Declarar la “guerra global contra el terror” fue la punta de lanza del presidente estadounidense George W. Bush como respuesta a los atentados del 11S, perpetrados por Al Qaeda. El primer paso fue invadir Afganistán apenas dos meses después, con el objetivo de capturar a los líderes del grupo terrorista y acabar con el Gobierno talibán, que les daba cobijo en su territorio.
Pese al triunfo militar en Afganistán, la guerra contra el terror no había hecho más que empezar. “Estados como estos [Irak, Irán y Corea del Norte] y sus aliados terroristas constituyen un ‘eje del mal’ que se arma para amenazar la paz del mundo”, alegó Bush el 29 de enero de 2002 en el discurso del estado de la Unión. Vincular el terrorismo a Estados concretos planteaba la guerra en términos clásicos, contra un Estado real visible en un mapa, a diferencia del terrorismo. Para ello, Bush implementó una nueva política exterior basada en la doctrina del “ataque preventivo”, que se materializó en la invasión de Irak de 2003.
La guerra contra el terrorismo
La expresión “eje del mal” se atribuye a David Frum, quien preparó los discursos de Bush hasta febrero de 2002. De ese modo se promovía la lucha contra el terrorismo como el enfrentamiento entre el bien y el mal. Además, esta retórica evocaba al Eje de la Segunda Guerra Mundial —Alemania, Italia y Japón—, derrotado por los Aliados, entre ellos Estados Unidos, y a la Guerra Fría, pues el presidente Ronald Reagan llegó a definir a la Unión Soviética como “imperio del mal”. Aunque el objetivo de Bush con la expresión era reforzar su posición en política interior, el mensaje tuvo claras implicaciones en la política exterior.
Con el 11S, el terrorismo se convirtió en la amenaza principal contra la seguridad estadounidense y pasó a marcar la agenda de la Administración Bush. En primer lugar, Washington lanzó la operación Libertad Duradera contra Afganistán. Aunque Osama Bin Laden y la cúpula de Al Qaeda consiguieron huir, la invasión supuso la caída del emirato instaurado por los talibanes, en favor de la República Islámica, que se mantuvo hasta 2021.
A partir de ese momento, la posibilidad de que Bin Laden pudiera obtener armas de destrucción masiva para atacar a Estados Unidos o a sus aliados pasó a ser la mayor preocupación en la Casa Blanca. Por ello, buscó neutralizar a aquellos rogue states (‘Estados canallas’) que pudieran entregar esta clase de armas al terrorismo o incluso utilizarlas ellos mismos contra Washington.
Combatiendo al «eje del mal»
Como ya había ocurrido bajo la presidencia de Bush padre en los años noventa, Irak volvió a estar en el punto de mira de Estados Unidos. En 2002, el Gobierno comenzó su campaña de denuncia contra el dictador iraquí Sadam Huseín, alegando que poseía armas de destrucción masiva. Desde la perspectiva estadounidense, apartar a Huseín del poder supondría la democratización del país y de todo Oriente Próximo. A su vez, golpearía a Al Qaeda y al terrorismo islamista, y de paso favorecería el diálogo de los países árabes con Israel.
El poco apoyo internacional y la falta de pruebas no impidieron que Estados Unidos invadiera Irak en 2003. Al igual que en Afganistán, la operación militar fue exitosa —Huseín fue capturado—, pero tampoco trajo estabilidad al país. Además, mientras Estados Unidos estaba ocupado en Irak, Corea del Norte e Irán incrementaron sus fuerzas desarrollando sus programas nucleares.
El eje se expande
Siguiendo el ejemplo de Bush, el subsecretario de Estado, John Bolton, incluyó en el eje del mal a Cuba, Libia y Siria en mayo de 2002. Aunque utilizando otras palabras, la metáfora había dejado su impronta en la política exterior estadounidense. En su discurso inaugural como secretaria de Estado en 2005, por ejemplo, Condoleeza Rice expandió el eje aún más: incluyó a Bielorrusia, Myanmar, Cuba y Zimbabue, refiriéndose a ellos como outposts of tyranny (‘avanzadas de la tiranía’).
Con la presidencia de Donald Trump, la retórica del eje del mal volvió a emerger. De nuevo Bolton, consejero de Seguridad Nacional entre 2018 y 2019, designó como “troika de la tiranía” a Cuba, Venezuela y Nicaragua. O el propio Trump, que llamó “regímenes canallas” a Irán, Corea del Norte, Siria y Venezuela en un discurso ante la Asamblea de la ONU.
Varias figuras de la política internacional también han redefinido o adaptado la expresión «eje del mal» a su propia realidad para señalar enemigos. Ha sido el caso del presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, que llamó “alianza del mal” a Grecia, Chipre, Emiratos Árabes Unidos, Francia y Egipto, o de Hugo Chávez, para quien Venezuela y Siria representaban el “eje de los valientes”.







