Madrid, Londres o Nueva York están al borde del colapso, no sólo a nivel habitacional. La extensión del llamado “modelo funcional” de ciudad ha generado entornos segregados, como los PAU madrileños, barrios dormitorio desconectados de centros de trabajo y lugares de ocio. En España, el problema viene del urbanismo desarrollista posterior al franquismo, y las tendencias urbanas del siglo XXI han terminado de empobrecer el espacio público como lugar de encuentro. Como manifiestan los vecinos de Sevilla Este, las calles han dejado de protagonizar la vida urbana para convertirse en meras vías de circulación.
Con la actual crisis habitacional, construir más viviendas se plantea como una solución de objetos aislados. Sin embargo, la vivienda no es sólo una construcción que acoge a sus habitantes: forma parte de una red de relaciones sociales, económicas y culturales que se desarrollan en la ciudad y que condiciona la vida de quien la habita. El espacio público, por tanto, no es sólo un soporte físico, sino el escenario principal de la vida urbana. Así que para solucionar la crisis de la vivienda también será necesario repensar nuestras ciudades.
La crisis de la vivienda… y de las ciudades
La actual crisis habitacional es de vivienda, pero también del modelo de ciudad. Durante gran parte del siglo XX, tras el éxito de las ideas del arquitecto Le Corbusier, la planificación urbana se guio por principios como la funcionalidad o la velocidad. Según esta visión, la vivienda debía ocupar el lugar principal del espacio urbano y a través de grandes vías se llegaría en vehículo privado a los lugares de trabajo y de ocio, a su vez diferenciados. Bajo estos principios se fundó Brasilia en 1960 y se pusieron en pie el oeste de Berlín o algunos barrios de Frankfurt y Leipzig después de la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, esta separación rígida produjo ciudades fragmentadas, dependientes del coche y con espacios urbanos desarticulados, donde la vida urbana y el encuentro es débil y escaso. Como resultado, las ciudades están dejando de responder a las necesidades de quienes las habitamos. El barrio de Bijlmermeer en Ámsterdam es el máximo exponente del fracaso de este modelo. Esta problemática, analizada por el periodista Jorge Dioni en su libro El malestar de las ciudades, se manifiesta de varias formas: desde la contaminación en Milán, la hiperturistificación en Málaga o las 101 horas en atascos al año en Londres, hasta la degradación del espacio público en Barcelona o la escasa adaptación climática de Atenas.
El equilibrio entre lo urbano y lo habitable se ha roto. En España, se estima que serán necesarias cientos de miles de viviendas adicionales en los próximos años para hacer frente a la demanda. Sin embargo, no se aborda dónde o cómo construir. Así, se corre el riesgo de repetir los errores del desarrollismo y del boom inmobiliario y agravar aún más la crisis urbana. No basta con expandir la ciudad, sino que hay que priorizar también el debate sobre qué ciudad queremos que alberguen esas millones de viviendas nuevas.
La calle como unidad básica
Las ciudades albergan parte de la solución para garantizar el acceso a una vivienda digna. Para ello hay que repensar su unidad básica: la calle. La calle no es sólo un lugar de paso, es el escenario principal de la vida cotidiana: el encuentro con vecinos, el juego espontáneo de los niños, el comercio de proximidad… Factores que hacen habitable un entorno. Replantearnos la ciudad desde la calle implica recuperar esa dimensión relacional y multifuncional del espacio público.
La canadiense Jane Jacobs fue la precursora de las ideas que ponen en el centro la humanización de la ciudad. Esta activista y teórica del urbanismo señalaba que la vitalidad urbana surge de la mezcla de actividades, personas y ritmos cotidianos. Un ejemplo que analizaba era el de Greenwich Village, en Nueva York, un barrio con edificios de distintas épocas, calles activas y una convivencia estrecha entre viviendas, comercios y servicios. Para Jacobs, este tipo de tejido urbano fomenta el encuentro social, la seguridad y una vida comunitaria rica, demostrando que una ciudad viva no depende de la escala, sino del equilibrio entre densidad, servicios, lugares de trabajo, servicios públicos y zonas donde poder, simplemente, estar.
Un ejemplo es la “la ciudad de los quince minutos” en París, impulsada por la alcaldesa Anne Hidalgo especialmente desde la pandemia. La idea es que cualquier persona pueda acceder a su trabajo, la escuela, el médico, un parque o una tienda en menos de quince minutos a pie o en bicicleta. Para lograrlo, París ha transformado calles en corredores verdes, eliminado carriles de coches y multiplicado los espacios comunitarios. Esta estrategia no sólo reduce la dependencia del automóvil, sino que reactiva la vida de barrio, mejora la cohesión social y recupera la convivencia en el espacio urbano. Sin embargo, muchos urbanistas y expertos también han advertido de la necesidad de acompañar esta transformación con medidas de redistribución y justicia social para evitar una mayor segregación urbana entre los barrios.
La ciudad es para habitarla, no sólo para vivir en ella
El modelo de expansión periférica de muchas ciudades ha generado todo tipo de problemas: un alto consumo de suelo, mayor dependencia del coche privado, elevados costes en infraestructuras y servicios públicos y una huella ecológica insostenible. Esta dispersión urbana fragmenta el territorio, encarece la vida cotidiana y dificulta la cohesión social. Lejos de resolver la crisis habitacional, este modelo tiende a reproducirla en forma de barrios alejados, mal conectados y con escasa calidad urbana.
Frente a esta lógica, algunas ciudades están apostando por varias medidas. Algunas son rehabilitar barrios consolidados, redensificar a través de operaciones bien integradas, regenerar sin destruir el tejido urbano o reubicar vivienda social en zonas bien dotadas. No se trata necesariamente de ocupar más suelo, sino de recuperar zonas infrautilizadas o degradadas y reforzar su capacidad para sostener la vida urbana.
Dos ejemplos son Vitoria-Gasteiz, que ha impulsado un modelo de ciudad compacta y sostenible, priorizando la regeneración de barrios existentes, o Pontevedra, que en 1999 peatonalizó el centro de la ciudad. En Barcelona hay otros dos proyectos paradigmáticos. Uno fue la recalificación de antiguos terrenos industriales del Poblenou para incorporar vivienda, oficinas, espacios verdes y equipamientos para dar lugar al llamado Distrito 22@. Aunque no exento de críticas por la gentrificación, demuestra cómo es posible recuperar para responder a las nuevas necesidades habitacionales sin consumir más territorio.
Otro caso es el de La Sagrera, donde el soterramiento de las vías del tren permitirá coser tejidos urbanos históricamente fragmentados. El proyecto creará una gran zona verde central y generará suelo para nuevas viviendas, muchas de ellas públicas. Esta operación no sólo añade oferta residencial, sino que mejora la conectividad y calidad urbana de todo el entorno. Es un ejemplo de cómo la ciudad puede crecer desde dentro, reforzando sus propios recursos y mejorando las condiciones de vida del conjunto de la población.
Más ciudad, no sólo más vivienda
Para enfrentar la crisis de la vivienda no basta con resolver el mercado de oferta y demanda, sino plantear ciudades para quienes las habitamos. El objetivo es garantizar techo, pero también pertenencia, acceso, movilidad, servicios y comunidad para recuperar la ciudad como lugar de vida. Eso implica apostar por políticas urbanas integrales que involucren a todos los niveles de la administración pública, el sector privado y los ciudadanos, y considerar la vivienda como parte de un sistema más amplio de políticas económicas, educativas y ambientales.
Como resultado, habrá más ciudades que no expulsen a sus habitantes, que cuiden su espacio público, que promuevan la diversidad de usos y personas y que entiendan el valor social de la calle y la proximidad. Ciudades que se midan no sólo por su crecimiento, sino por la calidad de los vínculos que facilitan. En definitiva, construir no sólo más vivienda, sino más ciudad, porque una vivienda digna también son calles habitables, plazas activas y barrios conectados. Un entorno urbano bien diseñado no sólo resuelve problemas de espacio, sino que fortalece el tejido social y mejora la vida cotidiana. Frente a la crisis habitacional, el urbanismo tiene una oportunidad: pasar de ser parte del problema a ser parte de la solución.








Ojalá!