“Militarización”, “carrera armamentística”, “disuasión nuclear”... Parece que hemos vuelto a la Guerra Fría cuando leemos sobre la guerra en Ucrania. Lo afirman distintos analistas: el clima de división e inseguridad actual es equiparable al choque que protagonizaron Estados Unidos y la Unión Soviética en el siglo XX. Esta vez, el bloque occidental se enfrentaría a otro liderado por Rusia y China. Pero aunque las potencias mantienen un pulso y la seguridad mundial está en entredicho, no vivimos una nueva Guerra Fría.
El término lleva tiempo resonando en Estados Unidos, primero con China, cuya expansión económica contesta el liderazgo de Washington en el sistema internacional, y después con Rusia, a partir de la invasión a Ucrania. Moscú también ha contribuido a esta narrativa, tratando a Occidente como una amenaza existencial y fragmentando Europa en áreas de influencia suyas o de la OTAN. Sin embargo, ahora no existe un alineamiento ideológico comparable al de la Guerra Fría, con un bloque comunista y otro capitalista, sino que los intereses económicos marcan el ritmo de las relaciones internacionales.
No hay un choque entre democracias y autocracias
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