Suscríbete

España: la potencia mundial del turismo se enfrenta a su propio éxito

El modelo de sol y playa, exportado a todo el mundo, también ha alimentado problemas internos como el de la vivienda o la precariedad laboral

Esta funcionalidad está reservada a suscriptores. Suscríbete por solo 5€ al mes.Guardar artículo

España es una de las potencias mundiales del turismo. El país registró en 2024 su mayor número anual de visitantes con 94 millones de turistas internacionales, una cifra por encima de Estados Unidos y solamente superada por Francia. La popularidad de España como destino turístico ha supuesto una importante fuente de ingresos. De hecho, este último año, el turismo representó el 12,9% del PIB nacional y un porcentaje similar en el empleo, al generar más de 72.000 empleos. Es un claro motor económico del país.

Pero España no es simplemente un lugar de vacaciones: también se ha convertido en una potencia turística a nivel empresarial. La exportación del modelo turístico creado en los años sesenta se tradujo en una mayor influencia institucional y en la expansión de las empresas turísticas españolas. Hoy en día, España tiene algunos de los principales grupos hoteleros como Barceló, Riu, NH, Iberostar o Meliá, que con cerca de cuatrocientos hoteles en más de cuarenta países es la mayor cadena vacacional del planeta. Junto a esto, España cuenta con las aerolíneas Iberia, Air Europa y Vueling, o el grupo Globalia, que reúne cadenas hoteleras, agencias de viajes y turoperadores.

No obstante, la influencia del turismo en la economía española ha agravado una serie de problemas en el país. El crecimiento del sector turístico se ha traducido en una masificación de las grandes ciudades, el aumento del precio de la vivienda, la gentrificación de sus barrios, la precariedad y estacionalidad del empleo y la erosión del medioambiente. Esta situación ha alimentado los debates sobre la sostenibilidad del modelo que convirtió a España en el gran poder del turismo global: el sol y playa.

Sol y playa: la irrupción de España como potencia turística

La irrupción de España como potencia del turismo se gestó en los años cincuenta. El crecimiento económico posterior a la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo de los transportes y la aparición de la televisión facilitaron la transformación del turismo en un fenómeno de masas. La España franquista aprovechó ese auge para romper su aislamiento internacional. En 1951 se creó el Ministerio de Información y Turismo, que elaboró el primer Plan Nacional de Turismo dos años más tarde. Con este plan se buscaba promocionar el turismo en España, modernizar las infraestructuras y coordinar la propaganda en el exterior.

Sobre esa base, el boom del turismo en España llegó en los sesenta con Manuel Fraga. Como ministro de Información y Turismo entre 1962 y 1969, Fraga promovió varias leyes que facilitaron el crecimiento y la profesionalización del sector. Al mismo tiempo, se impulsó la marca España en el exterior a través de la campaña Spain is different, que presentaba al país como un destino exótico y asequible para los europeos.

La estrategia de Fraga impulsó el modelo de sol y playa en España y posicionó al país como uno de los principales destinos turísticos en Europa. El auge del turismo masivo, especialmente desde el Reino Unido, Alemania Occidental y Francia, favoreció el desarrollo de núcleos turísticos como Benidorm, Mallorca o la Costa del Sol. Este crecimiento permitió la expansión de las principales cadenas hoteleras españolas —Meliá, Barceló, Iberostar y Riu—, que irrumpieron en las islas Baleares durante esta etapa. Su implantación en territorio español sentó las bases del modelo turístico que exportarían a nivel internacional.

Otro factor determinante en este proceso fue el papel de Iberia, la aerolínea nacional, que conectó España con los países emisores de turistas. La proyección de España como potencia del turismo se reflejó en 1976 cuando Madrid fue elegida sede de la Organización Mundial del Turismo, ahora ONU Turismo, la agencia de Naciones Unidas dedicada a promover y regular la industria turística.

Pese a ello, la explosión del turismo en España dejó varias secuelas negativas en el país. El crecimiento del sector provocó una emigración masiva del campo a estas ciudades para trabajar, lo que agravó las desigualdades territoriales entre las zonas rurales del interior y la costa. Del mismo modo, la dependencia del turismo incrementó el número de empleos temporales, poco cualificados y mal remunerados, lo que creó una economía basada en la estacionalidad, la precariedad y el alto desempleo. Asimismo, se impulsó una urbanización masiva y descontrolada de las áreas costeras que destruyó los paisajes naturales.

La internacionalización de la industria turística española

Los años ochenta y noventa marcarían un punto de inflexión para el sector turístico español. La transición democrática de España, junto con la integración en la OTAN y la Comunidad Económica Europea, impulsaron su proyección internacional. A ello se sumó la organización de eventos como la Exposición Internacional de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, que contribuyeron a modernizar las infraestructuras de estas ciudades y a difundir la imagen de un país moderno y abierto al mundo.

Este proceso estuvo acompañado por una activa política turística tanto del Gobierno español como de las comunidades autónomas, que asumieron las competencias en esta área. Durante los años ochenta se creó el Instituto de Turismo de España (Turespaña), un organismo público para promover la imagen del país como destino turístico en el exterior. España también comenzó a acoger desde 1981 la Feria Internacional de Turismo (Fitur), que congrega anualmente en Madrid a los actores más destacados del sector. En esta línea, el Gobierno lanzó en 1992 el primer plan Futures para modernizar la industria turística en España y fomentar la proyección internacional de sus empresas. Como resultado, España experimentó su segundo boom turístico durante esta época.

Este crecimiento del turismo en el país estuvo acompañado por la internacionalización de la industria turística española. La globalización había propiciado la liberación del transporte aéreo y la aparición de nuevos destinos turísticos lejos de Europa. Entre ellos, destacaban los países de América Latina y el Caribe que ofrecían oportunidades de negocio por su clima, sus playas y sus menores costes, como México, Cuba o República Dominicana. Estos países no sólo permitieron a las empresas españolas replicar su modelo de sol y playa, sino que reforzaron la posición de España como nexo entre Europa y América Latina.

En este contexto, las grandes cadenas hoteleras españolas se expandieron rápidamente por el Caribe. Meliá, Barceló e Iberostar trasladaron a Punta Cana, Varadero o Cancún su modelo de resort todo incluido, caracterizado por el acceso directo a la playa, la oferta de comidas y bebidas ilimitadas y actividades de ocio como espectáculos en vivo. Este modelo fue respaldado por las aerolíneas españolas, que empezaron a ofrecer vuelos chárter de bajo coste hacia estos destinos.

La internacionalización de la industria turística española se consolidó con la aparición de nuevas empresas punteras en el sector. En 1987 surgió Amadeus, una compañía con sede en Madrid especializada en servicios tecnológicos para el turismo que se acabaría convirtiendo en el principal proveedor de tecnologías de viajes. Una década después, se fundó Globalia, un grupo turístico que incluye agencia de viajes, turoperador y aerolínea propias. Esta estructura le permitió desempeñar un papel fundamental en la difusión del turismo en España, ya que facilitó los viajes internacionales de los españoles y posicionó a Air Europa —su aerolínea— como una compañía competitiva en las rutas transatlánticas.

Los desafíos de España con el turismo

El aumento de la llegada de turistas y la expansión internacional de sus empresas turísticas afianzaron a España como potencia mundial del turismo. Pese a la aparición de nuevas potencias turísticas emergentes, el país ha conservado su posición dominante en la industria. España se ha mantenido como uno de los destinos turísticos más destacados y las cadenas hoteleras españolas han continuado su expansión en mercados como Asia, Oriente Próximo y Estados Unidos. 

Esta difusión ha supuesto mayor inversión extranjera y alianzas con otras multinacionales. Uno de los casos más paradigmáticos se produjo en 2018, cuando la cadena tailandesa Minor International adquirió el 94% de NH Hotel Group para expandirse por Europa. Esta estrategia de concentración empresarial también se ha trasladado al mercado de las aerolíneas. En 2011 Iberia se fusionó con la británica British Airways para formar International Airlines Group (IAG), uno de los grupos más poderosos del mundo.

Sin embargo, España enfrenta numerosos desafíos con el turismo en los próximos años. Por un lado, esa irrupción de nuevos destinos y nuevos competidores como Turquía, Croacia, Marruecos o el Sudeste Asiático ha amenazado el dominio español en el sector. Un ejemplo de este fenómeno es Arabia Saudí, que en 2021 se planteó disputarle a España la sede de ONU Turismo, la única agencia de Naciones Unidas en suelo español. Por el otro, el modelo turístico tradicional en España ha mostrado síntomas de agotamiento. La dependencia del sol y playa ha dejado infraestructuras obsoletas, zonas saturadas y un incremento del turismo de fiesta y borrachera en las áreas costeras.

La difusión del modelo turístico español ha llevado a otros países a replicar su ejemplo. En Turquía, cadenas como Rixos han imitado el modelo de resorts de lujo asequibles desarrollado por las hoteleras españolas en el Caribe. Asimismo, otros grupos como el alemán TUI Group o el francés Club Med han utilizado la idea del “todo incluido” en lugares caribeños y mediterráneos.

La saturación turística también ha exacerbado las tensiones sociales entre los residentes de distintas ciudades españolas. En Barcelona, Málaga o las islas Canarias, el rechazo contra el turismo masivo se ha hecho cada vez más visible. La masificación de estas zonas ha agravado sobre todo la crisis de la vivienda, ya que el auge del turismo ha disparado los precios en el mercado inmobiliario. Ante la creciente demanda de turistas, los propietarios prefieren alquilar sus apartamentos a turistas mediante plataformas como Airbnb, lo que expulsa a los habitantes de estas ciudades. Como consecuencia de ello, el Ayuntamiento de Barcelona ya anunció que acabará con los pisos turísticos en 2028.

Pero la crisis de la vivienda es sólo la punta del iceberg. Por el camino, se han recrudecido otros viejos problemas como las malas condiciones laborales, la estacionalidad, la degradación medioambiental y la escasez de recursos básicos como el agua, destinados a infraestructuras turísticas. A ello se añade la vulnerabilidad de la economía española, que al depender del turismo está especialmente expuesta a crisis externas, como se vio durante la crisis económica de 2008 y con la pandemia de la covid-19 en 2020. 

Todo esto, unido a otros desafíos como la digitalización, están forzando una transformación profunda en el sector. En este contexto, las empresas y administraciones españolas están diversificando su oferta con la promoción de nuevas formas de turismo como el turismo cultural, el de interior o el enoturismo, centrado en las zonas de producción de vino. Mediante esta estrategia, buscan atraer turistas de mayor poder adquisitivo, superar la dependencia del sol y playa y avanzar hacia la desestacionalización del turismo en el país. Con ello, España intentará reinventarse para seguir liderando la industria turística mundial.

3 comentarios

  1. Expandir comentario
    MANUEL PUIG FERNANDEZ

    Creo que desestacionalizar el turismo está siendo el causa de la escasez de viviendas. Cuando el turismo se ceñía al verano, los pisos vacacionales se concentraban en la costa. Ahora, al tener turismo todo el año en las grandes ciudades, los propietarios han visto que es más rentable, y seguro, arrendar al turista que al ciudadano.

  2. Expandir comentario
    catherine liegeois

    Muy interesante el articulo, demostrando una vez más que nada es tan sencillo como » hay que..» Opino lo mismo que M. Puig Fernandez: Viviendo en el interior del país (sur de Gredos), se nota como el efecto del «alternative turism» está afectando a los ciudadanos, incluso de los pueblos pequeños. Muchos pisos solo se alquilan a turistas y a los que no, se les ha subido el precio de una forma que no corresponde a la capacidad económica de los locales, esperando captar una clientela de fuera.
    En definitiva, como siempre, la vista simplista de «hay que potenciar y diversificar las fuentes del turismo» no resuelve el problema. En mi humilde opinión, mientras sigamos dando todo el protagonismo al crecimiento económico en detrimento del crecimiento social, no tendremos soluciones.

  3. Expandir comentario
    Guillermo González Segura

    La gentrificación en las grandes ciudades no la solucionará nunca el mercado, que siempre obtiene pingües beneficios de la misma. Recordad que, desde el urbanismo social del siglo XIX (hechadle un vistazo a la ciudad de Viena), para mantener asequible la vivienda en una gran urbe, entre el 30% y el 50% del parque residencial tiene que estar en manos de la administración (y gestionarlo adecuadamente, claro! 🙂
    Por supuesto, de ese porcentaje la (sabia) administración decide qué parte de dedica a equipamientos, también turísticos.

El plazo para comentar ha finalizado.