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Cuando Rusia invadió Ucrania, algunos llamaron a Putin un gran estratega. Siete meses después, se estima que Rusia ha sufrido entre 25.000 y 50.000 bajas y ha perdido más de 6.000 kilómetros cuadrados de territorio conquistado solo en las primeras semanas de septiembre, y queda claro que el líder ruso no ha hecho más que cometer errores. No previó que la guerra se podría alargar, que Ucrania resistiría tanto ni que la respuesta de Occidente sería tan contundente. Ha conseguido que los países postsoviéticos se alejen de Moscú, que la OTAN integre nuevos miembros y hasta que Alemania se decida a aumentar su presupuesto militar, y no supo ver que el apoyo de China sería tan tibio.
Las derrotas militares, las sanciones y los fallos del Kremlin empiezan a hacer mella en la población rusa. La movilización militar de decenas de miles de civiles, mal entrenados y equipados y poco motivados, agrava ese descontento. El último error de Putin ha sido anexionarse cuatro provincias ocupadas que no controla por completo y amenazar a Ucrania con un ataque nuclear, lo que inevitablemente hará escalar el conflicto. Para Rusia esto ya no es solo una “operación especial”, sino una guerra. Lo que no es seguro es que pueda ganarla.
La encrucijada interna de Putin
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