutralidad tras el comienzo de la guerra. Franco consideraba que necesitaba un período de estabilidad interna para consolidar el Estado franquista. Además, el pacto de no agresión entre la Alemania nazi y la URSS y la invasión soviética de Polonia, un país católico, colocaban al régimen en una complicada tesitura. Pese a ello, existían dos corrientes dentro del régimen sobre la posición que debía adoptar España. El ala falangista, encarnada por Ramón Serrano Suñer, defendía un mayor acercamiento al Eje. Por el contrario, los sectores católicos, monárquicos y conservadores rechazaban alinearse con el nazismo, cuya doctrina racial había condenado la Iglesia católica en 1937.
Sin embargo, la conquista alemana de Francia y la entrada de Italia en la guerra llevaron a España a pasar en junio de 1940 de la neutralidad a la no beligerancia, que sin entrar en conflicto no implica imparcialidad. Convencido de que la contienda se decantaría a favor del Tercer Reich, Franco veía una oportunidad para satisfacer sus demandas territoriales. De hecho, ese mismo mes, las tropas españolas ocuparon la ciudad marroquí de Tánger ―que tenía estatus de zona internacional―, con la esperanza de que Alemania le permitiera conservarla al acabar la guerra.

En este período, la noción del imperio ejerció un rol crucial para el franquismo. Durante estos años, se extendió la literatura relacionada con el irredentismo colonial. El franquismo adaptó la teoría del Lebensraum alemán al contexto español. Ese ‘espacio vital’ de España incluiría Gibraltar, el Marruecos francés, el Oranesado ―en la parte noroccidental de Argelia― y una ampliación de las posesiones coloniales en Guinea y el Sáhara Occidental. Estas reivindicaciones cobraron importancia cuando los nazis desistieron en su intento de forzar una rendición rápida del Reino Unido durante la batalla de Inglaterra, que se extendería entre julio y octubre de 1940.
A partir de ahí, la toma de Gibraltar se convertiría en una prioridad estratégica para Adolf Hitler. El líder nazi pensaba que, si Alemania conquistaba el Peñón, cerraría a los británicos el único acceso atlántico al mar Mediterráneo, debilitando su poder naval. Sin embargo, aquella operación requería la aprobación de Franco para que las tropas alemanas cruzaran su territorio. Como resultado, el Tercer Reich inició sus conversaciones con el régimen franquista para negociar su entrada en la Segunda Guerra Mundial.
El punto álgido de estas negociaciones fue la entrevista que mantuvieron Franco y Hitler en Hendaya en octubre de 1940. El encuentro puso de manifiesto las diferencias entre ambos líderes. Hitler concebía su alianza con España como una colaboración bélica puntual, que se reducía a la toma de Gibraltar. Además, se oponía a satisfacer las demandas territoriales de España en el norte de África a costa de su alianza con la Francia de Vichy. Y Franco, pese a estar dispuesto a entrar en la guerra, temía involucrarse sin garantías plenas en un conflicto que podía traer un bloqueo naval a sus costas, un ataque británico a Canarias y bombardeos a la península ibérica. Por entonces, España sufría una carencia enorme de alimentos y combustibles, y dependía del petróleo que importaba de Estados Unidos gracias a los permisos de navegación del Gobierno británico.
La entrevista en Hendaya mantuvo a España fuera de la Segunda Guerra Mundial y empujó a Hitler a abandonar su idea de tomar Gibraltar para centrarse en la invasión de la URSS. Con el inicio de la operación Barbarroja, en junio de 1941, España encontró una manera de satisfacer a Alemania sin entrar directamente en el conflicto: la División Azul. Franco envió a miles de voluntarios españoles a combatir en las filas del Ejército alemán en el frente oriental. La División Azul ofrecía a España la oportunidad de contribuir a la “cruzada” contra el comunismo y vengarse del líder soviético, Iósif Stalin, por su apoyo al bando republicano en la Guerra Civil. Además, permitía alejar de España a los elementos más radicales y germanófilos del falangismo.
… y de vuelta a la neutralidad
El fracaso de la operación Barbarroja y la entrada de Estados Unidos en la guerra en diciembre de 1941 decantaron el conflicto a favor de los Aliados. Los cambios en el contexto bélico forzaron a España a alejarse progresivamente del Eje. Con la salida de Serrano Suñer del Gobierno, en septiembre de 1942, el régimen franquista fue devolviéndose progresivamente hacia la neutralidad. Esta decisión se formalizó en octubre de 1943, días después de que Franco aprobara el retorno de la División Azul. En su lugar, España mantuvo una unidad de voluntarios más pequeña, la Legión Azul, ya que una retirada total alimentaría el descontento del Tercer Reich y de los falangistas.
El giro de España hacia la neutralidad estuvo condicionado por la presión que ejercieron Estados Unidos y el Reino Unido. El desembarco aliado en el Magreb y en Sicilia y su control de las rutas comerciales en el Atlántico y el Mediterráneo aumentaron su capacidad para apretar al régimen franquista. Además, la destitución de Benito Mussolini en Italia en julio de 1943 convenció a Franco de que necesitaba contentar a los Aliados para evitar una intervención militar en España o que respaldaran a un general monárquico que lo reemplazara. El dictador español formuló entonces la “teoría de las tres guerras” para justificar su posición ante los Aliados.
Desde su perspectiva, Franco veía tres guerras simultáneas. En la primera, que enfrentaba a Alemania con Estados Unidos y el Reino Unido en el frente occidental, España se mantenía neutral. La segunda se libraba en el este de Europa, donde el franquismo respaldaba a los nazis en su lucha contra el comunismo soviético. Y en la tercera, en la que batallaban Estados Unidos y Japón, Franco respaldaba a Washington. Pese a que Japón formaba parte del Eje, el dictador español recelaba de los japoneses, pues consideraba que eran ajenos a la “civilización cristiana occidental” y que sus ambiciones imperialistas en Filipinas chocaban con su visión de solidaridad con el mundo hispánico. De hecho, Franco rompió relaciones con Japón en 1945 e incluso se planteó declararle la guerra para poder reclamar su estatus de potencia vencedora entre los Aliados y participar en la Conferencia de San Francisco, en la que se firmaría la Carta de Naciones Unidas.
Franco también intentó usar la cuestión judía para apaciguar a las potencias vencedoras. El régimen explotó la protección que algunos diplomáticos españoles como Ángel Sanz Briz, el encargado de negocios en Budapest, habían brindado a los judíos que huían de los nazis durante el Holocausto. Sin embargo, la imagen de “salvador de los judíos” que Franco buscaba proyectar en el exterior contrastaba con su actitud pasiva ante el genocidio. De hecho, rechazó repatriar a los judíos españoles que se encontraban en territorios bajo jurisdicción alemana. Por el contrario, el régimen franquista sí acogería a personas vinculadas con el nazismo tras la guerra, como Otto Skorzeny, coronel de las SS, o el colaboracionista belga Léon Degrelle.
Con todo, las potencias anglosajonas seguían percibiendo a España como un aliado de la Alemania nazi. Esto se evidenció en octubre de 1944, cuando Franco le hizo llegar una carta al primer ministro británico, Winston Churchill, en la que le proponía una alianza anticomunista entre España y el Reino Unido con respaldo de Estados Unidos. Sin embargo, Churchill le recordó su afinidad ideológica con las potencias fascistas y le instó a modificar su estructura política si quería que España formara parte de la comunidad internacional. No en vano, España había contribuido al esfuerzo bélico alemán con la División Azul, el libre acceso de los servicios secretos alemanes a su territorio, el uso de puertos españoles para los submarinos germanos y el suministro de materias primas como el wolframio, clave para su industria armamentística.
Como resultado, los Aliados condenaron al franquismo al ostracismo. La España franquista quedó fuera de los Acuerdos de Bretton Woods, que dieron origen al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional, de Naciones Unidas y, más tarde, del Plan Marshall estadounidense para reconstruir la Europa occidental de posguerra. Del mismo modo, la Cuarta República francesa optó por cerrar su frontera terrestre con España en febrero de 1946. Y ese mismo año, la Asamblea General de la ONU instó a sus miembros a retirar sus embajadores y ministros plenipotenciarios de Madrid. A principios de 1947, apenas tres países conservaban sus embajadores en España: Portugal, Suiza y el Vaticano. El régimen franquista quedaba aislado a nivel internacional.
La era del aislamiento y las nuevas alianzas
El aislamiento internacional de España obligó al régimen franquista a redefinir su política exterior. Su solución fue aplicar una política de sustitución, focalizándose en dos áreas geopolíticas: Hispanoamérica y el mundo árabe. Desde sus inicios, el franquismo desarrolló una política de acercamiento ―más retórica que práctica― hacia la América hispana. Esa estrategia conectaba con la visión imperial de la Falange, que concebía a España como una guía moral, cultural y religiosa de sus antiguas colonias por medio de la hispanidad. Sin embargo, el acercamiento a los países hispanoamericanos planteaba dos dificultades: la influencia regional de Estados Unidos y la existencia de Gobiernos antifranquistas como el de México.
España abandonó la idea paternalista de la hispanidad y fomentó unas relaciones más igualitarias con la América hispana. Durante este período, hubo líderes latinoamericanos que mantuvieron su amistad con la España franquista, como el dictador de República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo. Sin embargo, el principal aliado regional de Franco en aquellos años fue el presidente argentino, Juan Domingo Perón. En contra de las recomendaciones de la ONU, Perón elevó la legación argentina en Madrid al rango de embajada y promovió la firma de un convenio bilateral que permitió que España importara toneladas de alimentos en los años más duros de la autarquía. A cambio, España exportaba los materiales que demandaba la industria argentina y fomentaba la migración de trabajadores españoles al país austral. Esta cercanía entre el franquismo y el peronismo culminó con la visita a España, en 1947, de la primera dama argentina, Eva Perón.


España también intensificó su actividad diplomática con el mundo árabe. El franquismo tenía la ventaja de que la democracia parlamentaria era un sistema poco desarrollado en estos países, por lo que no abundarían las condenas políticas al régimen. De igual manera, España no despertaba la misma animadversión que Francia y el Reino Unido, que habían sido las principales potencias coloniales en Oriente Próximo. Las relaciones con el mundo árabe permitieron la visita a España de varios monarcas. Entre ellas, destacó la del rey Abdulá de Jordania en 1949, el primer jefe de Estado en aterrizar en el país desde 1936. Sin embargo, el auge del panarabismo y los conflictos coloniales en Marruecos y el Sáhara Occidental enturbiarían esas emergentes relaciones españolas.
La cercanía de España con el mundo árabe contrastaba con sus relaciones con Israel. El estallido del conflicto árabe-israelí puso al régimen ante una coyuntura delicada. Por un lado, el franquismo reivindicaba haber protegido a los judíos durante la guerra y presumía de sus vínculos con los sefardíes. Pero, por otro lado, los lazos con los países árabes se habían convertido en un pilar de su política exterior. Asimismo, los dirigentes políticos israelíes del partido Mapai, vinculados al sionismo socialista, desconfiaban del franquismo por su complicidad con la Alemania nazi. Esto hizo que Israel rechazara entablar relaciones con la España franquista y se opusiera inicialmente a su entrada en Naciones Unidas. Como consecuencia, la delegación española en la ONU defendió la causa palestina durante toda la dictadura franquista.
El último gran aliado de España durante su aislamiento fue Portugal. El franquismo desarrolló una estrecha sintonía con el Estado Novo portugués, una dictadura conservadora, nacionalista, católica y anticomunista liderada por António de Oliveira Salazar desde 1933. Sin embargo, esa amistad se vio amenazada durante la Segunda Guerra Mundial. Frente al alineamiento de España con Alemania e Italia, Portugal se inclinó hacia Francia y el Reino Unido, su aliado histórico. Salazar temía que la alianza entre Franco y Hitler facilitara una invasión alemana de la península ibérica, mientras que a Franco le preocupaba una intervención militar aliada con la connivencia de Lisboa. De hecho, el dictador español sopesó la opción de invadir Portugal para evitarlo.
Pese a la desconfianza mutua, ambos regímenes estaban interesados en evitar un conflicto en la península ibérica. De este modo, Franco y Salazar se reunieron en Sevilla en 1942 y constituyeron el Bloque Ibérico. El Bloque promulgaba una unión cultural y espiritual entre España y Portugal, basada en su historia paralela, su vínculo como naciones católicas y unas relaciones de igualdad. De ahí en adelante, Salazar se erigiría en uno de los principales valedores del franquismo, sirviendo como enlace entre Madrid y las potencias atlánticas.
Acercamiento a Estados Unidos y Europa: el fin del aislamiento
El inicio de la Guerra Fría debilitó la hostilidad de la comunidad internacional hacia el franquismo. El factor principal fue el giro de Estados Unidos, que en 1947 asumió la doctrina Truman para contener el avance del comunismo. La perspectiva de un conflicto directo con la URSS en Europa llevó a Washington a estudiar la posible aportación de España a la defensa de Occidente. De este modo, España y Estados Unidos iniciaron sus negociaciones para alcanzar un acuerdo bilateral de defensa. Con la llegada del republicano Dwight Eisenhower a la Casa Blanca, ambas partes firmaron los Pactos de Madrid en septiembre de 1953.
Estos pactos, de diez años de duración, eran acuerdos ejecutivos entre Gobiernos, un rango inferior al de un tratado formal de alianza, que hubiera requerido la aprobación del Senado estadounidense. Aun así, constaban de tres convenios: el de suministros para material de guerra, el de asistencia económica y el de ayuda para la defensa mutua. Este último resultó el más importante, ya que propició la creación de cuatro bases militares estadounidenses en suelo español: tres aéreas ―Torrejón de Ardoz, Zaragoza y Morón de la Frontera― y una naval en Rota. Sobre el papel, el Gobierno español tenía garantías sobre el control y la soberanía de las bases militares. Sin embargo, un protocolo adicional secreto estipuló que, en caso de conflicto armado con la URSS, Estados Unidos podría usar esas bases a su antojo, tanto para atacar a terceros países como para almacenar armamento nuclear.
Los Pactos de Madrid rompieron el aislamiento de la España franquista y facilitaron su acceso a las organizaciones internacionales, entre ellas Naciones Unidas en 1955. A ello contribuyó el giro de la URSS, que tras la muerte de Stalin en 1953 impulsó la desestalinización y un cierto deshielo con Occidente. Esto permitió abordar la ampliación de la ONU a los países perdedores o neutrales durante la guerra. De forma simultánea, el otro gran hito diplomático del franquismo fue el Concordato con la Santa Sede en 1953, mediante el cual Franco podría participar en el nombramiento de obispos y la Iglesia católica recibía privilegios en España, reforzando los lazos entre ambas partes. Sin embargo, la aceptación del franquismo a nivel internacional no supuso la entrada de España en los principales proyectos de integración occidentales, como la OTAN o las Comunidades Europeas.


A nivel interno, la apertura internacional de España coincidió con un momento de profundos cambios en el régimen franquista. Tras la crisis de Gobierno de 1957, propiciada por la crisis económica, divisiones internas y la presión internacional, Franco colocó a varios tecnócratas miembros del Opus Dei en los cargos económicos más importantes. Su objetivo sería sacar adelante el Plan de Estabilización de 1959 para la economía española, estancada con el modelo autárquico, y así impulsar su desarrollo. Con los tecnócratas, el desarrollo económico se transformó en el eje de acción del franquismo. Para el ministro de Exteriores, Fernando María Castiella, esto implicaba acercar a España a la Comunidad Económica Europea (CEE).
En un principio, España buscaba incorporarse al Mercado Común Europeo sin abordar ninguna reforma política. El país había impulsado su apertura diplomática al resto de Europa Occidental a través del turismo, que atrajo a millones de turistas europeos a las costas españolas gracias a la campaña Spain is different, promovida por el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga. Otro fenómeno que influyó en este aperturismo fue la emigración masiva de trabajadores españoles a Francia, Suiza, Bélgica o Alemania. Además, el contexto político beneficiaba a España, ya que la presencia de Gobiernos conservadores en Francia, el Reino Unido y Alemania Occidental mejoró sus relaciones con las potencias europeas occidentales.


Sin embargo, el ministro Castiella se percató de que una adhesión española a la CEE resultaría imposible sin una reforma democrática. Con la puerta cerrada, Madrid se centraría en lograr un acuerdo de asociación que le garantizara un acceso preferencial al Mercado Común. Tampoco ayudó que, dentro del régimen, los círculos más falangistas y tradicionalistas desconfiaran de las democracias liberales europeas. Esa desconfianza se agravó en junio de 1962, cuando centenares de políticos antifranquistas acudieron en Múnich al IV Congreso del Movimiento Europeo, una asociación que coordina y promueve la integración continental, reclamando el fin de la dictadura. Las divisiones internas y las reticencias externas limitaron el alcance de las conversaciones entre España y la CEE, que culminaron en 1970 con la firma de un acuerdo preferencial que apenas incluía rebajas arancelarias y una cierta liberalización del comercio.
Gibraltar y la descolonización: los grandes fracasos del franquismo
Entretanto, la entrada de España en Naciones Unidas en 1955 había abierto un nuevo frente en la política exterior franquista: la cuestión colonial. El primer conflicto colonial para España en África fue el protectorado de Marruecos. Las autoridades españolas habían simpatizado con el auge del nacionalismo marroquí en el Marruecos francés. El respaldo del franquismo a los nacionalistas pretendía fortalecer su relación con los países árabes y vengar la política antifranquista de la Cuarta República francesa. Francia, inmersa en el conflicto de Indochina, no podía abrir un nuevo frente en el norte de África, por lo que accedió a negociar.
La presión de Estados Unidos, que deseaba un Estado aliado en el norte de África, forzó a Francia y España a acelerar la descolonización del protectorado. Fruto de ello, Franco firmó con el sultán Mohamed V la Declaración conjunta de Madrid, que ponía fin al protectorado español de Marruecos. Pero la independencia marroquí en 1956 no acabó con los conflictos coloniales en África. España todavía conservaba los territorios de Cabo Juby, Ifni y el Sáhara Occidental, además de su colonia en Guinea. Temeroso de que el Ejército Nacional de Liberación se volviera contra él, Mohamed V promovió la idea del Gran Marruecos, que reivindicaba los territorios del antiguo Imperio almorávide, en los siglos XI y XII. Así, en octubre de 1957 estalló la guerra de Ifni, que forzó a España a solicitar la colaboración de Francia para sofocar la ofensiva marroquí.
Pese a que España solamente cedió Cabo Juby al final del conflicto, la guerra de Ifni evidenció que mantener las colonias era insostenible. En este contexto, el problema colonial fracturó al Gobierno franquista. Hasta entonces, la gestión de las colonias africanas había recaído en el subsecretario de la Presidencia, Luis Carrero Blanco. Carrero, que representaba al sector militar más conservador, se negaba a renunciar a las colonias en África. Por el contrario, el ministro Castiella, cercano a los sectores católicos más moderados, pretendía acelerar la descolonización para fortalecer sus reivindicaciones territoriales sobre Gibraltar.
La estrategia de Castiella hacia Gibraltar se basaba en cuatro puntos: plantear el contencioso ante la ONU como un conflicto de descolonización que afectaba a la comunidad internacional, promover un bloqueo económico, entorpecer el uso de su base militar y desarrollar económicamente el Campo de Gibraltar, la región española alrededor del Peñón, para que los trabajadores españoles abandonaran la colonia. España defendía la devolución de Gibraltar al considerar que el Reino Unido mantenía una colonia en suelo español, que su población carecía de homogeneidad y arraigo local y que sus ingresos procedían del uso de la base y del contrabando.


Por el contrario, Londres apelaba a sus derechos de soberanía adquiridos en el Tratado de Utrecht de 1713-1715 y a la voluntad del pueblo gibraltareño. De hecho, en medio de las presiones de Naciones Unidas para encontrar una solución negociada, el Reino Unido celebró un referéndum en Gibraltar en 1967, donde el 99,64% de su población respaldó permanecer bajo soberanía británica. Aunque la ONU se opuso al referéndum, la política española hacia Gibraltar fracasaría por completo. Como miembro permanente del Consejo de Seguridad, el Reino Unido podía vetar o ignorar cualquier resolución sobre Gibraltar, lo que impedía a España lograr cualquier avance sin un acuerdo consensuado con Londres y avalado por la población gibraltareña. Del mismo modo, la política agresiva de Castiella con Gibraltar había desencadenado una crisis diplomática con Londres y afectaba a los lazos con Estados Unidos.
Precisamente, la relación con Washington comenzaba a resentirse. Las limitaciones en el uso del armamento estadounidense, la escasa ayuda económica y el uso discrecional de las bases en España alimentaron los recelos del régimen franquista hacia los Pactos de Madrid, prorrogados cinco años más en 1963. La gota que colmó el vaso fue el accidente de Palomares, en 1966, cuando un bombardero estadounidense, que portaba cuatro bombas nucleares, sufrió una colisión con otro avión sobre la costa de la localidad almeriense. El incidente llevó a España a exigir un trato más igualitario: un tratado de defensa mutua, un aumento de la ayuda económica y el apoyo de sus reclamaciones sobre Gibraltar y su entrada en la CEE. Pero Estados Unidos, que había disparado su gasto militar durante la guerra de Vietnam, se negó a ello.
Las tensiones diplomáticas con Estados Unidos para renegociar los acuerdos irritaron a Franco y a Carrero Blanco, que consideraban esencial la relación con Washington para garantizar la estabilidad del régimen. Ante este panorama, Franco prescindió de Castiella y encauzó las conversaciones con la Administración Nixon, que culminarían en un nuevo acuerdo de amistad y cooperación en 1970. Este pacto, que ampliaba la colaboración más allá de la defensa, reforzaba formalmente la soberanía española sobre las bases y reemplazaba la cláusula secreta de 1953. Sin embargo, tampoco implicaba un tratado de alianza política o un compromiso formal de defensa.
Con todo, el interés de Carrero Blanco por mantener las colonias en África sería en vano. En 1968, Guinea Ecuatorial proclamaría su independencia tras la celebración de unas elecciones. Y un año más tarde, España entregaría Ifni a Marruecos. La única excepción en ese momento sería el Sáhara Occidental, que le interesaba especialmente a Madrid por su riqueza pesquera y su yacimiento de fosfatos en la localidad de Bucraa.
El declive definitivo: la crisis del Sáhara Occidental
La descolonización en África, la fallida estrategia con Gibraltar y las turbulentas negociaciones con Estados Unidos y la CEE habían ilustrado la debilidad internacional del franquismo. Esa fragilidad se agravó a nivel interno a medida que empeoraba la salud de Franco. Con el dictador enfermo, el régimen franquista entró en su recta final. El contexto internacional tampoco ayudaba a su continuidad. La crisis del petróleo de 1973 puso fin al crecimiento económico que había experimentado España durante el desarrollismo. De igual manera, la caída de las dictaduras en Portugal y Grecia en 1974 dejaba al franquismo nuevamente aislado en Europa.
Para colmo, la Iglesia católica había comenzado a distanciarse del franquismo a raíz del Concilio Vaticano II, celebrado entre 1962 y 1965, que empujó al clero hacia posiciones más liberales y contrarias a la dictadura. Las tensiones entre el régimen franquista y el Vaticano se hicieron visibles a medida que el papa Pablo VI reclamaba a Franco poner fin a su derecho de presentar candidatos a obispos. Uno de los momentos más críticos se produjo con el caso Añoveros, cuando el Gobierno español quiso expulsar de España al obispo de Bilbao, Antonio Añoveros, por su homilía a favor de la identidad del pueblo vasco. Sin embargo, la Santa Sede lo impidió.
Ante ese escenario, el franquismo exhibió de nuevo su pragmatismo. La imposibilidad de acceder a la CEE llevó al régimen a acercarse a los países socialistas de Europa del Este. Esa estrategia venía favorecida por la Ostpolitik del canciller socialdemócrata de Alemania Occidental, Willy Brandt, una política de acercamiento hacia el bloque oriental desde principios de los años setenta. Aunque Franco vetó cualquier reconocimiento diplomático a la URSS, España estableció relaciones consulares con Rumanía, Hungría o Checoslovaquia. Incluso llegó a firmar en 1972 un acuerdo para regular sus relaciones comerciales con Moscú. Y en 1973 reconoció a dos Estados socialistas, la República Democrática Alemana y la República Popular China, que dos años antes le había arrebatado a la República de China ―Taiwán― el asiento en Naciones Unidas.
Sin embargo, el caso más paradigmático del pragmatismo franquista fue Cuba. Pese a las diferencias ideológicas, la España franquista siempre mantuvo relaciones diplomáticas plenas con el régimen de Fidel Castro, llegando a rechazar el embargo estadounidense. Fruto de esa cordialidad, el líder cubano decretaría tres días de luto oficial en la isla tras la muerte de Franco.
Nuestros artículos en profundidad son posibles gracias a quienes apoyan la divulgación internacional.
Durante sus últimos años, el franquismo también vivió algún pequeño éxito diplomático, como la presencia de España en la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, celebrada en Helsinki entre 1973 y 1975, que sería el origen de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). La participación de Carlos Arias Navarro en aquella cita representó la primera vez que un presidente del Gobierno acudía a un foro internacional de primer nivel durante la dictadura franquista. Sin embargo, cualquier logro quedó opacado por el estallido de la crisis del Sáhara Occidental.
La crisis saharaui aceleró el colapso del franquismo. Como anterior presidente del Gobierno, Carrero Blanco había intentado seguir la vía neocolonial que ya había promovido sin éxito en Guinea Ecuatorial: darle un estatuto de autonomía al Sáhara para después tutelar su independencia y asegurar los intereses económicos de España. Sin embargo, sus planes se fueron al traste cuando el monarca marroquí, Hasán II, reactivó el proyecto irredentista del Gran Marruecos. El rey había sufrido dos intentos de golpe de Estado en 1971 y 1972 y buscaba alejar al Ejército de Rabat agitando el nacionalismo. Así, las presiones de Marruecos obligaron a España a abandonar la idea de la autonomía y a anunciar la convocatoria de un referéndum de autodeterminación durante el primer semestre de 1975.
Marruecos dilató la votación presentando junto a Mauritania un recurso sobre la soberanía del territorio saharaui ante la Corte Internacional de Justicia. Pese a que el dictamen resultó desfavorable para los intereses marroquíes, Rabat impulsó, con el apoyo de Francia y Estados Unidos, la Marcha Verde. Incapaz de involucrarse en otro conflicto colonial, España aceleró su retirada del Sáhara Occidental y firmó en noviembre el Acuerdo Tripartito de Madrid, en el que cedía la administración del territorio saharaui a Marruecos y Mauritania. El acuerdo, declarado nulo por Naciones Unidas, sentaría las bases del conflicto territorial del Sáhara Occidental.
Sin embargo, España rubricó su salida con la aprobación urgente de la Ley de Descolonización del Sáhara. Mediante esta ley, las Cortes franquistas amparaban el abandono de un territorio que, desde 1958, estaba considerado como una provincia española. Su entrada en vigor se produciría el 20 de noviembre de 1975, el mismo día en el que Franco y su régimen morían en Madrid.
El legado internacional del franquismo en la España actual
Han pasado cincuenta años del fin de la dictadura en España. Sin embargo, el franquismo ha ejercido una enorme influencia en la proyección internacional del país. El régimen franquista sentó las bases de las relaciones españolas con el mundo árabe. Esos vínculos ayudan a entender hoy el respaldo mayoritario de la sociedad española a Palestina o las divisiones de la derecha en torno a la causa palestina. Del mismo modo, España heredó de la dictadura los contenciosos de Gibraltar y el Sáhara Occidental, que ha definido durante décadas las conflictivas relaciones con Marruecos.
Otro asunto destacado fue la vinculación de España a Occidente. Aunque el régimen nunca logró integrarse en la OTAN o en la CEE, el franquismo emprendió un proceso que, ya en democracia, concluiría con la adhesión de España a estas organizaciones en 1982 y 1986, respectivamente. Desde entonces, el atlantismo y el europeísmo han sido los ejes principales de la política exterior española. También ha cobrado un papel trascendental el uso del poder blando para potenciar la imagen internacional del país. Al igual que hizo el franquismo a través del turismo, España ha enfatizado sus elementos culturales para abrirse al mundo y compensar la ausencia de una política exterior sólida, coherente y continuista.
En este sentido, el aislamiento del franquismo alimentó los sentimientos de inferioridad y desconfianza de España hacia el exterior. De igual manera, obligó al régimen a adoptar una política exterior ambigua y cambiante, sin un propósito claro más allá de su propia supervivencia. Pero, sobre todo, los esfuerzos de la dictadura por imponer una visión unívoca de España y reprimir a sus opositores obstaculizaron la construcción de una política exterior de Estado, ante la dificultad de identificar intereses compartidos y de crear una identidad nacional común. Todo ello ha debilitado la proyección internacional de un país que, lejos de alcanzar la grandeza imperial que anhelaba Franco, todavía arrastra el controvertido legado de su dictadura.
