Con 17,8 millones de visitantes, Reino Unido es el principal origen de los turistas que llegan a España, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) de 2023. Representan hasta el 20% del total de personas que llegaron al país ese año, por delante de Francia (14%) y Alemania (13%), un flujo indispensable para una economía en la que el turismo aporta hasta el 12,8% del PIB. A pesar de ello, los visitantes británicos se concentran en apenas cinco nodos turísticos del país: las Islas Canarias, las Baleares, la costa Blanca en Alicante, la Brava y Dorada en Girona y Tarragona y la del Sol en Málaga.
Es el conocido como turismo de sol y playa, un modelo vacacional masivo que ha florecido en los 8.000 kilómetros de costa de España y que ha transformado incluso la distribución poblacional del país: ha empujado a los españoles a la ribera del Mediterráneo y ha motivado la construcción de nuevas ciudades costeras como Marbella o Benidorm.
El turismo de sol y playa surgió de hecho en los sesenta como respuesta al crecimiento de la mano de obra y el éxodo rural, una apuesta que sigue dando sus frutos seis décadas después y que en 2023 batió récords de llegadas y gasto.
Se trata, sin embargo, de un modelo turístico que cuenta con varias desventajas y disfuncionalidades, como su estacionalidad. El 44% de los turistas internacionales y el 47% de los del Reino Unido que visitan España lo hacen en verano, lo que genera un pico en la demanda de trabajadores poco cualificados entre en junio y septiembre que luego se desinfla durante el resto del año. No es de extrañar por tanto que el país europeo con las peores tasas de paro y abandono escolar sea también el destino turístico por excelencia del sol y playa.
Asimismo, justo al mismo tiempo que el estallido de la crisis de 2008, el mercado turístico español comenzó a dar síntomas de agotamiento. El país había perdido atractivo, habían surgido nuevos competidores en el sur del Mediterráneo, el Caribe o el sudeste asiático y las llegadas comenzaron a disminuir.
Fue entonces cuando la industria se lanzó a abaratar sus tarifas para atraer a turistas de menor poder adquisitivo, lo que favoreció el turismo de fiesta y borrachera que sigue anclado en el imaginario de los turistas internacionales y afectó en un círculo vicioso a la valoración de los destinos españoles.
El cambio en la oferta y sobre todo las crisis que afectaron a los principales competidores de España en los años posteriores a la crisis financiera —inestabilidad social por los recortes en Grecia, giro autoritario en Turquía y revueltas en Túnez y Egipto— dieron una segunda vida al sector turístico de España, que ha aumentado un 60% el número de llegadas desde 2009 y es el segundo gran destino a nivel internacional, solo por detrás de Francia.
Pese a ello, mientras el país se dirige a un nuevo verano de récord, la masificación de los nodos turísticos costeros ha desatado una crisis social en puntos como Canarias, Baleares, Barcelona o Málaga, donde se han producido manifestaciones multitudinarias en los últimos meses en protesta contra un modelo turístico que ha disparado los precios de la vivienda y ha convertido sus ciudades en parques temáticos.