Gideon Rachman, periodista británico, es el columnista principal de asuntos internacionales del Financial Times. Acaba de publicar La era de los líderes autoritarios (Editorial Crítica), en el que analiza el auge de los llamados “hombres fuertes”. Líderes como Putin, Xi, Trump, Orbán o Bolsonaro, que amenazan a la democracia con su desafío a las normas, su culto a la personalidad y su nacionalismo nostálgico. Responde a nuestras preguntas en la sede del Instituto Aspen en Madrid, a donde ha venido para promocionar su libro.
Su libro contiene decenas de citas de líderes y expertos occidentales alabando a hombres fuertes en sus primeros años en el poder, en la década de los 2000. Entonces se pensaba que Putin, Xi, Erdoğan u Orbán eran reformadores, incluso que traerían la democracia a sus países. ¿Ha sido Occidente ingenuo con estos líderes?
Tiene sentido que lo viéramos así. Nos gusta pensar que lo que queremos que pase es lo que está pasando. Erdoğan es un buen ejemplo: cuando llegó al poder en 2003, la situación demandaba líderes musulmanes moderados. Acababa de suceder el 11S, la guerra de Irak… Estábamos en pánico. Y entonces llega este tipo, que tiene un perfil islamista pero habla el lenguaje de la democracia y quiere entrar en la Unión Europea… Todo eso era cierto. Pero no queríamos ver las cosas malas. Y cuando estas empezaron a ocurrir, tendimos a ignorarlas o excusarlas.
Por ejemplo, desde muy al principio era evidente que Erdoğan estaba arrestando a altos cargos militares con acusaciones inventadas. Algunos dijeron que aunque los arrestos no eran lo ideal, los militares han dado muchos golpes de Estado en Turquía, así que esto solo era parte del proceso de democratización del país. Pasó lo mismo cuando el presidente turco defendió que las musulmanas puedan asistir a clase llevando el velo. Se podría hacer un argumento liberal a favor de esa medida, claro, pero solo vemos eso, no el componente islamista ni cómo encaja en la guerra cultural.
Para cuando Erdoğan sufre el intento de golpe de Estado de 2016, declara el estado de emergencia y detiene a miles de personas, ya es muy difícil ignorar lo que está pasando. Y este es solo un caso, hemos excusado derivas similares de otros líderes. Occidente conserva en buena medida ese exceso de confianza ideológico del final de la Guerra Fría. Aún pensamos que, como dijo Reagan, la libertad funciona y la única forma de progresar es tener un sistema abierto y democrático.
Esa es la historia que nos hemos contado sobre China en los últimos veinte años. Sí, quizá este país pueda desarrollarse rápidamente bajo el mando del Partido Comunista durante un tiempo, pero a medida que se convierta en una economía más sofisticada, necesitará libertad de expresión e independencia judicial, o no funcionará. Cuando se dio el paso crucial de admitir a China en la Organización Mundial de Comercio en 2001, G. W. Bush dijo: “Si abrimos el comercio con China, el tiempo estará de nuestro lado”. Es lo que se creía entonces. Más tarde, tras subir al poder en 2012, Xi centró su discurso en las reformas económicas. Sabía qué queríamos oír. Nos aseguró que abriría los mercados, que reduciría las empresas públicas…
¿Entonces las promesas de apertura de estos hombres fuertes no eran honestas?
Hay un poco de todo. En algunos aspectos no eran honestos o te decían solo lo que querías oír. No te dicen “además de abrir la economía voy a encerrar a mis oponentes políticos y construir bases militares por todo el mar del Sur de China”, eso lo descubres después. Nos conocen mejor que nosotros a ellos, una idea sobre la que a los chinos les encanta insistir. Entienden qué mensajes encandilan a Occidente y durante mucho tiempo han estado dispuestos a darnos lo que queremos. Ha ocurrido con Xi y con otros, también con Putin, aunque en su caso esto empezó a cambiar hace ya varios años. El punto de inflexión fue su discurso [en la Conferencia de Seguridad] de Múnich de 2007, cuando Putin, como dice Ivan Krastev, abandonó la ficción de que a todos nos alegra por igual la caída de la Unión Soviética.
Biden ha definido este momento como una lucha entre democracias y autocracias. ¿Cree que es un análisis correcto? Sin embargo, Estados Unidos y la UE no dudan en acercarse a países autoritarios como Arabia Saudí, India, Marruecos o Azerbaiyán para reforzarse frente a Rusia y China. ¿Es este enfoque adecuado para Occidente?
No me parece un mal enfoque, al menos desde el punto de vista intelectual. Aunque no estoy tan seguro de que sirva para definir tu política exterior. Pero a Biden le funciona porque le ayuda a enmarcar los retos que afronta a nivel interno e internacional. Estados Unidos ha sufrido un ataque sin precedentes a su democracia, un ataque que aún no ha terminado, por cierto. Biden sabe que, más que la agenda internacional, será eso lo que defina su lugar en la historia y el futuro del país. Así que pienso que acierta cuando dice que su tarea más importante es dar la batalla por la democracia estadounidense.
Biden tampoco se equivoca cuando enmarca esa lucha en un contexto más amplio, pues Estados Unidos libra una guerra en dos frentes: salvar su democracia en casa y responder al creciente poder de países autoritarios, sobre todo China pero también Rusia y otros. La democracia está retrocediendo a nivel global desde 2005.
El problema es cómo aplicar esto a tu política exterior y eso nos devuelve a un dilema clásico de la Guerra Fría: si estás tratando de formar una alianza pero excluyes a los países no democráticos, les empujas a unirse al otro bando. India es un ejemplo típico. Nos gusta decir que es la mayor democracia del mundo y nuestra amiga frente a China. Hacer eso tiene sentido desde el punto de vista de la realpolitik, y por supuesto India es un país mucho más abierto que China. Pero corremos el riesgo de cometer el mismo error que con Erdoğan y otros hombres fuertes: pretender que Narendra Modi es un reformista e ignorar las cosas malas solo para encontrarnos sorpresas desagradables en el futuro.
¿Le preocupa el resultado de las elecciones de medio mandato en Estados Unidos de este año, y más todavía, las presidenciales de 2024?
Desde luego. Creo que los demócratas perderán la Cámara de Representantes y el Senado estará ajustado. Si pierden el control de la Cámara, se desvanecerá cualquier opción de que Biden saque adelante su agenda legislativa en un momento de crisis en el que necesita aprobar medidas, pues la inflación está subiendo.
Los republicanos, por su parte, se vengarán de los intentos de hacerle impeachments a Trump. Pedirán comparecencias en el Congreso sobre Hunter Biden, el hijo del presidente, o cualquier otra paparrucha que puedan encontrar. Este destructivo proceso obstaculizará al Gobierno y radicalizará el debate. Al igual que la gente se obsesionó con los correos electrónicos de Hillary Clinton, se obsesionarán con el ordenador portátil de Hunter. Y todo eso va a quitar mucho tiempo a los demócratas, que no pueden permitirse perderlo.
De cara a 2024 Trump está tocado pero no hundido. Se presentará y es probable que consiga la nominación del Partido Republicano. Es una situación paradójica, porque los candidatos republicanos trumpistas no tienen tanto éxito como el que tendría un republicano no trumpista cuando se enfrentan en las urnas contra un demócrata. A menudo pierden, de hecho. Los demócratas se aprovechan de eso, asumiendo una especie de pacto faustiano: están promocionando a los trumpistas porque creen que tienen más opciones de ganar contra ellos.
En cualquier caso, el trumpismo controla buena parte del Partido Republicano. Los datos dicen que Trump ganaría un choque con Ron DeSantis en Nuevo Hampshire, por ejemplo. Si consigue la nominación, obviamente tiene grandes opciones de ganar la presidencia: las elecciones en Estados Unidos pueden ser muy ajustadas, la economía irá muy mal, Biden tendrá 82 años… Y aunque Trump no gane, tendremos que afrontar otro gran peligro. Si Trump dice que las elecciones han sido un fraude, algunos de los cargos trumpistas que se elijan en estas elecciones de medio mandato para los congresos estatales no querrán ratificar los resultados. Estados Unidos estará entonces en una crisis gravísima.
Cuando terminó de escribir su libro, hace unos meses, dijo que entonces aún no había ninguna mujer fuerte en el mundo. ¿Cree que Giorgia Meloni puede ser la primera?
Podría serlo, sí, Meloni tiene elementos de ese estilo. Solo hay que mirar con qué líderes se identifica: es una gran fan de Viktor Orbán, el arquetipo de hombre fuerte en la Unión Europea. Está de acuerdo con él en inmigración, en la relación con la UE, en los asuntos culturales y de derechos LGTBI. El problema es que si te fijas solo en esa parte de la agenda de Orbán, ignoras todo lo que le ha hecho a la democracia húngara, lo que sugiere que proteger los valores democráticos no está muy arriba en tu lista de prioridades.
Ahora bien, no creo que Meloni esté aún en posición de hacer en Italia lo que Orbán hizo en Hungría. Él tenía una supermayoría parlamentaria que le permitió cambiar la Constitución, ella solo tiene un 26% del voto. Forma una coalición con otros líderes reaccionarios, Salvini y Berlusconi, pero estos también rivalizan mucho con ella, así que no estoy seguro de que vayan a permitir que Meloni cambie el sistema para otorgarse más poder. Más bien quieren que falle para reemplazarla.
Los mercados también le pondrán límites. La economía europea está muy frágil y ya hemos visto que si un Gobierno disgusta a los mercados puede recibir un gran golpe rápidamente. Italia tiene una deuda enorme, lo que les hace vulnerables por ese lado. Por eso es interesante que los mensajes que Meloni lanza a los mercados y al mundo hayan sido tan tranquilizadores. Pero, por otro lado, ¿no fue eso mismo lo que pasó con Erdoğan o con Putin, que no nos contaron lo que realmente querían hacer?
Por esa razón yo no me fijaría tanto en lo que dice Meloni sino en las condiciones objetivas en las que se mueve, lo que, espero, hará difícil que surja un sistema de líder autoritario en Italia. Además, este país tiene una tradición de Gobiernos muy cortos, puede que Meloni haya dejado el cargo en un par de años. También pierden la fe en sus líderes muy rápido: no hace mucho que el Movimiento Cinco Estrellas era el partido más votado y luego se hundió, Renzi tuvo su momento y desapareció, y así con tantos otros.
Dedica el primer capítulo a Putin, al que llama “el arquetipo” de hombre fuerte. ¿Por qué? ¿Cómo ha influido su figura en otros líderes autoritarios?
Para empezar porque es el primero. Como habrá visto, estructuré mi libro de forma cronológica para contar cómo se desarrolla la historia a medida que más líderes se unían a la ola global de hombres fuertes. La razón por la que le llamo “arquetipo” es la misma por la que cito a Dmitri Peskov, el portavoz del Kremlin. Suelo ser reacio a citar a estos personajes en tono positivo, pero creo que aquí Peskov tiene parte de razón. Dijo que cierta gente deseaba un modelo alternativo al sistema liberal y tecnocrático que representaron Obama y otros, un estilo más viril, iliberal y nacionalista.
Putin inauguró ese modelo, tanto por la imagen de hombre que cabalga sin camiseta y maneja un rifle como por el discurso, que recupera el nacionalismo como un elemento central y lo convierte en programa político. Como estamos viendo en la guerra de Ucrania, hay un gran mercado fuera de Occidente para esa narrativa antioccidental. Me pasó en Sudáfrica hace no mucho. Pregunté a un político del partido del presidente, el Congreso Nacional Africano, acerca de la posición ambivalente de su país ante la invasión, y me dijo que la gente admira a Putin porque se atreve a mandar al carajo a Occidente.
Duterte, el expresidente de Filipinas, es otro gran admirador de Putin y ha dicho cosas parecidas.
¡Exacto! Ahí fuera hay mucho rechazo a Occidente y a Estados Unidos, por buenas y malas razones. Putin representa ese desafío. Si quieres mandar al carajo a Occidente, él es tu hombre. Incluso en Occidente hay apetito por ese discurso. No en contra de Occidente en su conjunto, pero sí contra la élite liberal. Por eso el presidente ruso gusta a los seguidores de Trump como Tucker Carlson, el presentador de la Fox. Putin desafió a Hillary Clinton y Obama y dice que Occidente está en decadencia, ¡y los trumpistas están de acuerdo! Ha sido el primer hombre fuerte y también el más atrevido, tanto en su comunicación como a la hora de actuar, recurriendo incluso a la fuerza armada. China no ha llegado tan lejos aún. A pesar de que tiene muchos más medios, Pekín todavía no se atreve a ir a la guerra.
Xi ha vuelto a reiterar, ante el Congreso Nacional del Partido Comunista que se celebra estos días, que China no renuncia a usar la fuerza para recuperar Taiwán. ¿Cree que lo hará pronto?, ¿qué espera de Xi en los próximos cinco años?
No podemos saberlo, quizá ni siquiera él lo sepa. Por ahora solo está dejando la puerta abierta por si en algún momento se decide a atacar. Y tiene un cálculo muy difícil que afrontar. Por un lado piensa que esta puede ser su oportunidad para hacer historia: Mao lideró la Revolución, Deng creó la prosperidad de la China moderna y Xi podría ser quien complete la reunificación y el gran rejuvenecimiento del país. Qué mejor símbolo de eso que Taiwán. Pero también estaría arriesgándolo todo, de la misma forma que Putin lo arriesga todo en Ucrania. Una guerra corta y victoriosa es estupenda, pero una larga y desastrosa puede acabar con cualquier líder.
¿Prevé algún choque entre Rusia y China en el futuro cercano?
Es posible, sí. Moscú ha acentuado su dependencia de Pekín porque en este momento no tiene a nadie más en quien apoyarse. No creo, como dicen algunos, que China vaya a atacar a Rusia o vaya a ocupar Siberia ni nada parecido, tiene otros problemas. Pero en treinta o cuarenta años, ¿por qué no? Está claro que ambos países tienen intereses similares, sus zonas de influencia se solapan en Asia Central y otros lugares. No obstante, por ahora Rusia y China convergen ideológicamente. Los dos, Putin y Xi, ven a Occidente como un enemigo amenazador, eso es lo que les mantiene unidos.
Al final de su libro apunta a que, en la medida en que Putin es el héroe o el arquetipo de estos líderes autoritarios, si pierde la guerra en Ucrania puede ser el fin de la era de los hombres fuertes.
Bueno, quizá escribí eso en un arrebato de optimismo (risas). Desde luego sería un gran golpe para la era de los hombres fuertes. Trump dijo que Putin es un genio, Xi le llamó “su mejor amigo” y varios líderes más le han alabado públicamente. Ahora su prestigio se evapora con cada líder de una república centroasiática que le hace esperar antes de una reunión. Es bueno que Putin pierda prestigio, pero no creo que eso signifique que su estilo de liderazgo desaparezca en todo el mundo. Sería fantástico, pero sinceramente no creo que ocurra. Todavía tienes ahí a Xi, que no se va a convertir en un demócrata liberal de un día para otro. También está Modi en la India, y con ello reúnes a los dos países más poblados del mundo, y Trump podría volver en 2024… La era de los hombres fuertes no ha terminado, de ninguna manera.
Lo que sí podemos decir es que la atmósfera política global podría empezar a cambiar. Hasta hace unos años, esa atmósfera estuvo definida por las oleadas de democratización en Europa occidental y América Latina en los setenta y ochenta y la caída del Muro de Berlín, pero ahora está marcada por los hombres fuertes. Es necesario un evento simbólico para que la gente empiece a pensar que el momento ha cambiado y la caída de Putin en Rusia podría ser ese evento.
Si la era de los hombres fuertes no ha acabado aún, sí podría acabar en unos años: la mayoría de estos líderes son ya muy mayores. ¿Qué vendrá después?
Es muy difícil decirlo. Me gustaría pensar que el mundo volverá a ser como era antes, que todo esto ha sido solo un error horrible y recuperaremos la democracia liberal. Pero es tan difícil… Una de las cosas que van a continuar es la relativa pérdida de poder de Occidente. Creo que buena parte del siguiente siglo estará definido por el auge de Asia y por cómo cambiará eso el equilibrio de poder internacional y nuestra forma de ver el mundo.
La pregunta sobre qué papel jugarán los países occidentales en el sistema global todavía no se ha resuelto. No es casual que el discurso de Putin para la anexión de las cuatro provincias ucranianas sea un guiño a los países del Sur global. Se centró en reivindicar que Rusia representa a las fuerzas antioccidentales, a quienes rechazan el colonialismo o el imperialismo de Occidente. Esa narrativa cala mucho en India o China, lugares donde no se olvida que el hombre blanco ha dominado el mundo durante los últimos cuatro o cinco siglos.
Con todo, aunque el aspecto racial de esa hegemonía no sea popular, hay otros elementos de Occidente que sí son muy atractivos para el resto del mundo: la cultura popular, las libertades políticas, la prosperidad… La influencia occidental no va a desaparecer así como así. Todo ello jugará un papel muy importante en los años venideros, pero no me atrevo a aventurar cómo.




¡Qué interesante!