¿Por qué estalló la guerra entre Irak e Irán?

Irak le declaró la guerra a Irán en 1980 por un conflicto fronterizo e ideológico. Sin embargo, con un mejor ejército, más apoyo internacional y armas químicas, no pudo arrebatarle territorios ni frenar la revolución chií. Decepcionados, los aliados de Bagdad condenaron sus acciones ante la ONU
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¿Por qué estalló la guerra entre Irak e Irán?
Un soldado iraní con una máscara antigás durante la guerra entre Irak e Irán. Fuente: autor desconocido (Wikimedia Commons)

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La guerra entre Irak e Irán estalló por el control de la frontera y diferencias ideológicas que dejarían más de un millón de muertos entre 1980 y 1988. El río Shatt al Arab, frontera natural entre los dos países, ha sido fuente histórica de disputas. La invasión iraní en 1971 de tres islas en el golfo Pérsico dinamitó las relaciones, y hubo que esperar al Acuerdo de Argel de 1975 para consensuar el reparto de la soberanía. Lo pactado, sin embargo, no cumplió el deseo iraquí de recuperar la provincia fronteriza de Juzestán, rica en petróleo y con mayoría de población árabe, ni la orilla oriental del Shatt al Arab.

La revolución fundamentalista islámica de 1979 en Irán, comandada por el ayatolá Jomeini, añadió una rivalidad ideológica a la enemistad con Irak, que era laico. Bagdad temía que el fundamentalismo chií penetrara en su territorio y que la revolución iraní se expandiera al resto de la región. El apoyo de Estados Unidos e Israel a Irán se rompió en 1979, cuando los fundamentalistas secuestraron a 64 diplomáticos en la embajada de Estados Unidos en Teherán. El presidente iraquí Sadam Huseín aprovechó ese aislamiento de Jomeini y la crisis interna en la recién creada República Islámica de Irán para atacar la orilla oriental del Shatt al Arab, convencido de que la conquista sería rápida.

Irak e Irán: una guerra sin ganadores

El 22 de septiembre de 1980, cinco días después de rescindir el Acuerdo de Argel alegando que Irán no lo cumplía, Huseín mandó al ejército a entrar en la provincia de Juzestán para conquistar Jorramchar, donde se encontraba la mayor refinería de petróleo iraní. La respuesta de la Guardia Revolucionaria Islámica, rápida y contundente, contuvo el avance de los iraquíes y confirmó el estallido de la guerra entre Irak e Irán.

Sin claro vencedor, el conflicto se instaló en una guerra de desgaste desde 1983. Irak buscó un acuerdo de paz, pero el ayatolá Jomeini tenía tanta animadversión por Sadam Huseín que decidió continuar el conflicto pese a la inferioridad de su ejército. Fue la crisis económica lo que le obligó a aceptar en agosto de 1988 un alto al fuego impulsado por Naciones Unidas.

Se estima que la guerra entre Irak e Irán dejó entre uno y dos millones de muertos a partes similares, incluidos entre 50.000 y 100.000 kurdos asesinados por los iraquíes. Irán salió más damnificado, pues volcó su presupuesto en financiar la guerra y dejó de importar alimentos y productos básicos hasta que la escasez y el racionamiento crisparon la convivencia en el país. Además, la guerra provocó un desabastecimiento de petróleo a nivel mundial porque las instalaciones petroleras de los países del Golfo quedaron afectadas. La navegación en la zona se interrumpió y se cerró el estrecho de Ormuz, por donde circula el 20% del carburante. 

Conflicto fronterizo, expectación internacional  

Aunque en teoría las grandes po­tencias y países vecinos se declararon neutrales, Francia, Arabia Saudí, Estados Unidos y la Unión Soviética apoyaron táctica y financieramente a Sadam Huseín para que contuviese la expansión de la revolución chií en Irán. Siria, dominada por una rama lejana del chiismo, y Libia, cuya capital había sido atacada por el ejército de Estados Unidos en 1986, ayudaron a Irán. Más adelante, sin embargo, se supo que la Administración de Ronald Reagan había armado a la Guardia Revolucionaria, lo que violaba su propio embargo armamentístico.

Además de la ayuda internacional, la superioridad del Ejército iraquí se debió al uso de armas químicas contra la población kurda e iraní. Irán, en cambio, se hacía con un ejército precario de soldados y milicianos jóvenes y de ciudadanos enviados a la batalla como escudos antiminas. Pese a esta desproporción, Irak no logró un nuevo reparto fronterizo ni truncó la revolución del ayatolá Jomeini. Tanto Bagdad como Teherán promovieron el conflicto como una guerra total, lo que consolidó los regímenes dictatoriales en los dos países.

Estados Unidos y la URSS, decepcionados con su aliado, condenaron en 1983 el uso de armas químicas en el Consejo de Seguridad de la ONU. El coste de la guerra entre Irak e Irán y la necesidad de medios económicos empujó a Huseín a invadir Kuwait en la posterior guerra del Golfo de 1991, y el Acuerdo de Argel con Irán no volvió a respetarse hasta 2008.

Ana Montes

Madrid, 1998. Máster en Relaciones Internacionales y Diplomacia en la Escuela Diplomática. Política e intrahistoria.