11 de octubre de 1962

El Concilio Vaticano II, o modernizar el catolicismo

El avance del secularismo y la pérdida de fieles después de las guerras mundiales empujaron a la Iglesia católica a modernizarse en plena Guerra Fría. Durante el Concilio Vaticano II, entre 1962 y 1965, las autoridades canónicas aceptaron democratizar la misa y acercarse a los no católicos, entre otras reformas.
El Concilio Vaticano II, o modernizar el catolicismo
Imagen del Concilio Vaticano II. Fuente: Wikimedia.

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En una Europa arrasada y dividida por la Guerra Fría, el papa Juan XXIII convocó el 25 de enero de 1959 el Concilio Vaticano II para “actualizar” la Iglesia católica. El pontífice buscaba aumentar la presencia de la institución en los nuevos tiempos, favoreciendo la unidad entre las comunidades cristianas y trabajando por la paz en el mundo. 

El principal hito de la asamblea fue la renovación del rito católico, que autorizaba a impartir la misa ya no solo en latín sino en cada lengua nacional y de cara al público. También se afirmó el derecho de las personas a la libertad religiosa y de conciencia, se propuso aumentar la presencia de la Iglesia en los medios de comunicación para predicar el Evangelio y se puso el foco en los problemas sociales y la paz. Asimismo, se impulsó el ecumenismo, el movimiento que busca la unidad de todas las iglesias cristianas.

Modernizarse, una cuestión de supervivencia

Consciente desde hacía un siglo de los cambios de época, la Iglesia inició el camino para actualizarse con el Concilio Vaticano I, convocado entre 1869 y 1870 para abordar los dogmas religiosos y sortear los desafíos del racionalismo, el liberalismo y el materialismo. El impacto de la guerra franco-prusiana sobre los Estados Pontificios interrumpió la cumbre, pero el papa Pío X continuó la modernización en 1904 con la codificación del derecho canónico y en 1907 con la reducción de los órganos de gobierno de la curia romana. 

Pasadas las dos guerras mundiales, la sociedad avanzaba hacia una modernidad racionalista y de apertura social opuesta al conservadurismo católico. Las principales críticas iban contra el dogma de la infalibilidad del Papa, que le otorga la última palabra en materia moral o de fe, y contra la misa en latín y de espaldas a los fieles. Además, los papeles enfrentados de algunos obispos durante la guerra motivaron el debate en torno a la Iglesia, y se inició el debate sobre el celibato obligatorio y el papel de la mujer en la institución.

El Concilio Vaticano II fue la respuesta de la Iglesia a estos cuestionamientos, pero también parte de su estrategia para no perder influencia en Europa del Este, donde los cristianos eran oprimidos durante la Guerra Fría, ni en los nuevos países en África y Asia. Así, la Santa Sede adoptó un papel proactivo para ganarse a los fieles, mejorar su relación con otras confesiones y renovar la imagen del catolicismo. Por ello habría hasta 275 visitas papales a otros países entre 1964 y 2017.

Un concilio, dos papas y cuatro constituciones

El papa Juan XXIII inauguró el Concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962 en la basílica de San Pedro del Vaticano. La cumbre duró hasta el 8 de diciembre de 1965 y se dividió en cuatro sesiones. Acudieron 2.450 obispos de los cinco continentes, con Europa más representada, y también participaron observadores y delegados no católicos.

El pontífice presidió la primera sesión hasta su muerte en junio de 1963. Su sucesor, Pablo VI, condujo las tres restantes hasta 1965. En ellas se aprobaron por mayoría cuatro constituciones, nueve decretos y tres declaraciones, y sus avances no tardaron en implementarse: en 1965 se adoptó el rito litúrgico renovado y se levantaron las excomuniones del cisma de 1054 entre la Iglesia romana y la de Constantinopla.

En la cumbre se encontraron dos corrientes teológicas: una conservadora, liderada por el cardenal Alfredo Ottaviani, prefecto de la curia romana, y otra progresista, centrada en los derechos humanos, la libertad y la democracia. Pablo VI apoyó a la segunda, aunque vetó los debates sobre la curia, el celibato y las medidas anticonceptivas para controlar la natalidad.

Otra Iglesia para nuevos tiempos

El Concilio Vaticano II no solo reformó a la Iglesia católica, sino que también cambió su papel en distintos países. En España, por ejemplo, la alejó de la dictadura de Franco y aceleró el fin del nacionalcatolicismo. Mientras, en Latinoamérica impulsó la teología de la liberación, el movimiento cristiano centrado en ayudar a los vulnerables y oprimidos, y en eliminar cualquier forma de explotación. Esta relectura del Evangelio aunó el cristianismo con las teorías marxistas e inspiró tanto movimientos de curas obreros como distintas guerrillas.

Ya en los años setenta, el papa polaco Juan Pablo II impulsó aún más el peso diplomático de la Santa Sede en el mundo, con doscientas visitas a 125 países y la mediación durante la caída del bloque comunista. Después de una continuación conservadora con el papa Benedicto XVI, el pontífice actual, Francisco I, mantiene la política del Concilio de no dejar fuera a ninguna nación mientras abre la puerta a algunos debates y nuevos acercamientos.

Ana Montes

Madrid, 1998. Máster en Relaciones Internacionales y Diplomacia en la Escuela Diplomática. Política e intrahistoria.

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