Bali es un entorno paradisiaco. Sus playas de arena relucientes, sus aguas color turquesa y sus exuberantes junglas, repletas de templos hinduistas, llevan décadas atrayendo e inspirando la imaginación de millones de viajeros. Pero no es oro todo lo que reluce. Como en otros lugares, el turismo de masas en la “isla de los dioses” incomoda cada vez más a unos lugareños cuyos hogares y pueblos se han transformado en un parque de atracciones. Aunque la industria turística representaba el 61% del PIB de la isla antes de la pandemia, las autoridades ya están implementando medidas para reducir la afluencia masiva de turistas.
No es el único caso en el Sudeste Asiático. Desde hace años, esta región se ha convertido en un destino turístico preferente para las clases medias chinas y occidentales. En 2024 recibió 123 millones de turistas, incluyendo más de 200.000 españoles en Tailandia y otros 91.000 en Vietnam. Sin embargo, como sucede en España y otros lugares del mundo, la turistificación amenaza con causar más daños que beneficios.
El paraíso al alcance de un vuelo
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