De Pedro Sánchez se dice que es más respetado en Bruselas que en Madrid. Ha intentado proyectarse como líder europeo, su voz se tiene en cuenta entre los Veintisiete y se mueve con soltura en las cumbres y los medios internacionales, al contrario que sus dos predecesores, Mariano Rajoy y Rodríguez Zapatero. Sin embargo, la Unión Europea reaccionó con desconcierto al anuncio del presidente del Gobierno español sobre su posible dimisión.
Sánchez ha hecho de la política exterior uno de sus caballos de batalla. El último ejemplo es la intención del Gobierno de reconocer a Palestina como Estado, liderando un grupo de países europeos como Noruega o Irlanda, paso que se esperaba para antes de verano. El apoyo a Ucrania, las negociaciones en cuestiones energéticas, la organización de las cumbres de la OTAN en 2022 y la COP25 en 2019 o la presidencia del Consejo de la Unión Europea en 2023 han sido otros hitos del Gobierno.
Todo ello apunta a un despertar geopolítico de España después de años jugando un papel secundario en los asuntos globales. No obstante, estos avances quedan en entredicho sin una estrategia de Estado que vaya más allá de los intereses partidistas. También de potenciales cambios de Gobierno: aunque Sánchez ha decidido seguir al frente del ejecutivo, la incertidumbre generada por sus cinco días de reflexión prueba lo frágil que es la posición geopolítica española.
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